¡¡Sólo la lucha nos hará libres!!

¡¡Hasta Vencer O Morir!! Helicóptero de rescate
rodriguistas@fpmr.org

VENEZUELA

Utopía Revolucionaria


ARGENTINA

Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho
ECUADOR
Partido Comunista Marxista Leninista del Ecuador, PCMLE
COLOMBIA

Ejército de Liberación Nacional de Colombia , ELN
COLOMBIA

Fuerzas Armadas de Colombia - Ejército del Pueblo, FARC-EP
PERU

Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, MRTA
BOLIVIA

Movimiento Indígena Pachakuti


Sólo la lucha nos hará libres

 

PONENCIAS

 
NUEVAS JORNADAS DE LUCHA POR EL PODER VAN GERMINANDO EN AMÉRICA LATINA
“A la empresa compatriotas! Que el triunfo es nuestro: vencer o morir sea nuestra cifra; y tiemblen esos tiranos de haber excitado vuestro enojo, sin advertir que los americanos del Sur, están dispuestos a defender su patria; y a morir antes con honor, que vivir con ignominia en afrentoso cautiverio”
(Proclama de Artigas a sus compatriotas, al iniciar su campaña, en Mercedes, el 11 de abril de 1811)

Pasó ya el primer lustro de este siglo XXI y las tareas de la realización plena de la humanidad, la construcción de una sociedad libre, siguen esperando quien las encarne definitivamente.

Tras el auge de la lucha de los pueblos en los 60s 70s y el relativo declive fines de los 80s y 90s del siglo pasado, los pueblos del mundo y América Latina en particular, vuelven a levantarse en destellos de lucidez y decisión de combate, a veces espasmódicos otras más sostenidos. Destellos de los que la CNN nos entera con mentiras y medias verdades bajo títulos como “Crisis en tal lado o tal otro”.

Pero antes durante y después de la estridencia hay gente que lucha en forma permanente y decidida por construir la definitiva derrota a manos del pueblo del mayor enemigo de todo el genero humano: el imperialismo yanqui.

En la convicción de que la total liberación será necesariamente continental, los muchos pueblos de nuestra Patria Grande comienzan a retejer lazos de solidaridad y transmisión de experiencias en los distintos niveles de organización que cada pueblo ha sabido darse.

En esta tónica surge a instancias y bajo la responsabilidad de Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) de Chile el encuentro denominado “Proyecciones de la Lucha Revolucionaria en América Latina”

Los FOGONEROS tenemos la responsabilidad y el honor de haber sido invitados a participar. El desafío es estar a la altura que las circunstancias exigen, para que la experiencia de lucha política por la liberación de pueblos hermanos redunde en el enriquecimiento y la calificación de la lucha del Pueblo Oriental, como una parte del gran Pueblo Latinoamericano. Con la convicción Artiguista y Guevarista que alienta nuestra lucha esperamos cumplir con nuestros compañeros del pueblo y con la historia.

Para entrar ya en el tema al respecto del que se nos invita a pronunciarnos, vamos a empezar por las conclusiones para que la línea argumental muestre su lógica de desarrollo.

Creemos firmemente que la situación que vive el continente, retorna al tapete del debate de las masas oprimidas dos cuestiones de vital importancia que recorren cada uno de los procesos en nuestras respectivas naciones. Esas cuestiones son el asunto del Poder y la “continentalidad” de la lucha. La convulsa y heterogénea coyuntura que presenta la lucha de clases en nuestra Patria Grande así lo está determinando. Y esto es decididamente positivo para el avance hacia su resolución. La cuestión está en cómo trabajamos quienes nos decimos revolucionarios desde las condiciones en las que nos encontramos para conseguir que cunda la convicción de que la transformación revolucionaria de la sociedad es posible y necesaria.

Las dos cuestiones se presentan evidentes desde el ejemplo de la Cuba revolucionaria. Ejemplo dignificante para el continente entero, que muestra a la vez el alcance y las limitaciones de un proceso construido y sostenido a fuerza de convicción y moral revolucionaria de todo un pueblo. Un pueblo que a instancias de su vanguardia supo resolver con claridad la cuestión des poder para proyectar el desarrollo independiente de la patria. Pero a la vez, es un proceso en el cual podemos ver las limitaciones que se le impusieron, tras la caída del bloque socialista, al ser un solista disonante en el coro del continente. Afortunadamente esa situación de disonancia y aislamiento empezó a romperse con el advenimiento del proceso bolivariano en Venezuela.

Así se demuestra con claridad meridiana la importancia de la noción de “continentalidad” para un proceso emancipatorio.

De hecho, antes que la dimensión continental de la solidaridad popular, rasgos similares que han cobrado las formas de resistencia de los pueblos al modelo neoliberal expresan la similitud en la esencia de las características definitorias de nuestra vida socioeconómica y del suelo que pisamos en el continente. Un ejemplo claro son los masivos y combativos levantamientos populares que han depuesto uno tras otros presidentes neoliberales “democráticamente electos”. En Ecuador, en Bolivia, en Argentina etc la insurrección de decenas, cientos de miles y hasta de millones de hombres y mujeres rebelados contra la miseria y la opresión a la que se los somete lograron forzar un cambio formal de mandatario mientras se sostenía el poder de los de arriba, lo que se demuestra en la recurrencia a las mismas medidas antipatria, anti trabajadores, de los gobiernos subsiguientes a los levantamientos. Y la característica compartida que signó estos fenómenos fue la ausencia de una dirección revolucionaria unificada, un aparato de conducción de una ascendencia y confianza tal ganada entre las masas que le permitiera al pueblo atrincherarse tras él en un camino continuado para la instauración de un poder alternativo. Esto a pesar de la existencia y el peso alcanzado por varias organizaciones que luchan denodadamente por calificar cada avanzada popular. Algunos de esos procesos suponen un debate profundo y de alcance continental.

La fuerza y la limitación de la espontaneidad de masas exhorta su propia superación, mostrando la necesidad del trabajo revolucionario. En cierta medida podemos decir que el proceso bolivariano de Venezuela es también hijo del “caracaso”, y es indiscutible que al menos su política exterior indudablemente antiimperialista y latinoamericanista, y su discurso socializante son un aliento para la subjetividad revolucionaria en todo el continente y podría decirse en el Tercer Mundo. Pero debemos ser cuidadosos de asumir experiencias muy particulares como si todos nuestros pueblos pudieran o debieran intentar recorrer los mismos caminos. Además, así mismo en Venezuela como en cualquier sociedad de clases a la hora de avanzar en transformaciones progresivas el conflicto de clases se hace patente en la forma de lucha por el poder político. Este es un problema que los venezolanos y todos los pueblos solidarios tendrán que resolver cuando la oligarquía y el imperialismo vuelvan a intentar franquearle el paso al pueblo trabajador en el camino hacia el futuro soberano y socialista.

Por su parte el movimiento guerrillero que tiene su refugio más prolífero en Colombia, pero que también pervive y se manifiesta públicamente en múltiples rincones de nuestra Patria Grande (como por ejemplo México) y nos alumbra demostrando con el ejemplo la posibilidad y la necesidad de desarrollar un aparato armado y beligerante propio del pueblo. Allí, en Colombia, si existe un poder dual no simplemente potencial sino efectivo sobre porciones de territorio, esperando y generando las condiciones de la instalación del Poder del Pueblo organizado estatalmente como poder dominante en todo el país.

Y por cierto que al ser abanderados de la mas decidida lucha por el poder para realmente transformar el destino del pueblo, de los trabajadores; al ser su ejemplo una luz que muestra en forma descarnada los limites que se imponen y pretenden imponerle al pueblo, quienes desde la ingenuidad o desde la politiquería acomodaticia proponen circunscribirse al camino de las instituciones y la legalidad que construye el enemigo... por ser todo eso, la izquierda “responsable” y ajironada ha intentado marginar a los movimientos guerrilleros de los espacios de debate y coordinación para construir una alternativa en el continente.

Y es esa izquierda responsable otro de los paradigmas del proceso político y la conmoción en la subjetividad de clases que se vive en el continente. El discurso de los “cambios” y la alternativa a la derecha neoliberal a través de las elecciones está siendo en estos precisos momentos contrastados con la práctica de numerosos gobiernos que montados en las consignas y en la mística construidas durante décadas por la militancia obrera y popular, se están revelando como los mas eficaces defensores de los intereses del imperialismo y las oligarquías nativas. La estructuración organizativa del pueblo que antes servía para sintetizar cada lucha parcial o nacional en la estrategia electoral, ahora se pone al servicio del bombereo constante de los conflictos de clase o nacionales surgidos de las medidas gubernamentales de corte neoliberal antinacional y anti trabajador. En Chile, en Brasil y en nuestro Uruguay (entre otros) se pone ante los ojos del pueblo las inconsistencia de construcciones sin vocación de poder. De una lucha por el cambio desoyendo las enseñanzas de la historia acerca del poder, se pasó fácilmente al manejo de clientela política al servicio de los poderes ya instituidos; el poder del imperialismo y la oligarquía.

