Por Angélica Pizarro
Fuimos por Calle Aeropuerto. Hacía frío y nos abrió Pablo. Otros ya habían llegado. ‘El pan es poco’ dijo Pablo pero ‘compartimos el que hay’. Tomamos té, el día estaba frío. Un tiempo después y en Pudahuel conformamos una coordinación de grupos juveniles y resistentes. Llegaron algunos de V. Francia, Eduardo estaba con su novia. Opinó que había que materializar la acción de propaganda y actuar coordinadamente. Serio y concentrado. Vital y delgado. Joven. Estábamos en plena crisis y las masas estaban con hambre y en las calles.
Por esos años llegó un día Mauricio buscando a un compañero. Sus largas pestañas hacían sombra en su mirada. Parecía de prisa. Lo estaba. Todas las veces que le encontré estaba buscando a alguien. Más tarde dejó de aparecer y sólo le volví a ver en los periódicos, cuando cayó en enfrentamiento en el pasaje Nassau de Pudahuel. Joven, extremadamente joven le hizo adulto la muerte.
Lucho había abandonado la música. La amaba. Había marchado de su casa y decidido se transformó en un miliciano. Alegre y profundo, lo divisé el 23 de diciembre, rió cómplice y apurado. Más tarde cayó también en las calles de Pudahuel, sabíamos que eso era un trance posible.
Otros jóvenes tuvieron que marchar: otros quedaron como rehenes. Otros volvieron a organizarse y siguieron peleando. Era la década de los 80s en resistencia y organización y el fuego abrazaba las arterias de Pudahuel en cada movilización social.

Nuestra identidad por aquellos años, se construyó sobre la intencionalidad de intervenir en el conflicto político. La conciencia social adquirida determinó muchos de los pasos, de las decisiones y las perdidas sufridas. El marco cultural configuró formas de vínculo signadas por el acontecer político y militante. Un nuevo lenguaje amplió los códigos comunicativos de nuestra generación, instalando eficazmente un modo de situarse en el mundo. Una estética de subversión comenzó a operar por sobre el destino esperado del ser joven y se decidieron conscientemente los caminos. El cuerpo adquirió la tonalidad y ritmo claro del momento vital y político a la vez. No sólo era juventud en las arterias y los músculos. Era también el temor cierto del tormento, la vigilancia certera de nuestras espaldas y el ojo vigilante sobre el entorno.
“Una aparición tan enigmática como universal es la de la masa que de pronto aparece donde antes no había nada. Puede que unas pocas personas hayan estado juntas, nada se esperaba. De pronto todo esta lleno de gente. De todos los lados afluyen otras personas como si las calles tuviesen solo una dirección. Muchos no saben que ocurrió, no pueden responder a ninguna pregunta, hay decisión en sus movimientos...” (Elías Caneti, Masa y Poder)

El clima emocional estaba dominado por el miedo y parecía imposible sustraer tan solo un aspecto de la vida; de nuestras vidas de la realidad social que nos determinaba. El miedo se sentía también en el lugar del hambre. Estómagos apretados, sudaban porfía: 82,83,84,85,88, etc. significaron la rigurosidad del todo por todo. Patria o Muerte: la proclama dicotómica de todos y cada uno de nuestros jóvenes combatientes. Patria o Muerte instalada en los huesos y en los ojos amorosos y sociales de jóvenes febrilmente apasionados. Patria y combate no sólo de los caídos, no exclusivamente de los muertos. Muchos anónimos sobrevivieron entre nosotros, invisibilizados en la marginalidad numerosa, muchas veces sin posibilidad siquiera de compartir la derrota, puesto que ni muertos, ni presos, ni exilados sólo les quedó reciclarse y lamer en silencio las heridas de muerte. Lograr escapar del enemigo, sobrevivir, haber continuado en una rigurosa clandestinidad implicó a muchos en un desfase vital acompañada de una creciente e indigna marginalización difícil de romper. ¿Qué podíamos hacer, si aprendimos a honrar sólo a los muertos?
“Nos sorprendió la mañana
y estas ganas de regalarte años
de sumarte veinte y regalarte dos
y entregarte doce para que tuvieras
por lo menos treinta.
Sorprendiste el sueño
con ráfagas.
Con pólvora de esperanza
con presencia, con enfrentamiento.
En fin, en principio
nos sorprendió sin ti.
Nassau, Vereda Libre[1], Extracto.
Menos mal que existen...
Mauricio, Lucho, Pablo, Eduardo, Rafael revelan el intenso carácter que adquirió el compromiso político en el pasado reciente, mostrando con fuerza como una generación intentaba hacerse cargo de las fracturas y heridas de la sociedad. No parece azaroso que todos convergiéramos en la lucha social y política pretendiendo aportar lo mejor, en lo que conocimos como guerra popular y prolongada. Imaginamos junto a miles que podíamos alcanzar la utopía, haciendo de las localidades territorios insurgentes, involucrando a muchos y a todos, creando espacios de poder popular y de enunciación colectiva en los muros empobrecidos y en proclamas callejeras.
