Retroceder Nunca Rendirse Jamás !!!
Andrés Bianque.
Recuerdos de Dictadura.
No alcanzaron a matarme.
A mi madre una bala le mordió, eso sí, los pechos.
No pudieron matarme, aún yo no nacía.
A mi padre, lo desollaron vivo, le cortaron los genitales con un sable marcial.
Lo que sobró se lo arrojaron a los perros.
Pero a mí, a mí no me pudieron matar, aunque ya había nacido.
Mi madre los convenció que yo sería Inofensivo.
Obediente Callado y Formal.
Le creyeron. Aunque la mataron por las dudas.
No pudieron matarme, eso sí, me obligaron a vivir en un cementerio de sonrisas
llamado Chile
Y a pesar de todos los pronósticos negativos, fui creciendo. Crecí.
Me fui forjando de acero en la cotidianeidad.
Hierro negro y hierro al rojo vivo. Hierro duro e impenetrable.
El óxido que se acumulaba no eran lágrimas. Lo Juro, no eran lágrimas.
Y entonces, a pesar de todo.
Crecí. Desobediente, locuaz y revolucionario.
No pudieron matarme, eso sí, me seguían la pista. Estaban por todos lados.
Desenterré los libros que mis padres enterraron.
De los otros, de los hechos cenizas, me los imaginaba.
Leía escondido, con miedo de muerto aquellos libros prohibidos.
Las velas de aquellas noches murieron en un llanto sordo.
Aún recuerdo sus lágrimas transparentes de silencio.
No pudieron matarme. No lo tenían muy claro.
Yo usaba el pelo corto, zapatos bien lustrados y nunca miraba directo a los ojos.
Eso sí, le sacaban el seguro a sus armas.
Reconozco que fue una locura.
Con un clavo traté de escribir Libertad sobre un banco allá en el Parque.
El miedo me impidió escribir la palabra completa.
Volví al tiempo a terminar mi hazaña. Sin embargo.
Alguien completó la última sílaba.
No estaba sólo en este mundo como me habían hecho creer.
Pasó el tiempo y yo pasé sobre el también.
Corrió harto muerto bajo los puentes.
Me hice Militante, del partido no me pregunten, no me acuerdo.
Y por supuesto que tampoco de nombres o direcciones.
Y allí estábamos, un puñado de luciérnagas, contra un ejército de cuervos.
Que a todo esto nos ganaron.
Entiendo que un espantapájaros llamado Transición los mantiene un poco sosegados.
Nos ganaron digo, pero está vez, vimos que muchos de ellos estaban tiritando.
No se imaginaron nunca que nos defenderíamos.
Acostumbrados a su tiro al blanco con seres humanos desarmados.
Se le vino la noche encima a tanto pusilánime verde.
No pudieron matarme. No Pudieron Matarnos.
Aunque nos desterraron, aunque nos exiliaron, aunque nos torturaron.
No pudieron matarme. No pudieron matarnos.
Aunque nos encerraron, aunque nos humillaron, aunque nos exoneraron.
No pudieron matarnos.
Para no aburrirlos, ya que no puedo contar toda una vida en un poema, además de darle paso a otros compañeros. Resumo así.
Una noche de invierno el colmillo de una bala se incrustó en la rancha donde yo estaba.
La avaricia, la ambición, la locura y unos dólares extras derribaron nuestra puerta.
Me cuentan que me dispararon 21 veces.
Que con tres balas en mi cabeza y ocho en mi espalda yo insistía en levantarme.
Que la muerte lloraba, no se movía, se quedó atónita.
Me cuentan que terminaron pateándome.
Más sin embargo, no se aflijan ni se angustien.
No pudieron matarme.
Como no han matado, ni a mi padre, ni a mi madre.
Para Wilson Henríquez Gallegos, Héroe de Corpus Christi y Raquel.
Andrés Bianque.
Diciembre, 13 del 2004.
(Del Libro, Poesía en Luto)