Por todo esto creemos que vivimos en el continente un momento duro pero fermental para las fuerzas genuinamente transformadoras, las de intención revolucionaria.

Como decíamos nuestro país se inscribe en esa categoría de los que están transitando el camino del uso de las propias instituciones del régimen para transformarlo.

Sin embargo la Carta Intención firmada con el FMI parece ser el verdadero programa de gobierno que se confirma como profecía divina en las Medidas gubernamentales. Y se veía venir ante el lavado ideológico que se procesó en el Frente Amplio unos cuantos años antes de ganar las elecciones, como una condición de la vorágine de la juntadera de votos en la que se embarcó. Es significativo que antes que a Astori se le haya propuesto el ministerio de economía a Enrique Iglesias, el ex presidente del BID y de indiscutible signo neoliberal.

En flagrante contradicción con el programa surgido de su último congreso, con el cual se salió a juntar votos, se abre el camino hacia un TLC con los yanquis mediante un tratado de liberalización denominado TIFA. Además se plantea una “Reforma del Estado” que se traduce en privatizaciones y flexibilización laboral, se otorgan beneficios al capital transnacional con un Tratado de Protección de Inversiones con los EEUU que supone la entrega casi absoluta de nuestra soberanía. El mentado “país productivo” se ha concretado como país productivo de plusvalor acumulado en el exterior y en país basurero de plantas de celulosa, en país desertizado por el monocultivo de eucaliptos.

Se pagan por adelantado los vencimientos de la deuda externa. Persisten los salarios de hambre, se continua el flagelo del desempleo y subocupación, se perpetua el exilio económico con cada vez más contingentes de Orientales aplicando su fuerza de trabajo y viviendo sus vidas lejos de la patria.

Se implementa una política exterior cipaya con el envío de tropas a Haití y el Congo, la participación en maniobras militares conjuntas con las FFAA de yanquis, a la vez que se le hacen los mandados diplomáticos.

La única medida que podría denominarse popular es el llamado “plan de emergencia” que intenta ser un paliativo a la miseria como el brasilero “hambre cero”, y que se inscriben en la lógica de planes asistencialistas que promueven el BID o el BM. Pero a parte suponen una práctica clientelista. Mientras tanto se intenta mediar entre las gremiales patronales y los asalariados siendo “equilibrados”.

Se jactan públicamente además, de hacer todo aquello que los partidos tradicionales no pudieron por la resistencia popular.

A nosotros nos sorprende la celeridad y el descaro con que llevan a delante estas medidas, pero es explicable porque persigue hacer uso del consenso inicial de un gobierno recién electo, y porque pretenden actuar antes de las elecciones venideras.

Pero por otro lado en el imaginario popular el Frente significa una alternativa de cambio construido desde la base en 35 años de historia, que hereda la lucha delos 70 pero que “tiene los pies en la tierra”, y que se presenta hoy a los ojos de la gente, muy a nuestro pesar, como la única opción política de cambio a nivel nacional y que además van en el mismo sentido de los “cambios” en la región.

Aún así lentamente hay partes del pueblo que empiezan a desencantarse, y de estos son una minoría los que buscan una formación política distinta donde volcar sus esfuerzos y anhelos de cambio.

Este paulatino desencanto que se da sobre todo en sectores militantes. Y abre nuevas posibilidades a las organizaciones que luchan por la revolución.

Las condiciones de las que partimos son de una relativa orfandad del proyecto revolucionario. Con la salvedad de honrosas excepciones que nos han brindado las generaciones de los 60s y 70s y de la resistencia a la dictadura, los antiguos revolucionarios se han pasado con armas y bagajes a las tiendas enemigas de la gestión de los intereses del imperialismo. En ese clima surgen nuevas expresiones del pueblo organizado para revolucionar su forma de vida (entre las que nos gusta contarnos) y también se reavivan, cobran nuevos bríos, las que se han mantenido consecuentes contra el viento y la marea del retroceso de la década de los 90s.

Los problemas de los revolucionarios orientales en la actualidad pasan por definir y asumir una estrategia que contemple la potencialidad de las masas, y las tareas inmediatas atendiendo a su pasividad actual. Nuestra misión no es ni manejar clientela política diciéndole a la gente lo que quiere oír, ni ser la expresión de la posición correcta en cada circunstancia, sosteniéndonos al margen del sentir popular y la vida nacional. Ser minoría es una circunstancia que no nos regocija pero que tenemos que revertir cuidando no transar los principios y objetivos que dan razón de ser a nuestra lucha. Con aciertos y errores nuestra organización se encuentra en ese camino.

Se trata para nosotros de construir una referencia de resistencia. Hacer ver que no todo es entrega, planteando en el imaginario nacional la existencia de una trinchera para la lucha asumida con seriedad. Preparar un continente organizativo que el pueblo pueda sentir como propio y nos permita dar cauce orgánico y combativo a la disconformidad. Para esto otra tarea prioritaria es combatir fraternal pero decididamente los vicios del movimiento espontáneo, reivindicando la lucha política. Pero a la vez empaparnos de todas las virtudes del pueblo, hacerlas cada vez más nuestras. Lograr una comunicación fluida entres quienes se han resuelto por la lucha política encuadrada y el resto del pueblo, para que ambos elementos puedan avanzar en la constitución del sujeto político y el sujeto social revolucionario.

Este va a ser un camino empedrado de alegrías y realizaciones gratificantes pero también de duros momentos. Lo tenemos claro y es particularmente visible ante la coyuntura que vivimos, dado que desde hace algún tiempo las miras de la calumnia en manos de los defensores de este régimen injusto, apuntan a quienes persistimos en la pelea contra el imperialismo y los oligarcas. Con la persecución mediática preparan lo que seguramente será un golpe a nuestra organización así como otras organizaciones del pueblo. Y nos vamos a permitir aquí dedicar un renglón para hacer un llamado a nuestros compañeros de todo el mundo para mantenerse alerta ante el desenlace de todo esto. Contamos con su solidaridad, y en particular con los hombres y mujeres de nuestra Patria Grande que sienten el ataque a cualquier expresión de nuestros pueblos como en carne propia.

En el corto tiempo de vida de nuestra organización los FOGONEROS hemos intentado cumplir, en la medida de nuestras posibilidades, con ese deber que prescribe nuestro sentir latinoamericanista e internacionalista.

Y no podía ser de otra manera. Vemos la solidaridad entre los pueblos de América como crucial, entre otras razones porque es para nuestro Uruguay un asunto particularmente importante el de la continentalidad de la lucha, por una cuestión de nuestras dimensiones geográficas demográficas y económicas que establecen que ni un niño aspire o pueda imaginar la construcción de algo así como una autarquía en nuestro país. Nuestra liberación está necesariamente atada a un proceso al menos regional y seguramente continental en última instancia. Y creemos es una situación compartida por todos nuestros países.

Entonces es de vital importancia para cualquiera que pretenda contribuir a una transformación, reformadora o revolucionaria, trabajar por el reconocimiento de una identidad latinoamericana que nos permita como pueblos definir más fácilmente a nuestros hermanos y también a los enemigos. Esto implica además recobrar para nuestro pueblo trabajador lo más rico del legado histórico de las luchas libertadoras de nuestra América.

Y el reconocimiento de la identidad latinoamericana implica para nosotros, además de facilitar el intercambio cultural y de distintas expresiones de lo popular, el trabajo de difusión en el rango continental de cada una de nuestras luchas. La instalación, allí donde sea posible, de las movilizaciones de solidaridad internacional como algo común, cotidiano.

Se trata en otro nivel de instalar una mística compartida en nuestra militancia, hacer de nuestras organizaciones escuelas de latinoamericanismo. Necesitamos tender lazos de solidaridad efectiva y de intercambio de experiencias de nuestro trabajo social y político.

En el avance de los compromisos surgirá como una necesidad perfilar una estrategia continental que deberá integrar necesariamente las estrategias nacionales para evitar la superposición de la primera en detrimento de la consolidación de las segundas, obstaculizando su desarrollo. Esto implica la consideración de las particularidades coyunturales de cada nación latinoamericana. Es imprescindible no desatender las condiciones particulares, nacionales, por enfatizar la estrategia continental, lo cual implica la flexibilidad en sus lineamientos.

La estrategia deberá concebirse desde quienes concretamente han asumido la lucha, tanto en lo discursivo como en lo práctico de manera de brindarle el sustento más sólido posible para encarnar los compromisos asumidos.

Estas son más o menos las reflexiones que nos merecen la propuesta del encuentro. Pero ante todo nuestra principal misión aquí es aprender de las experiencias que los compañeros han recogido en el trayecto de su lucha, que es también la nuestra.

Les quedamos profundamente agradecidos al Frente Patriótico Manuel Rodríguez y a todos los compañeros por hacernos partícipes de esta instancia importantísima para el alumbramiento de una Patria Grande libre del yugo imperialista y libre de todo yugo social.