Los jóvenes combatientes eran parte de este suelo y fue acá donde comenzaron a vincular su conciencia con la acción política. Aquí el lazo social anudó sus proyectos individuales a la trama política del país que resistía el hambre y la represión, acá transitaron de niños a jóvenes, de jóvenes a resistentes, de militantes a combatientes; de vivos a muertos.
En el desarrollo organizacional de las masas la organización del Sindicato Pedro Marín Novoa, el Paro Comunal, la COOPP [2], las CEB[3] de la Zona Oeste, las acciones de propaganda, el hostigamiento permanente a la T. Tte. Merino, fueron las huellas significantes de la lucha y la emergente violencia popular organizada
La geografía de la resistencia marcó por aquellos años la intersección de Mapocho con Huelen, Salvador Gutiérrez, J.J. Pérez, Tte. Cruz con San Pablo, Las Torres y otras calles y avenidas que constituyeron el mapa territorial del conflicto político y social sobre el cual inmediatamente se habitaba y resistía. Ejes periféricos de una urbe que comenzaba a vibrar en rebeldía al compás de cacerolas y cadenazos. No había ambigüedad. Día a día el enemigo intentaba golpear. Golpeaba fuerte.
Pero nuestro Macondo seguía su ritmo mágico y real. La vida continuaba. Trabajadores del Pem. y Pojh. hermoseaban plazas una y otra vez, la feria y sus gritos permanecía donde mismo. El almacén de la esquina no dejaba de vender los alimentos y la tv. mantenía el show patético de los acomodados de siempre.
A veces cantábamos e intercambiábamos el chaleco preferido. A veces mirábamos las estrellas y conversábamos en arameo antiguo. Profanábamos también el vino sagrado del Cura Toño y decidíamos el apoyo irrestricto a Fidel.
Determinación y Juventud
En aquellos años un vasto caudal cultural de resistencia al modelo y al Estado, logró instalar una condición particular de vivir el compromiso. Los nutrientes eran tan diversos como amplios, sin embargo todos convergían en una radical definición de la acción y la realidad. Mauricio lo señalaba: “Ahora que ya tengo 18 años, me siento orgulloso de haber recorrido todo este camino. Ha sido muy difícil, he retrocedido muchas veces, he dudado de lo que pienso, he vacilado y he sentido miedo, pero por sobre todo esto ha primado la conciencia de que este sistema es brutal y sanguinario, de que lo único que vale la pena en la vida es luchar por un orden más justo y que cualquier otra alternativa que uno elija que esté dentro del sistema, lo convierte en cómplice de la miseria y el terror”.[4] Radical y vulnerable Mauricio podía admitir sus temores y dudas y este guiño de profunda honestidad ponía el sello particular de esta nueva horneada de jóvenes militantes. Coraje y convicción le apartaba de lo que tantas veces denominamos reformismo.
Por esos años caminábamos kilómetros para llegar a alguna parte, a un punto, a un chequeo. Y aunque teníamos prisa no pudimos llegar.
Quizás en el balance pendiente sea necesario rescatar - a fuerza de recuerdo - aquello que sin ser parte de una épica social, fue parte constituyente del sujeto; marca significante de sus vidas y sus muertes. Quizás sea también necesario reconocer las emociones y las renuncias. Permitirse saber de las contradicciones, temores, errores y vulnerabilidades que con convicción ideológica y sensibilidad fueron superadas por Mauricio, Lucho, Pablo, Eduardo, Rafael, Araceli, Paulina y tantos otros.... Rescatar los bordes y periferias que contuvieron sus vidas y experiencias.
El homenaje trae aparejado el recuerdo que invita a mirar desde el ámbito público y también desde el privado. Así fragmento a fragmento se procesa una memoria capaz de colectivizarse en un discurso que circula toda vez que los actos de memoria social nos ocupan. De esta manera, el ejercicio de recordar deja de ser sólo nostalgia, sobrepasando olvidos y silencios y porque no... la escena congelada del héroe y su lucha.
No se tratará entonces, únicamente de completar un anecdotario del arrojo y la valentía de nuestros jóvenes combatientes, sino y también de comprender las claves y estrategias del contexto y sus actores; los ideales, la entrega y el compromiso, revisando, además porque es necesario, los aciertos y errores de las organizaciones que legítimamente intervinieron en los procesos. Hablar y hablarnos de ellos y ellas para evitar la mistificación y el olvido, para producir socialmente en esta comunidad un discurso que componga la fuerza identitaria de una generación. Recordar como función política; para producir la apropiación de una memoria a través de la cual ejerzamos el poder de ser ‘nosotros’ en una sociedad en la que prevalece el discurso conciliador que pretende suprimir las tensiones latentes de una injusticia manifiesta.
La enorme inequidad de la distribución de las riquezas, la millonaria maquinaria mediática del juego electoral y los miles de chilenos y @s que viven con miserables sueldos y extenuantes jornadas de esclavitud, nos estimulan a pensar en la validez ética y política de Mauricio Maigret. PERO al mismo tiempo su muerte y lo que vino más tarde nos desafía a explorar la derrota a fin de aportar a los balances que la historia y la sociedad requieren.
