Estamos en un escenario mundial en que desde el Lejano Oriente hasta Latinoamérica, en sus más diversas realidades, y con variadas motivaciones económicas, políticas, sociales y culturales, los pueblos y las naciones levantan voces de rebeldía y organización, como efectos de un sistema hegemónico que los priva de la justicia social, libertad y soberanía, evidenciado con crudeza en Haití, Afganistán, Irak, Palestina o El Líbano, lo mismo que en los procesos de Cuba, Venezuela y Bolivia; basta ver las reacciones por parte de la administración norteamericana ante los acercamientos y colaboración entre estos últimos gobiernos, y en estos días respecto al estado de salud del Comandante Fidel Castro, al que la mafia de Miami declara muerto, tal como ha hecho durante los 47 años de revolución. Esta búsqueda de caminos de organización y lucha caracteriza la coyuntura presente, y se plasma en diversas jornadas de reflexión, debate e intercambio entre las organizaciones populares de la región. Incluso recientemente se han realizado encuentros y jornadas en las cuales tanto el FPMR como otras organizaciones hermanas de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina, Uruguay y Paraguay, buscamos abrir caminos comunes de cooperación para la lucha revolucionaria.
Estos son pasos significativos que sin duda tendrán su correlato en las tareas nacionales, en una construcción “de adentro hacia fuera” que irá elevando un proyecto de lucha continental, tan imprescindible para un salto efectivo en la lucha de liberación nacional y por el socialismo en Latinoamérica.
La correlación en el país
Como parte de este proceso con sus propias particularidades, desde comienzos de este año hemos dicho que la movilización social ha sido una protagonista; los pobladores sin casa y deudores habitacionales, los trabajadores subcontratistas de CODELCO, las organizaciones de la nación mapuche, los estudiantes universitarios, y en especial los secundarios, se han hecho escuchar y legitimaron en la práctica la movilización de masas como la principal forma de expresión y participación.
En términos subjetivos, el debate en el seno de la izquierda se traduce en cómo encarar este proceso, hacia dónde capitalizar y dirigir la lucha y la organización social, y qué proyecto político fortalecer. En esta definición de estrategia y táctica, una de las contradicciones principales tiene que ver con la relación con el Estado y el régimen político. Para el rodriguismo, de acuerdo a nuestra política del período, hoy es posible abrir alternativas más allá del rayado de cancha de la institucionalidad, y definimos que el 2006 es importante para que la izquierda revolucionaria se levante, abandone la marginalidad y encabece la lucha por las demandas populares y la construcción social.
Los últimos conflictos han demostrado que la izquierda consecuente sí puede disputar los terrenos que habitualmente controla el reformismo o el gobierno. Y lo que es estratégico, potenciar la participación de las bases en el campo de los trabajadores, en el ámbito de los pobladores, en el mundo de los estudiantes y en diversos sectores sociales.
Como se ve, este desarrollo de Movimiento Popular deberá crecer de manera independiente y en proporción al debilitamiento del sistema, cuestión que define los marcos de la política de alianzas en coherencia o funcionalidad con los objetivos expuestos.
Nuestra concepción de “amplitud” y “unidad” tiene que ver con generar una fuerza social que luche de manera decidida contra el modelo, dejando atrás posiciones que convierten los defectos en virtudes, exaltando la ambigüedad, las concesiones y las conductas unilaterales y hegemonistas.
Contradicciones en el seno de la construcción
Lo anterior son las condiciones que deberá enfrentar el naciente movimiento popular, sin embargo para otra franja de izquierda representada por el Partido Comunista Chileno, los obstáculos del momento son “el incremento de las provocaciones y el accionar más abierto de pequeños grupos con consignas maximalistas” que para la dirección de este partido son “un obstáculo que retrasa e impide la unidad indispensable para derrotar al neoliberalismo” (del documento de convocatoria al 23 congreso del PCCH).
Ciertamente posiciones de este tipo son en verdad coherentes con una política que busca el entendimiento con el centro político, es decir, con la Concertación, con el fin de “romper la exclusión”, ya que en esta lógica el sistema electoral binominal es considerado como “un freno principal para la acumulación de fuerzas del movimiento popular, pues resta fuerza y presencia a la lucha social, cuyos actores aún no nos perciben como un referente político social, con visión de gobierno y de poder” (ibid.).
En síntesis, vemos cómo mas allá de la voluntad de los militantes de base que impulsan esta política, se asimila la lucha contra el neoliberalismo con la inserción en la institucionalidad, con la conciliación con el oficialismo, superponiendo los intereses “del partido” con los del movimiento de base que aún no está suficientemente desarrollado y articulado a escala social (sectores diversos) y nacional.
Posturas de este tipo tienen mucho que ver con la “sociología” de los partidos reformistas en Chile y el continente, en cuyo seno se producen tensiones o tendencias que los empujan a lógicas burocratizantes, a considerarse fines en sí, y por ende a adoptar lógicas conservadoras justificadas con el argumento de la amplitud, la unidad con sectores “disidentes” del gobierno, el histórico mal menor, etc.
En concreto, cuando un partido que debió ser un instrumento para la revolución se convierte en una organización para sí misma y sus funcionarios, el papel de esta organización es siempre mediatizador, serviendo a la estabilización del poder burgués por medio de mecanismos que convierten a dicha estructura en un ente que se considera no extraño al actual Estado, al cual se integra o busca integrarse, y donde la movilización social es usada únicamente como factor de presión y negociación con el poder.
En este sentido y con tales objetivos, al Partido Comunista de Chile le agrada sentirse el “interlocutor” con el Gobierno en relación con las luchas sociales, y por eso le molesta palpar que no tiene o se le disputa la conducción de conflictos sociales, como sucedió en las movilizaciones de los trabajadores subcontratistas y los estudiantes secundarios, levantando -como ha hecho históricamente- la consigna de atacar el “maximalismo”, el “anarquismo”, etc.
La lucha ideológica está entonces planteada entre estas dos posiciones, por eso es importante que todos los sectores políticos y sociales anticapitalistas sepan que no hay que tener miedo en “coger lucha”, y postular abierta y públicamente sus críticas y propuestas, acompañadas de la acción por supuesto, pues lo valioso es la unidad para la lucha, y no la lucha por la unidad, que favorece sólo a los partidos institucionales y las cúpulas nostálgicas de puestos y dietas parlamentarias.
Como declaramos durante el conflicto estudiantil, el rodriguismo es una realidad que participa en la construcción de fuerzas destinadas a destruir este sistema y construir un país distinto, no tranza con este modelo ni busca caer bien a sus gobernantes, por eso seguiremos siendo parte de las presentes y futuras luchas reivindicativas, que son ejemplo de la necesidad y la viabilidad de la coordinación y la solidaridad entre los sectores sociales, del protagonismo a partir de quehacer de base y la acción decidida.