¡SALUD COMPAÑEROS!
¡POR LA UNIDAD DE LOS PUEBLOS
CONTRA EL IMPERIALISMO!
VENCER O MORIR
FOGONEROS


 

La gobernabilidad del capitalismo periférico y los desafíos de la izquierda revolucionaria
Néstor Kohan

Crisis orgánica y revolución pasiva: el enemigo toma la iniciativa
Desde Marx y Engels hasta Lenin, Trotsky y Mao, desde Mariátegui, Mella, Recabarren y Ponce hasta el Che Guevara y Fidel, gran parte de las reflexiones de los marxistas sobre la lucha de clases han girado en torno a la necesidad de asumir la iniciativa política por parte de los trabajadores y el pueblo.

Pero ¿qué sucede cuando la iniciativa la toman nuestros enemigos? ¿Qué hacer cuando los segmentos más lúcidos de la burguesía intentan resolver la crisis orgánica de hegemonía, legitimidad política y gobernabilidad apelando a discursos y simbología “progresistas”, poniéndose a la cabeza de los cambios para desarmar, dividir, neutralizar y finalmente cooptar o demonizar a los sectores populares más intransigentes y radicales?

Para pensar esos momentos difíciles, tan llenos de matices, Gramsci elaboró una categoría: la “revolución pasiva”. La tomó prestada de historiadores italianos, pero le otorgó otro significado.

La revolución pasiva es para Gramsci una “revolución-restauración”, o sea una transformación desde arriba por la cual los poderosos modifican lentamente las relaciones de fuerza para neutralizar a sus enemigos de abajo.

Mediante la revolución pasiva los segmentos políticamente más lúcidos de la clase dominante y dirigente intentan meterse “en el bolsillo” (la expresión es de Gramsci) a sus adversarios y opositores políticos incorporando parte de sus reclamos, pero despojados de toda radicalidad y todo peligro revolucionario. Las demandas populares se resignifican y terminan trituradas en la maquinaria de la dominación.

¿Cómo enfrentar esa iniciativa? ¿De qué manera podemos descentrar esa estrategia burguesa?

Resulta relativamente fácil identificar a nuestros enemigos cuando ellos adoptan un programa político de choque o represión a cara descubierta. Pero el asunto se complica notablemente cuando los sectores de poder intentan neutralizar al campo popular apelando discursivamente a una simbología “progresista”. En esos momentos, navegar en el tormentoso océano de la lucha de clases se vuelve más complejo y delicado...

Dentro de ese conglomerado de olas y mareas políticas que se entrecruzan, no todo aparece tan nítidamente diferenciado ni delimitado como pudiera suponerse. En la actual coyuntura política latinoamericana verificamos, por ejemplo, una notable diferencia entre Cuba, Venezuela y posiblemente Bolivia (en este caso particular no tanto por las moderadas posiciones políticas de su presidente sino más que todo por los poderosos movimientos sociales que tiene por detrás), por un lado; con Chile, Argentina y Uruguay, por el otro.

Si Cuba y Venezuela encabezan la rebeldía contra el imperio, el segundo bloque de naciones —ubicado en el cono sur de nuestra América— expresa más bien cierto aggiornamiento del modelo neoliberal. En este sentido, aunque cada sociedad particular tiene sus propios desafíos, existen problemáticas generales que bien valdría la pena repensar, eludiendo los cantos de sirena embriagadores —por ahora hegemónicos— que hoy pretenden reactualizar las viejas ilusiones reformistas que padecimos hace tres décadas atrás y que tanta sangre, tragedia y dolor nos costaron. En el caso de Argentina, Chile y Uruguay ya no se trata hoy en día del añejo y deshilachado “tránsito pacífico” al socialismo sino, incluso, de una propuesta muchísimo más modesta: la reforma del capitalismo neoliberal en aras de un supuesto “capitalismo nacional” (en la jerga de Kirchner) o “capitalismo a la uruguaya” (para Uruguay) y así de seguido. Hasta el tímido socialismo del “tránsito pacífico” se diluye y el horizonte se estrecha con los vanos intentos por endulzar al capitalismo y volverlo menos cruel y salvaje...

En esta situación compleja, en el cono sur latinoamericano asistimos a un difícil desafío: pensar desde el marxismo revolucionario no en la inminencia del asalto al poder o de ofensiva abierta de los sectores populares, sino en aquellos momentos del proceso de la lucha de clases donde el enemigo pretende mantener y perpetuar el neoliberalismo de manera sutil y encubierta. No lo pretende hacer de cualquier manera. Paradójicamente, las clases dominantes intentan resolver su crisis orgánica, garantizar la gobernabilidad y mantener sus jugosos negocios enarbolando nuestras propias banderas (oportunamente resignificadas). Resulta más sencillo enfrentar y golpear a un enemigo frontal que intenta aplastarnos enarbolando banderas neoliberales y fascistas (el caso emblemático de Pinochet en Chile y Videla o Menem en Argentina es arquetípico). Pero deviene extremadamente complejo responder políticamente cuando el neoliberalismo se disfraza de “progre”, continúa beneficiando al gran capital en nombre de “la democracia”, los “derechos humanos”, la “sociedad civil”, el “respeto por la diversidad”, etc., etc., etc.

Estos procesos y mecanismos de dominación política utilizados en la actualidad por las clases dominantes del cono sur latinoamericano y sus amos imperiales se asientan en una prolongada y extensa tradición previa.

No han surgido por arte de magia. Sólo constituyen un “enigma irresoluble” si, como tantas veces nos sugirió el posmodernismo, hacemos abstracción de nuestra historia nacional y continental.

La revolución pasiva en la historia de América latina
Durante el siglo XIX, a lo largo de la conformación histórica de los estados-naciones latinoamericanos, se entabló una singular relación entre Estado y sociedad civil. A diferencia de algunos esquemas mecánicos y simplistas, supuestamente “marxistas”, en América latina la relación entre sociedad civil y Estado ha sido en gran medida diferente al proceso de las sociedades europeas.

Entre nosotros, en no pocas oportunidades, el Estado no fue un producto posterior que venía a reforzar una realidad previamente constituida sobre sus propias bases sino que, por el contrario, contribuyó de manera activa a conformar sociedad civil. No puede explicarse, por ejemplo, la inserción subordinada y dependiente de las formaciones sociales latinoamericanas en el mercado mundial durante el siglo XIX si se desconoce la mediación estatal. No puede comprenderse el proceso genocida de los pueblos originarios de nuestra América, el robo, la expropiación de sus tierras y la incorporación de la producción agrícola o minera al mercado mundial si se prescinde del accionar estatal. No puede entenderse la conformación de las grandes unidades productivas, como las plantaciones, las minas, las haciendas, que combinaban la explotación forzada de fuerza de trabajo con una producción de valores de cambio destinados a ser intercambiados y vendidos en el mercado mundial capitalista, si se deja de lado el rol activo jugado por el Estado. Ese protagonismo central no tuvo lugar únicamente en la llamada acumulación originaria del capital latinoamericano. Posteriormente, cuando el capitalismo y el mercado ya funcionaban en América Latina sin andadores ni muletas, el Estado siguió jugando un rol decisivo.

Entre las muchas instituciones que conforman el entramado estatal hubo una institución en particular que ocupó este rol central: el Ejército (entendido en sentido amplio, como sinónimo de Fuerzas Armadas). Junto con la represión feroz de numerosos sujetos sociales —pueblos indígenas y negros, gauchos, llaneros, etc— reacios a incorporarse como mansa y domesticada fuerza de trabajo, los ejércitos latinoamericanos también ocuparon, gerenciaron y realizaron tareas estrictamente económicas.

Ese rol privilegiado y muchas veces preponderante en América Latina no sólo fue central a lo largo de todo el siglo XIX. En el siglo XX el bonapartismo militar ocupó el rol activo que no jugaron ni podían jugar las débiles, impotentes y raquíticas burguesías autóctonas latinoamericanas (injustamente denominadas “burguesías nacionales” por sus apologistas). Ante la ausencia de proyectos sólidos, pujantes y auténticamente nacionales, las burguesías latinoamericanas perdieron su escasa y delgada autonomía, si es que alguna vez la tuvieron, y terminaron jugando el rol sumiso de socias menores y subsidiarias de los grandes capitales. Sólo podían disfrutar del solcito del mercado interno y del mercado mundial a condición de acomodarse con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos en los lugares secundarios y los espacios semivacíos que les dejaban los capitales multinacionales. Es por eso que gran parte de las industrializaciones latinoamericanas del siglo XX fueron en realidad seudoindustrializaciones, ya que no modificaron la estructura previa heredada por las burguesías agrarias del siglo XIX.