Es ineludible revisar las fracturas, el manejo deficiente de las disonancias. Necesario es pararse al interior y traducir los restos y desechos trizados y/o desaparecidos. Y a pretexto del día de los combatientes del pueblo, descifrar la fantamastica de nuestra implicación pasada y actual con respecto a la realidad y la organización.
Hoy no somos biológicamente jóvenes. Pero, no estamos políticamente restados. Faltan memorias por escribir. Olvidos por rescatar. Relatos por compartir, tensiones por intervenir, discusiones por efectuar, sospechas por proponer en la hora actual: ¿es posible hoy prescindir de la violencia? Cuando claramente constatamos la violencia -no tan solo simbólica - de la exclusión social que reproduce el círculo de la pobreza. ¿Podemos reproducir la creencia en que de alguna manera se participa del orden político a través de los procesos electorales? ¿Qué carácter tendría hoy para Mauricio y tantos otros la participación política? ¿De que forma una organización popular y revolucionaria podrá inscribir, develar la tensión social que guarda el modelo? ¿Qué opinión tendrían hoy nuestros compañeros y amigos de los procesos de globalización? ¿Qué idea les merecerá a los jóvenes de hoy la resurrección del movimiento popular en clave mirista? ¿Cuál Patria o cual Muerte es la que construirá la generación dark, la del piercing, del hip hop, del recuerdo, la de la marginalización despectiva y critica del sistema?
La última vez lo vi irse entre humo y metrallas, contento y desnudo, iba matando canallas con su cañón de futuro
Nuestros jóvenes combatientes, protagonistas esenciales de los ochentas constituyen la narrativa poética de un fragmento de la historia, creando con su legado una oportunidad para narrarnos en registro de nostalgia y memoria activa, especialmente cuando resulta difícil sustraerse al eficaz control social que el modelo impone. Las voces de ellos permanecerán entre nosotros como el sedimento simbólico que logra resumir la vitalidad de la sangre y la rigurosidad del militante.
“Te hablaré de los pacos de las últimas detenciones en Pudahuel, de la mentira y la corrupción (...) Te indicaré con el dedo cuantas banderas de esperanzas levantamos aquí diariamente, los visillos que corremos a la ventana de la historia con sangre lágrimas y sudor”[5] Luis cayó en una acción de propaganda armada. Además de aportar como miliciano a la resistencia, fue un prolífico compositor.
Resulta importante leer otra vez las cartas, canciones y poemas de los jóvenes combatientes. Es oportuno recordar y reconstruir los textos que incorporen sus trayectos. No hablo de la nostalgia que obstaculiza la reflexión, tampoco de vaciar el impacto afectivo del recuerdo.
Los procesos de memoria colectiva pueden ir más allá del horror, del tribunal y del juez. Colectivizar la palabra favorece la interpretación de un pasado que no ha dejado de pasar - nos. Si la acción jurídica ha logrado que lentamente la sociedad comience a elaborar la memoria del horror (muerte, desaparición y tortura) parece ya ser la hora de rescatar la memoria de la resistencia y el combate popular.
Esta tarea no nos puede ser ajena y debe necesariamente examinar las derrotas sufridas. Nuestros jóvenes combatientes estuvieron plenamente conscientes; vitales y decididos asumiendo un programa de vida y transformación social. De ello y ellos es oportuno hablar.
“Tú generosa entrega hicieron fuego contra el enemigo, no hay ambigüedad que valga ante tu práctica correcta. Tus ráfagas de vida, tu ejemplo proletario, tú última lección la más certera. Mauricio la consigna ya no es grito ya no es canto...” La totalidad armónica de otras balas, acallaron al joven compañero Luís Díaz una tarde calurosa de sábado el 29 de Diciembre de 1984. Tenía 23 años.·[6] Este texto es parte de una canción que compuso al enterarse de la muerte en combate de Mauricio Maigret, quien contaba con 18 años al momento de su caída.
Nada deberá restar el trabajo de la memoria resistente. Quizás el eje del tiempo hará espacio a la voluntad de la escritura, de la comunidad viva capaz de apropiarse de la palabra y sostener el recuerdo, no ya como un peso trágico o pura contemplación, sino como un horizonte abierto al porvenir. De esta manera Mauricio Maigret, Lucho Díaz, Pablo, Eduardo y Rafael no serán sólo el código melancólico de un colectivo, sino más bien la expresión de un sentido político y existencial que en sus fundamentos mantiene vigencia.
Marzo de 2005
1- Carlos & Angélica
2- Coordinadora de Organizaciones Populares de Pudahuel.
3- Comunidades Eclesiales de Base
4- Extracto de una carta de Mauricio Maigret, escrita en diciembre de 1983, en ella invita a los jóvenes a sumarse a la resistencia popular. Publicada en el Boletín Nº 1 del C.A.R.
5- Extracto de una carta escrita por L. Díaz e 4 de diciembre de 1984.
6- Extracto de la canción que L. Díaz compuso como homenaje a Mauricio Maigret. Luis también integraba las milicias de la resistencia popular del MIR en Pudahuel. La canción está disponible en la web de L. Díaz : http://chris45.free.fr