Santiago de Chile, 6 de septiembre 2003. En un muro, estudiantes de la Universidad de Santiago, sus rostros cubiertos con pasamontañas y paliacates, pintan un graffiti: A 30 AÑOS SEGUIMOS LUCHANDO…". Tal vez éste, más que cualquier otro, sea el mejor homenaje que se le puede hacer a la memoria de Salvador Allende y los miles de hombres y mujeres que encausaron el proyecto revolucionario de la Unidad Popular de Chile.
Recordar bien el 11de septiembre de 1973 implica necesariamente recordar los muchos años de resistencia y lucha popular que perduraron en la oscuridad de la dictadura y quedaron en la clandestina esperanza de la calle y el campo, en las cárceles y los campos de concentración, los perseguidos clandestinos y los que hasta hoy, bajo el gobierno de la Concertación, pagan largas penas por su consecuencia libertaria en las cárceles de alta seguridad. Son innumerables los nombres de quienes todo dieron por lograr un país libre, un sueño que aún está por cumplirse.
En estas democracias neoliberales que vivimos la memoria de los caídos se ha vuelto estéril, una reliquia histórica para el museo de la guerra sucia latinoamericana, una nostalgia muerta que se desempolva una vez al año y es luego almacenada para continuar con lo mismo. Mientras tanto el mundo, donde la obesidad de los pocos se mantiene a costa del hambre de los muchos, sigue girando como si nada pasara.
La esterilización de la memoria de personas como Salvador Allende se logra más que con una dictadura, separándolos de los proyectos históricos que los vieron nacer. Es por ello que el gobierno de la Concertación del Presidente Lagos de Chile se puede dar el lujo de re-bautizar el Estadio Nacional de Chile - lugar donde fueron torturados y ejecutados miles - como "Estadio Víctor Jara", compañero que también cayó allí. Al Presidente Lagos nada le cuesta hablar de la grandeza de Víctor mientras implementa el proyecto neoliberal con más rigidez que la misma dictadura de Augusto Pinochet.
No cabe la menor duda, el homenaje a Víctor Jara, junto a los muchos que perdieron sus vidas y sobrevivieron torturas en esos días de infamia, es merecido. Pero se elogia a nuestras heroicas mujeres y hombres mientras se traiciona su lucha. Corren los tiempos de la "izquierda pragmática", en los que ya no se habla de socialismo, utopía o revolución; se habla de sacarle el mejor provecho posible a la globalización neoliberal, de limarle las aristas más filosas al capitalismo, de "Terceras Vías" y de ser "realistas". La conclusión: Los Salvador Allendes y los Víctor Jaras y (por qué no decirlo) los Ché Guevaras eran buenos hombres que no merecieron la muerte que les tocó, pero estaban equivocados."
Es cierto, Allende confió demasiado en los dueños del poder económico de Chile, pensando que éstos respetarían la constitución, lo cual formó parte de un largo debate con el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), encabezado por su fundador y secretario general, Miguel Enríquez. Pero no por eso se abandona el sueño de una patria socialista. Salvador Allende, al reconocer que el camino de una revolución pacífica, se había agotado, le dijo a Tati, su hija, en aquella tarde del 11 de septiembre de 1973: Es la hora de Miguel."
Miguel Enríquez cumplió con creces el deseo de Salvador Allende. No corrió a las embajadas y con su ejemplo ayudó a frenar la deserción y el desbande, organizó la resistencia popular al fascismo, resistencia que - tomando nuevas formas como son los movimientos político-militares del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), el Mapu-Lautáro, el mismo MIR y los miles de hombres y mujeres que se organizaban desde sus casas, barrios, parcelas y centros de trabajo - se mantuvo hasta al final de la dictadura.
Fue Miguel Enríquez quien dijo: No hay mejor homenaje a la muerte de un revolucionario que tomar y defender las ideas por las cuales él dio la vida." Es por ello que hoy, el mejor homenaje a personas como Salvador Allende y Miguel Enríquez es mantener vivo el sueño por el cual lucharon.
De nuevo, se abrirán las grandes alamedas donde pasará el hombre libre para construir una sociedad mejor..." fueron las últimas palabras de Salvador Allende que se oyeron a través de Radio Magallanes. Hoy, esas alamedas las recorren los recios estudiantes, los indígenas Mapuches, los campesinos, los trabajadores, las amas de casa, los gays y las lesbianas que toman las calles, las tierras, la escuela y la fábrica con un canto unido: "A 30 AÑOS SEGUIMOS LUCHANDO…"
Desde donde esté, Salvador Allende seguro lleva una sonrisa de oreja a oreja al ver que Argentina se niega a pagarle al Fondo Monetario Internacional (FMI); al niño palestino, con piedra en mano, enfrentar a un tanque israelí; a las multitudes de jóvenes, campesinos e indígenas en las calles de Cancún y al oír aquel ¡Vivan las mujeres pobres!" de la Comandante Esther del EZLN.
Y tal vez Miguel, desde donde esté, diría: Es la hora de los pueblos.
Es ése el mejor homenaje…