Hoy en día resulta a todas luces errónea y fuera de foco la falsa imagen y la ilusoria dicotomía —construida artificialmente desde relatos encubridores y apologistas— que enfrentaría a “burguesías nacionales, democráticas, industrialistas, antiimperialistas y modernizadoras” versus “oligarquías terratenientes, tradicionalistas, autoritarias y vendepatrias”. Nuestra historia real, repleta de golpes de estado, masacres y genocidios planificados, ha seguido un derrotero notablemente diverso al que postulaban los cómodos “esquemas clásicos” y los complacientes “tipos ideales” construidos a imagen y semejanza de las principales formaciones sociales europeas. La historia latinoamericana desobedeció a la lógica europea; la lucha de clases empírica no se dejó atrapar por el esquema ideal; el desarrollo desigual, articulado y combinado de múltiples dominaciones sociales desoyó los consejos políticos etapistas que aconsejaban apoyar a una u otra fracción burguesa (“burguesía democrática” la llamó el reformismo stalinista, “burguesía nacional” la denominó el populismo) contra el supuesto enemigo oligárquico. En América Latina las burguesías nacieron oligárquicas y las oligarquías fueron aburguesándose mientras se modernizaban. Las modernizaciones no vinieron desde abajo sino desde arriba. No fueron democráticas ni plebeyas, sino oligárquicas y autoritarias. No fueron producto de “revoluciones burguesas antifeudales” —como rezaban ciertos manuales— sino de revoluciones-restauradoras, revoluciones pasivas encabezadas e impulsadas por las oligarquías aburguesadas.

Fueron las propias oligarquías, a través del aparato de Estado y en particular de las fuerzas armadas, las que emprendieron —a sangre, tortura y fuego— el camino de modernizar su inserción siempre subordinada en el mercado mundial capitalista. El liberalismo latinoamericano no fue, como en la Francia de los siglos XVII y XVIII, progresista sino autoritario y represivo. En nuestras patrias despanzurradas a golpes de bayoneta y destrozadas a picana y palazos, jamás existió modernización económica sin represión política.

Las burguesías locales fueron históricamente débiles para independizar nuestras naciones del imperialismo pero al mismo tiempo fueron lo suficientemente fuertes como para neutralizar e impedir los procesos de lucha social radical de las clases populares.

Las sangrientas dictaduras latinoamericanas —cuyas consecuencias nefastas seguimos padeciendo hasta nuestro presente— que asolaron nuestro continente durante las décadas de los años ’70 y ’80 no fueron, en consecuencia, un rayo inesperado en el cielo claro de un mediodía de verano. No constituyeron una “anomalía”, una excepción a la regla, el interregno entre dos momentos de normalidad y paz. Fueron más bien la regla de nuestros capitalismos periféricos, dependientes y subordinados a la lógica del sistema capitalista mundial.

Nuevos tiempos de luchas y nuevas formas de dominación durante la “transición a la democracia”
Agotadas las antiguas formas políticas dictatoriales mediante las cuales el gran capital —internacional y local— ejerció su dominación y logró remodelar las sociedades latinoamericanas inaugurando a escala mundial el neoliberalismo nuestros países asistieron a lo que se denominó, de modo igualmente apologético e injustificado, “transiciones a la democracia”.

Ya llevamos casi veinte años, aproximadamente, de “transición”. ¿No será hora de hacer un balance crítico? ¿Podemos hoy seguir repitiendo alegremente que las formas republicanas y parlamentarias de ejercer la dominación social son “transiciones a la democracia”? ¿Hasta cuando vamos a continuar tragando sin masticar esos relatos académicos nacidos al calor de las becas de la socialdemocracia alemana y los subsidios de las fundaciones norteamericanas?

En nuestra opinión, y sin ánimo de catequizar ni evangelizar a nadie, la puesta en funcionamiento de formas y rituales parlamentarios dista largamente de parecerse aunque sea mínimamente a una democracia auténtica. Resulta casi ocioso insistir con algo obvio: en nuestros países latinoamericanos hoy siguen dominando los mismos sectores sociales de antaño, los de gruesos billetes y abultadas cuentas bancarias. Ha mutado la imagen, ha cambiado la puesta en escena, se ha transformado el discurso, pero no se ha modificado el sistema económico, social y político de dominación. Incluso se ha perfeccionado.

Estas nuevas formas de dominación política —principalmente parlamentarias— nacieron producto de la lucha de clases. En nuestra opinión no fueron un regalo gracioso de su gran majestad, el mercado y el capital (como sostiene cierta hipótesis que termina presuponiendo, inconscientemente, la pasividad total del pueblo), pero lamentablemente tampoco fueron únicamente fruto de la conquista popular y del “avance democrático de la sociedad civil” que lentamente se va empoderando de los mecanismos de decisión política marchando hacia un porvenir luminoso (como presuponen ciertas corrientes que terminan cediendo al fetichismo parlamentario). En realidad, los regímenes políticos postdictadura, en Argentina, en Chile, en Uruguay y en el resto del cono sur latinoamericano, fueron producto de una compleja y desigual combinación de las luchas populares y de masas —en cuya estela alcanza su cenit la pueblada argentina de diciembre de 2001— con la respuesta táctica del imperialismo que necesitaba sacrificar momentáneamente algún peón militar de la época neolítica para reacomodar los hilos de la red de dominación, cambiando algo para que nada cambie.

Con discurso “progre” o sin él, la misión estratégica que el capital transnacional y sus socias más estrechas, las burguesías locales, le asignaron a los gobiernos “progresistas” de la región —desde el Frente Amplio uruguayo y el PJ del argentino Kirchner hasta la concertación de Bachelet en Chile— consiste en lograr el retorno a la “normalidad” del capitalismo latinoamericano. Se trata de resolver la crisis orgánica reconstruyendo el consenso y la credibilidad de las instituciones burguesas para garantizar EL ORDEN. Es decir: la continuidad del capitalismo. Lo que está en juego es la crisis de la hegemonía burguesa en la región, amenazada por las rebeliones y puebladas —como la de Argentina o Bolivia— y su eventual recuperación.

Desde nuestra perspectiva, y a pesar de las esperanzas populares, la manipulación de las banderas sociales, el bastardeo de los símbolos de izquierda y la resignificación de las identidades progresistas tienen actualmente como finalidad frenar la rebeldía y encauzar institucionalmente la indisciplina social. Mediante este mecanismo de aggiornamiento supuestamente “progre” las burguesías del cono sur latinoamericano intentan recomponer su hegemonía política. Se pretende volver a legitimar las instituciones del sistema capitalista, fuertemente devaluadas y desprestigiadas por una crisis de representación política que hacía años no vivía nuestro continente. Los equipos políticos de las clases dominantes locales y el imperialismo se esfuerzan de este modo, sumamente sutil e inteligente, en continuar aislando a la revolución cubana (a la que se saluda, pero... como algo exótico y caribeño), conjurar el ejemplo insolente de la Venezuela bolivariana (a la que se sonríe pero... siempre desde lejos), seguir demonizando a la insurgencia colombiana y congelar de raíz el proceso abierto en Bolivia.

Los desafíos de la izquierda latinoamericana antiimperialista y anticapitalista frente a su propia historia
¿Cómo enfrentar entonces ese aggiornamiento de las formas políticas de dominación, ese intento gatopardista por cambiar algo para que el ORDEN siga igual y nada cambie de fondo?

Descartada la visión ingenua de un optimismo eufórico que postula en el terreno de las consignas agitativas un peligroso y falso triunfalismo —calificando como “avance revolucionario” a los gobiernos de Tabaré Vázquez, Kirchner o Bachelet—, debemos hacer el esfuerzo por comprender nuestros desafíos políticos a partir de nuestra propia historia y nuestras propias necesidades. Así lo hizo Fidel cuando encabezó la revolución cubana, así lo hace Chávez en Venezuela. Así lo hicieron los sandinistas, los salvadoreños y los tupamaros en sus épocas fundacionales (cuando eran radicales y estaban contra el sistema), así lo hacen las FARC y el ELN en Colombia, al igual que los zapatistas en Chiapas. En el cono sur latinoamericano se nos impone encontrar nuestra propia perspectiva estratégica y nuestro rumbo político a partir de nuestra propia historia. ¡Debemos estudiar y tomar en serio a la historia!

Eso implica estar alertas frente a cualquier manipulación oportunista. Es cierto que todo relato histórico presupone construir genealogías en el pasado para defender y legitimar políticas hacia el futuro. Pero todo tiene un límite. No se puede ir al pasado, “meter mano”, poner y sacar a gusto y piacere según las oportunidades del caso...

Por ejemplo, en la Argentina, no se puede poner en las banderas y en los carteles las imágenes de Santucho y del Che Guevara y luego, como por arte de magia, borrar esos símbolos para reemplazarlos por la foto de Juan Domingo Perón. Y luego, si cambian las alianzas políticas del momento, archivar rápidamente a Perón y volver a poner a Santucho o a quien convenga en esa ocasión. Siempre con la misma sonrisa cínica. ¡Como si todo fuera lo mismo! Eso es poco serio. Eso es hacer manipulación vulgar de la historia en función del presente inmediato. Así no se construye una identidad política de masas que logre aglutinar a la juventud rebelde y a la clase trabajadora combativa en función de un proyecto de emancipación radical. Los cubanos designan a esas maniobras como vulgar “politiquería”. Lenin las denominaba “oportunismo”. En cada uno de los países de nuestra América hay un término para hacer referencia a lo mismo.

La historia debe ser nuestra fuente genuina de inspiración, no un cómodo salvoconducto oportunista.

Formación política, hegemonía socialista e internacionalismo
No sólo debemos inspirarnos en la historia. En la actual fase de la correlación de clases —signada por la acumulación de fuerzas— necesitamos generalizar la formación política de la militancia de base. No sólo de los cuadros dirigentes sino de toda la militancia popular. Se torna imperioso combatir el clientelismo y la práctica de los “punteros” (negociantes de la política mediante las prebendas del poder), solidificando y sedimentando una fuerte cultura política en la base militante, que apunte a la hegemonía socialista sobre todo el movimiento popular. No habrá transformación social radical al margen del movimiento de masas. Nos parecen ilusorias y fantasmagóricas las ensoñaciones posmodernas y posestructuralistas que nos invitan irresponsablemente a “cambiar el mundo sin tomar el poder”. No se pueden lograr cambios de fondo sin confrontar con las instituciones centrales del aparato de Estado. Debemos apuntar a conformar, estratégicamente y a largo plazo —estamos pensando en términos de varios años y no de dos meses— organizaciones guevaristas de combate.

¿Por qué organizaciones? Porque el culto ciego a la espontaneidad de las masas constituye un espejismo muy simpático pero ineficaz. Todo el movimiento popular que sucedió a la explosión del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina diluyó su energía y terminó siendo fagocitado por la ausencia de organización y de continuidad en el tiempo (organización popular no equivale a sumatoria de sellos partidarios que tienen como meta máxima la participación en cada contienda electoral).

¿Por qué guevaristas? Porque en nuestra historia latinoamericana el guevarismo constituye la expresión del pensamiento más radical de Marx y Lenin y de todo el acervo revolucionario mundial, descifrado a partir de nuestra propia realidad y nuestros propios pueblos. El guevarismo se apropia de lo mejor que produjeron los bolcheviques, los chinos, los vietnamitas, las luchas anticolonialistas del África, la juventud estudiantil y trabajadora europea, el movimiento negro norteamericano y todas las rebeldías palpitadas en varios continentes. El guevarismo no es calco ni es copia, constituye una apropiación de la propia historia del marxismo latinoamericano, cuyo fundador es, sin ninguna duda, José Carlos Mariátegui. Guevara no es una remera. Su búsqueda política, teórica, filosófica constituye una permanente invitación a repensar el marxismo radical desde América Latina y el Tercer Mundo. No se lo puede reducir a tres consignas y dos frases hechas. Aun tenemos pendiente un estudio colectivo serio y una apropiación crítica del pensamiento marxista del Che entre nuestra militancia.

¿Por qué de combate? Porque tarde o temprano nos toparemos con la fuerza bestial del aparato de Estado y su ejercicio permanente de fuerza material. Así nos lo enseña toda nuestra historia. Insistimos: ¡hay que tomarse en serio la historia! Pretender eludir esa confrontación puede resultar muy simpático para ganar una beca o seducir al público lector en un gran monopolio de la (in)comunicación. Pero la historia de nuestra América nos demuestra, con una carga de dramatismo tremenda, que no habrá revoluciones de verdad sin el combate antiimperialista y anticapitalista. Debemos prepararnos a largo plazo para esa confrontación. No es una tarea de dos días sino de varios años. Debemos dar la batalla ideológica para legitimar en el seno de nuestro pueblo la violencia plebeya, popular, obrera y anticapitalista; la justa violencia de abajo frente a la injusta violencia de arriba.

Pero al identificar el combate como un camino estratégico debemos aprender de los errores del pasado, eludiendo la tentación militarista. Las nuevas organizaciones guevaristas deberán estar estrechamente vinculadas a los movimientos sociales. No se puede hablar “desde afuera” al movimiento de masas. Las organizaciones que encabecen la lucha y marquen un camino estratégico, más allá del día a día, deberán ser al mismo tiempo “causa y efecto” de los movimientos de masas. No sólo hablar y enseñar sino también escuchar y aprender. ¡Y escuchar atentamente y con el oído bien abierto! La verdad de la revolución socialista no es propiedad de ningún sello, se construirá en el diálogo colectivo entre las organizaciones radicales y los movimientos sociales. Las vanguardias —perdón por utilizar este término tan desprestigiado en los centros académicos del sistema— que deberemos construir serán vanguardias de masas, no de elite.

Si durante la lucha ideológica de los ’90 —en los tiempos del auge neoliberal— nos vimos obligados a batallar en la defensa de Marx, remando contra la corriente hegemónica, en la década que se abre en el 2000, Marx solo ya no alcanza. Ahora debemos ir por más, dar un paso más e instalar en la agenda de nuestra juventud a Lenin y al Che (y a todas y todos sus continuadores). Reinstalar al Che entre nuestra militancia implica recuperar la mística revolucionaria de lucha extrainstitucional que nutrió a la generación latinoamericana de los ’60 y los ’70.

Tenemos pendiente pensar y ejercer la política más allá de las instituciones, sin ceder al falso “horizontalismo” —cuyos partidarios gritan “¡que no dirija nadie!” porque en realidad quieren dirigir ellos— ni quedar entrampados en el reformismo y el chantaje institucional. Nada mejor entonces que combinar el espíritu de ofensiva de Guevara con la inteligencia y lucidez de Gramsci para comprender y enfrentar el gatopardismo. Saber salir de la política de secta, asumir la ofensiva ideológica y al mismo tiempo ser lo suficientemente lúcidos como para enfrentar el transformismo político de las clases dominantes que enarbolan banderas “progresistas” para dominarnos mejor.

Como San Martín, Artigas, Bolívar, Sucre, Manuel Rodríguez, Juana Azurduy y José Martí, como Guevara, Fidel, Santucho, Sendic, Miguel Enríquez, Inti Peredo, Carlos Fonseca y Marighella, debemos unir nuestros esfuerzos y voluntades colectivas a largo plazo en una perspectiva internacionalista y continental. En la época de la globalización imperialista no es viable ni posible ni realista ni deseable un “capitalismo nacional”.

No podemos seguir permitiendo que la militancia abnegada —presente en diversas experiencias reformistas del cono sur— se transforme en “base de maniobra” o elemento de presión y negociación para el aggiornamiento de las burguesías latinoamericanas. Los sueños, las esperanzas, los sufrimientos, los sacrificios y toda la energía rebelde de nuestros pueblos latinoamericanos no pueden seguir siendo expropiados. Nos merecemos algo más que un miserable “capitalismo con rostro humano” y una mugrienta modernización de la dominación.

Octubre de 2006
 

Ponencia:
Movimiento Patriótico Revolucionario “Quebracho de Argentina

Introducción.
Siempre que hemos abordado la tarea determinante de definir la etapa histórica lo hemos hecho con la mayor seriedad que nos fue posible y con la responsabilidad de comprender que, de equivocarnos en esa definición, toda nuestra política está destinada al fracaso.

Así todos los elementos a tener en consideración para arribar a definir la situación histórica, fueron abordados lo más concienzudamente posible de acuerdo a nuestras capacidades políticas e intelectuales.

Entre todos éstos, cobran importancia, la definición del enemigo, de la contradicción fundamental y principal, de los agrupamientos de las distintas fuerzas sociales, de las condiciones subjetivas, la correlación de fuerzas a nivel internacional.

Determinar cuáles son los sectores sociales enfrentados, cómo se agrupan unos contra otros y cuáles serán sus comportamientos, es lo que nos aproxima a una definición adecuada de la etapa que nos permita diseñar una política efectiva.

Desde nuestro Primer Encuentro Nacional (1996) hemos definido que la etapa era de defensiva estratégica y fundamentábamos esta caracterización en la situación política dada, donde los sectores dominantes estaban dominando sin mayores escollos, concretando la entrega más despiadada del capital social acumulado de los argentinos, incluso adecuando las herramientas de dominación (el Estado) a la nueva geografía que iban creando con sus políticas de hambre y miseria. Que esta entrega iba consumándose con niveles importantes de consenso en vastos sectores que objetivamente encolumnamos en el campo de las fuerzas revolucionarias.

También definíamos que esto lo concretaban no sin dejar de encontrar conatos de Resistencia, que a veces cobraban dimensiones de epopeyas. Y basados en estos elementos podíamos definir que la política más adecuada no era “desensillar hasta que aclare” como propuso en diciembre del 2001 algún dirigente comunista argentino, mucho menos acompañar la “corriente histórica”, sino enfrentarla en ofensivas activas que irían alimentando el necesario objetivo táctico que nos planteamos que fue construir y alimentar la Resistencia.

Situación Política
Con la asunción de Kirchner culminaba la maniobra de reacomodamiento político de las clases dominantes tanto en relación con la renegociación de la dominación colonial y del reparto del saqueo de nuestras riquezas entre las distintas expresiones del imperialismo y los monopolios, como en relación a la crisis de gobernabilidad condensada en la consigna “que se vayan todos”.

Culminaba una maniobra, relativamente exitosa para el régimen, pero al mismo tiempo se inició un nuevo período de la lucha de clases.

El gobierno de Kirchner constituye el continuismo en la política de las clases dominantes. La continuidad jurídica del saqueo de nuestras riquezas, con el reconocimiento y pago de la ilegítima y fraudulenta deuda externa, con la “compensación” a los bancos por el megafraude contra los ahorristas, con el salvataje a las AFJPs; con la renegociación y no rescisión y reestatización de los contratos con las “privatizadas”, con el ajuste presupuestario para pagar la deuda externa, entre otros elementos, muestran claramente que este gobierno sirve a los mismos monopolios que fueron y son los artífices y ejecutores de la depredación de nuestra Patria.

Se ha profundizado la economía exportadora, que no es otra cosa que el aumento del saqueo de nuestras riquezas por los extranjeros. La política del dólar alto y los salarios bajos representa la expresión monetaria del crecimiento económico destinado a los monopolios exportadores y a los acreedores externos. Crece la riqueza total producida en Argentina pero disminuye la riqueza en manos de los argentinos y aumenta relativa y absolutamente la riqueza que los monopolios transnacionales y la usura internacional se llevan de nuestra tierra.

Ha crecido la tasa de explotación y la tasa de depredación de nuestra riqueza. En términos económicos, la ecuación de la explotación y el saqueo de la riqueza nacional luego de la caída de De la Rúa ha cambiado. Si antes había salarios en dólares más altos pero creciente parálisis productiva y alta desocupación; hoy hay bajos salarios en dólares pero un relanzamiento productivo y una reducción de la desocupación. Perversamente, hoy el saqueo es más acentuado pero el régimen presenta la disminución de la desocupación y la realidad del crecimiento económico como victorias políticas, cuando en los hechos lo que hay es un aumento en la tasa de explotación y en la tasa de depredación de nuestros recursos.

Las políticas de devastación de nuestros recursos naturales es una de las formas que adopta el saqueo imperialista en nuestra patria.

Se ha intensificado la represión sobre las luchas populares en ascenso y la persecusión política sobre los luchadores. Los procesados y presos políticos crecen en número al punto de que este gobierno ha pasado a ser el que más presos políticos ha tenido desde la vuelta de la democracia. Al mismo tiempo, son habituales las campañas de demonización de los sectores que hacen de punta de lanza de la resistencia, campañas ejecutadas a coro por el gobierno y por los grandes medios de comunicación. Campañas en las cuales las Organizaciones que protagonizamos la Resistencia somos los blancos predilectos.

El mapa de la Argentina está teñido de situaciones de violencia popular, de desgobierno, de lucha de masas. Con uno u otro signo, incluso a veces con reivindicaciones opuestas, sectores del Pueblo van cimentando un camino de lucha que da cuenta que no todo está resuelto para el Régimen.

Son a nuestro entender claros síntomas de las limitaciones del modelo de gobernabilidad que plantea el kirchnerismo. No tienen todo controlado, controlan lo institucional donde sólo está contenida y expresada una parte de los argentinos. Pero otra gran parte, la que figura en las planillas del INDEC (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos) como “pobres” que son casi la mitad de los argentinos, esa otra parte, está afuera de todo, de sus medidas de gobierno, de su obra pública, de sus planes y subsidios, de su clientelismo, de sus peroratas pérfidas e hipócritas, de todo, de su sistema de dominación y de sus canales de representación.

En el país de la inflación incontenible, del descontrol de precios, del saqueo de nuestros recursos naturales, de las efemérides derechohumanosas con presos políticos alojados en los penales; en la Argentina donde las centrales sindicales parecen haber implotado o desertado, donde los desocupados están condenados a la fatalidad de su condición; en el país que pasea féretros para recuperar iniciativa y termina en un tiroteo entre patotas; en la tierra donde desaparecen forzosamente a los testigos contra los genocidas; en ese país se incuba la Rebelión que como en el 2001 pondrá a los políticos patas para arriba.

El panorama descrito nos demuestra que si bien ha existido una apreciable recomposición política del régimen, las clases dominantes se encuentran pisando terreno muy resbaladizo, están sobre un mar de conflictos al que no les encuentran la forma de afrontar con efectividad debido a la inviabilidad estratégica de su modelo social capitalista, que genera y profundiza alocadamente las contradicciones objetivas. Todo esto ha hecho entrar al sistema social en una profunda e irremediable crisis organizativa, de la que sólo se saldrá con la refundación revolucionaria de la sociedad.

Marco Internacional
La dominación imperialista es altamente inestable. Como en la Historia de todos los grandes Imperios, en su momento de mayor decadencia es cuando se vuelven más bestiales. El tener que resolver militarmente toda la política es un claro síntoma de descomposición de los imperialistas.

Así tanto en Irak como en Afganistán se encuentran en una situación de empantanamiento donde además de ir perdiendo paulatinamente consenso internacional (principalmente en el caso de Irak) se han topado con formidables fuerzas populares que resisten efectivamente la invasión.

La aventura del sionismo israelí pretendiendo aniquilar a las heroicas milicias del Hizbullah no sólo le propinó un duro revés militar sino además provocó dos situaciones colaterales pero no menos atendibles; una la descomposición acelerada del régimen sionista derrotado en la guerra y otra la extensión masiva del prestigio del Sheij seied Hassan Nasrallah y de la Organización de Liberación Hizbullah.

La República Islámica de Irán continuando con su Plan de desarrrollo nuclear, desoyendo y desafiando las amenazas norteamericanas, haciendo gala de soberanía y cohesión nacional, que además se ha lanzado a la construcción y fortalecimiento de una fuerte alianza antiimperialista a nivel mundial, como lo muestran sus acuerdos recientes con La República Bolivariana de Venezuela, con la República Socialista de Cuba y la Cumbre de No Alineados.

Dicha cumbre muestra la revitalización de una articulación a nivel estados de una política de enfrentamiento antiimperialista.

Por otra parte Corea del Norte, desafía ostentosamente el poderío y la prepotencia norteamericana y avanza también con su plan nuclear.

En tanto en América Latina los yankis intentan volver a retomar las riendas, contrarrestar las iniciativas bolivarianas y abortar el despertar de los Pueblos.

Los fraudes electorales vergonzosos operados en Méjico, Ecuador y Perú, el intento de desestabilización y golpe en Bolivia, la cooptación descarada del gobierno uruguayo con el TIFA; los informes del FBI para desprestigiar al gobierno de Lula; los esfuerzos exitosos de los EEUU en ONU para impugnar a Venezuela en el Consejo de Seguridad; etc. Todas operaciones donde puede verse la ofensiva norteamericana en la zona.

No por principio, sino fundamentalmente por cuestiones de estrategia los revolucionarios organizados en América Latina estamos obligados a coordinar nuestras luchas y construir una estrategia de derrota continental al Imperialismo.

Todas las organizaciones revolucionarias tienen el deber histórico de prepararse para repeler eventuales avanzadas de los yankis en nuestro continente, tienen que prepararse para defender los espacios que hemos ido conquistando y que los yankis pretender boicotear y aniquilar. No hay problemas venezolanos, ni crisis bolivianas, ni dificultades colombianas, sino Cuestiones Latinoamericanas. Si no lo comprendemos así no estamos comprendiendo la naturaleza del enfrentamiento planteado.

La vía
Definir la etapa, tener presentes los distintos elementos políticos que contemplamos a la hora de asumir estas definiciones son las variables que nos condicionan para señalar la vía principal (no excluyente) de desarrollo de la acción revolucionaria. Y en ese sentido es que consignamos que el camino es insurreccional atendiendo a contener todos los caminos y vías de los argentinos que luchan, y para eso, para ser capaces de recorrer ese camino que es la Insurrección Popular Armada es que vamos preparando organizaciones populares y de masas capaces de asumir formas de organización y disciplina que les permitan calificar adecuadamente un proceso de Rebelión Popular victorioso.

La Historia Argentina nos ofrece referencias concretas a las formas más efectivas de concretar los anhelos populares, remontándonos a los combates de Buenos Aires y toda la Ribera contra las invasiones inglesas, el surgimiento de las primeras formaciones militares que ya entonces fueron necesarias; la Revolución de Mayo, la rebelión de los orilleros, las luchas de las montoneras, la irrupción de las nuevas capas sociales enfrentando la degradación del estado oligárquico en 1890 y de las capas obreras en 1945, la historia misma de la Resistencia contra las dictaduras que parieron gestas como las puebladas de Córdoba, Rosario y principales ciudades en los finales de los 60 y principios de los 70; los piquetes de los 90, y finalmente el 19 y 20 de diciembre de 2001 son simplemente referencias ineludibles que trazan un camino, una conducta política de las masas nacionales en su búsqueda por la definitiva independencia social y política. Son las referencias que consideramos a la hora de sustentar el camino insurreccional, que contempla el protagonismo de las masas en cada una de las etapas de la guerra revolucionaria.

La estrategia y el carácter de la Revolución
La definición del camino a seguir, de los objetivos a conquistar en nuestro derrotero hacia la construcción del socialismo, constituye la estrategia de nuestra Organización. Y esta permanecerá intocada en la medida en que no se modifiquen las contradicciones principales o la disposición de las fuerzas sociales enfrentadas.

Para sustentar tamañas definiciones, es obvio que no sólo hay que contemplar el escenario de la lucha de clases en el país, sino atender a las condiciones internacionales. Por ejemplo si existe un país o un bloque de países que por estar objetivamente enfrentados al Imperialismo sean capaces de contribuir con su comercio exterior, su política y su desarrollo científico y tecnológico al afianzamiento de la Revolución. Si hay un país o grupo de países con desarrollo militar dispuesto a colaborar en la defensa de un proceso revolucionario ante la agresión de países imperiales y hostiles.

Y en este sentido podemos referirnos a Venezuela como país articulador de una política contraria a la que los yankis pretenden para América Latina, secundado por Cuba. Y decimos que Venezuela lidera esta política atendiendo a la potencialidad y riqueza que el territorio de ese país ofrece a quien hoy comanda dicho estado.

La definición de la contradicción principal y de la forma de resolverla es lo que determina el carácter de una Revolución. En nuestro caso, al tratarse de un país semi-colonial eso otorga un carácter Antiimperialista; al tratarse de un régimen de gerenciadores de la entrega eso impone la necesidad de producir una revolución Democrática; y el hecho de que tiene que tratarse de una Revolución que exprese no a uno sino a vastos sectores del Pueblo es lo que le otorga un carácter Popular.

También la evaluación y proyección de cómo irán resolviéndose las distintas contradicciones nos indican que se trata de una guerra larga, que no estamos hablando de una victoria inmediata, que serán años de preparación y enfrentamiento.

La cuestión de la violencia
Por qué es necesario que desarrollemos la táctica de legitimar la violencia popular. Claramente tiene que ver con que proyectamos que en el desarrollo del enfrentamiento social revolucionario, las clases dominantes se defenderán y atacarán a las fuerzas populares con la crueldad que todos conocemos a lo largo de la historia.

Ya el Che claramente y sin dejar lugar a exégesis distorsionadoras señaló que la liberación de los Pueblos se resuelve únicamente en el terreno de la violencia:

“Es absolutamente justo evitar todo sacrificio inútil. Por eso es tan importante el esclarecimiento de las posibilidades efectivas que tiene la América dependiente de liberarse en formas pacíficas. Para nosotros está clara la solución de este interrogante; podrá ser o no el momento actual el indicado para iniciar la lucha, pero no podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello, de lograr la libertad sin combatir. Y los combates no serán meras luchas callejeras de piedras contra gases lacrimógenos, ni de huelgas generales pacíficas; ni será la lucha de un pueblo enfurecido que destruya en dos o tres días el andamiaje represivo de las oligarquías gobernantes; será una lucha larga, cruenta, donde su frente estará en los refugios guerrilleros, en las ciudades, en las casas de los combatientes donde la represión irá buscando víctimas fáciles entre sus familiares, en la población campesina masacrada, en las aldeas o ciudades destruidas por el bombardeo enemigo.

Nos empujan a esa lucha; no hay más remedio que prepararla y decidirse a emprenderla.

Los comienzos no serán fáciles; serán sumamente difíciles. Toda la capacidad de represión, toda la capacidad de brutalidad y demagogia de las oligarquías se pondrá al servicio de su causa.”

Toda la doctrina marxista determina que en la historia de los Pueblos los grandes problemas, las definiciones de las contradicciones, se resuelven por la fuerza.

Nuestro Pueblo tiene en su historia reciente tremendas y profundas heridas de la última batalla militar a escala de masas que encarnó como fue la lucha que libramos los argentinos en los años 70. Esto ha dejado sensibles defensas que el dolor y el temor a veces convierten en pacifismo, sepultando la inmensa experiencia que se hizo de Organización y desafío al Poder. La brutalidad de la reacción a veces nubla la vista a la hora de ver la vulnerabilidad del enemigo, la posibilidad de la victoria Popular.

No se trata de justificar la violencia popular señalando la naturaleza bestial del régimen, eso las grandes masas lo conocen porque lo padecen. Tampoco se trata de justificar las reacciones de indignación popular frente a la perversión e impunidad de los que mandan, eso también las grandes masas lo conocen. Se trata de incorporar la violencia popular, que no es otra cosa que ejercicio concreto del poder popular, como un elemento más en el escenario político que en términos subjetivos redundará en un salto en la conciencia política de las masas.

En “Dos tácticas...” el estratega soviético nos señala que cuando se trata de derrocar a un régimen reaccionario pasa a un primer plano la estrategia de la insurrección armada, y las tareas de formar las herramientas para concretar dicha empresa.

Y cuando hablamos de violencia popular estamos hablando no solamente de los hechos que protagonizan las masas, sino que también hablamos de los hechos que por su contenido, sus objetivos y su inspiración, pueden caracterizarse como “populares”. El complejo dispositivo de las fuerzas populares no simplemente contempla las batallas callejeras de grandes masas militarizadas contra los sicarios de un régimen en descomposición, sino además observa operaciones militares complejas ejecutadas por cuerpos formados para tal efecto obviamente inspirados en una misma estrategia.

Por ello no sólo se trata de disputar en el plano ideológico el monopolio de la fuerza en manos del estado, que es lo que hacemos cuando portamos palos y gomeras como “armamento rudimentario popular”. Sino además de ir abonando un camino de calificación operativa de cuerpos formados a tal efecto. De dar señales al Pueblo o a parcelas del mismo, de que se los puede golpear, de mostrar una forma operativa capaz de ser tomada por sectores revolucionarios y reproducida, de demostrar que no son invulnerables.

Finalmente se trata de construir confianza en la organización popular, en que las masas sean conscientes que la organización también las protege frente a los golpes del enemigo, en combatir contra la funesta idea de miles de mujeres y hombres desarmados masacrados por los aparatos represivos del estado en descomposición. No se trata de ofrecer mártires sino de golpearlos a ellos.

En ese camino claro que iremos aprendiendo y sufriendo reveses. Las revoluciones no son paseos. “Eso significa una guerra larga. Y lo repetimos una vez más, una guerra cruel. Que nadie se engañe cuando la vaya a iniciar y que nadie vacile en iniciarla por temor a los resultados que pueda traer para su pueblo. Es casi la única esperanza de victoria.” Che.

Períodos de reflujo
No hay que engañarse ni en la duración ni en los alcances de los períodos de legalidad donde se pueden explotar la propaganda, la agitación y la organización. Esos períodos duran lo que tardamos en fortalecernos para golpearlos. Inmediatamente a que los sectores revolucionarios o simplemente las masas plantean situaciones de inestabilidad política, se producen las represiones y se acotan los resquicios de legalidad que antes ofrecían como trofeos democráticos.

Nosotros cuando vemos las leyes objetivas del materialismo histórico que definen el comportamiento de las fuerzas sociales, advertimos que hay períodos de auge y otros de estancamiento y aún de retroceso en las luchas de las masas. Claro que siempre en la concepción de la espiral ascendente de modo que cada nueva etapa sea de auge de lucha de masas o pacífica se sostienen sobre la experiencia ya realizada por lo tanto siempre en ascenso.

Estos períodos entonces además de imponerle a los sectores combativos intentar sostener el nivel de enfrentamiento con el régimen, importan fundamentalmente un profundo y acelerado proceso de organización, de consolidación orgánica, de formación y promoción de cuadros, de desarrollo de despliegue en el seno de las masas, de formidables potencialidades en la propaganda política y en la agitación. Desaprovechar estas instancias pacíficas, no concretar una profusa tarea de formación, organización y agitación y propaganda puede significar condenar a un fracaso anticipado a una Organización a la hora de ser llamada a involucrarse en la conducción de un período de auge.

Lo sabemos bien los argentinos, la ausencia y-o insuficiencia en el desarrollo del elemento subjetivo es la que dilapida los titánicos esfuerzos de las masas cuando protagonizan explosiones sociales que luego son reencauzadas por el régimen que provoca dichas explosiones, diciembre del 2001 es un claro ejemplo de esto.

Táctica
Lo único que modifica la estrategia es un cambio en el enemigo estratégico o en la contradicción principal y-o fundamental. La táctica, en cambio se modifica conforme se va desarrollando la estrategia.

Determinar la táctica el agrupamiento entre sectores en pugna, las alianzas, las formas en que el régimen ejercita su dominación (legales o represivas), etc.

Es claro, sin embargo, que el objetivo de cada táctica planteada es abonar el desarrollo de la estrategia, y en esa inspiración se concibe.

Pero hay que ser cuidadoso a la hora de definir tácticas para no condenar al fracaso nuestra política. Anclar en el estado de ánimo de las masas nuestros procesamientos, anquilosarlos en el sentir de la gente, es condenarnos a movernos empujados por elementos inestables emocional y políticamente y no decidirnos a ser vanguardia revolucionaria. Pero también hay que ser lo suficientemente sensatos como para no lanzar consignas que las masas no estén en condiciones de adoptar.

Hay que comprender las maniobras que desarrolla el enemigo y que dimensión cobran en la estrategia de uno o de otro. Así, después de diciembre del 2001 era central para el régimen recomponer los lazos y mecanismos de dominación, aunque con otras formas; recomponer la erosionada credibilidad en las instituciones democrático burguesas; construir nuevamente la gobernabilidad. Volver a poder seguir dominando como lo venían haciendo. En esto aplicó y jugó sus más importantes fichas. Claramente sus intenciones estratégicas se oponían a las nuestras de provocar la crisis.

Por lo dicho es que seguimos sosteniendo la táctica de provocar la crisis, de legitimar la violencia popular y de construir la unidad de los que luchan y resisten para forjar un ejército político que sea capaz de conducir a nuestro Pueblo a la Victoria.

Para esto también desarrollamos la política de construir nuestra Organización, para desde ella aportar a la gestación y alumbramiento de un verdadero ejército permanente de luchadores probados.

Hay un elemento que en general la vanidad de las pretendidas vanguardias deja de considerarlo pero que el mismo Lenín en “El izquierdismo…” definió claramente como necesario para el desarrollo de una estrategia y tácticas efectivas, ese elemento es la experiencia de los movimientos revolucionarios, y con esto nos referimos a la solidez política que sea capaz de ofrecer una vanguardia dada en función de su experiencia política, de haber transitado y construido la estrategia y no de aparecer en escena por un golpe de suerte.

Así Quebracho viene a abonar con su conducta política a la construcción del “ejército permanente de luchadores probados” según Lenín definía a la vanguardia, que para ser tal necesariamente debe haber demostrado a las masas una conducta determinada y permanente de consecuencia, para desde ahí aportar a edificar el “ejército político” que ya definiéramos tantas veces y que consignaran no sólo Lenín sino Santucho y los grandes doctrinarios de la Revolución, refiriéndose al concepto de las fuerzas sociales reales determinadas y encauzadas en una estrategia revolucionaria. Es importante remarcar esto, no basta la alianza de clases ni de organizaciones políticas sino es al abrigo de una y no de varias estrategias, o lo que sería peor de ninguna.

Naturaleza política de Quebracho
Quebracho pretende aglutinar luchadores consecuentes y probados para alimentar la política que aquí ha sido planteada. Pretende además formar cuadros integrales para la estrategia insurreccional. Y tiene como objetivo claro construir herramientas de masas capaces de transitar esta estrategia y de promoverla y las herramientas que sean necesarias.

Bajo ningún aspecto consideramos a nuestra Organización como Organización de vanguardia y menos como La Vanguardia. Entendemos que hay que construir una Organización de vanguardia, capaz de plantear de cara al pueblo una estrategia de victoria pero para lograr eso debemos llegar desde las distintas experiencias que estamos desarrollando y que van abonando esta estrategia.

La Unidad de los que luchan y resisten no es una pose banal sino una necesidad para calificar óptimamente cualquier herramienta que se genere. Nosotros creemos que seguramente se tratará de un Frente que contenga a las distintas corrientes históricas en las que se enrolaron importantes sectores del Pueblo y albergue además a las nuevas experiencias políticas organizadas.

Nada de esto debe ir en desmedro de la vocación de poder y la aplicación de una política de desgaste y erosión del régimen por parte de nuestra Organización, al contrario, únicamente en la aplicación de tal línea es que nos garantizaremos la posibilidad histórica de poder aportar significativamente a la construcción de esa herramienta.

Definición de la etapa política
Por si fuera necesario definir, después de lo dicho, vamos a intentar delimitar la caracterización de la etapa actual que transitamos.

Se ha repetido hasta el hartazgo la clásica formulación de una situación revolucionaria, cual es la que reza que los de arriba no pueden seguir gobernando como hasta ahora y los de abajo no quieren seguir viviendo como hasta entonces.

Estos institutos se presentan en la Argentina desde el 2000 por lo menos, pero para que esta situación desemboque en Revolución hace falta una vanguardia que conduzca al conjunto y proponga una salida política. Sin ese elemento fundamental estas situaciones pueden permanecer en el tiempo por años y ser recurrentemente resueltas por distintas variables del régimen.

Nosotros ya en el 4º Encuentro Nacional de Quebracho definíamos que el Argentinazo de diciembre del 2001 abría en nuestro país una situación de inestabilidad donde ya nada volverá a ser como era. Más allá de que el régimen siga desarrollando su estrategia de recomposición de la dominación, hay elementos que han quedado para siempre impresos en el nivel de conciencia política de las masas como son el desprecio de la institucionalidad burguesa y sus personeros, la definición de la contradicción principal asumiendo la consigna de No pago de la deuda externa y una experiencia en el ejercicio del poder de las masas movilizadas y de las limitaciones de esto sin contar con una organización calificada para comandar semejante situación.

Por esto no es que ha cambiado la naturaleza de la etapa, se han modificado algunos agrupamientos en el seno del Pueblo y se han acentuado disensiones en el seno de las clases dominantes pero con el límite de sus peleas puesto en la gobernabilidad.

El régimen ha logrado cooptar momentáneamente formidables fuerzas populares que han alimentado la Resistencia y que hoy están neutralizadas por la política de seducción del kirchnerismo. El Movimiento Obrero, después de la experiencia de oposición a la Alianza, se ha vuelto a trabar en el desarrollo de su combatividad por los cepos políticos e ideológicos que les imponen las direcciones burocratizadas y reaccionarias que tienen hoy gran parte de las agremiaciones de trabajadores. No obstante esto la miseria y las penalidades de la gente son tan profundas que los trabajadores van encontrando resquicios para desarrollar experiencias combativas muy saludables y victoriosas.

El elemento que sigue estando ausente es el elemento subjetivo, situación que llamamos en nuestro 1º Encuentro orfandad política, la política con vocación de poder y con voluntad revolucionaria. Sin esto, como ya señaló John William Cooke, el clima de rebeldías puede desarrollarse en el tiempo sin afectar jamás al régimen que las provoca, sometiendo a las masas a una gimnasia desgastante e inconducente.

Este es el elemento que sigue signando a la etapa en el marco de la defensiva estratégica, porque aún en un equilibrio, en un nivel alto de inestabilidad del régimen de dominación, en el agotamiento de parte de las clases dominantes para continuar dominando como lo vienen haciendo, la ausencia de la alternativa popular y revolucionaria condena esa situación a seguras derrotas.
 

EL CHE, LA PRIMACIA DE LA POLITICA Y LA VANGUARDIA
Quebracho

Georg Lukács, en Historia y Conciencia de Clase, comenta la expresión de Engels sobre el comunismo como “salto del reino de la necesidad al reino de la libertad”; dice que Engels se refiere al estadio posterior a la realización completa de la revolución social; y se pregunta “si es siquiera pensable –por no decir realizable socialmente– un estadio que no haya sido preparado por un largo proceso que actúe hacia él. Un proceso que haya contenido –aunque sea en una forma inadecuada, necesitada de mutaciones dialécticas­– los elementos de aquel estadio y los haya desarrollado”. Para que la práctica del proletariado sea transformación (revolucionaria) de la realidad –dice–, es de máxima importancia que su conciencia sea capaz de “identificar el paso al que objetivamente tiende la dialéctica del desarrollo histórico (sin ser capaz de darlo por su propia dinámica)”; “la acción del proletariado –dice– no puede ser nunca más que la realización práctica (de ese) paso", y destaca que Lenin redescubre esta cuestión del marxismo, mediante su repetida invitación “a aferrar con toda energía el ‘eslabón inmediato’ de la cadena histórica del que depende en el momento dado el destino de la totalidad”.

Por su parte, en el artículo “La planificación socialista, su significado”, el Che polemiza con Charles Bettelheim, quien sostenía que las relaciones de producción en Cuba no correspondían con el desarrollo de las fuerzas productivas, y desde allí, objetivamente, cuestionaba la existencia misma de la revolución cubana. Allí, el Che nos entrega sintetizados algunos de los elementos centrales de su concepción: “Las esperanzas en nuestro sistema van apuntadas hacia el futuro, hacia un desarrollo más acelerado de la conciencia y, a través de la conciencia, de las fuerzas productivas...; Bettelheim...(dice que) la conciencia... es un producto del medio social y no al revés... eso es absolutamente cierto, pero... en la época del imperialismo, también la conciencia adquiere características mundiales. Y... es el producto del desarrollo de todas las fuerzas productivas del mundo y el producto de la enseñanza... (de) los países socialistas sobre las masas del mundo. En tal medida, debe considerarse que la conciencia de los hombres de vanguardia de un país dado, basada en el desarrollo general de las fuerzas productivas, puede avizorar los caminos... para llevar al triunfo una revolución socialista... aunque... no existan objetivamente las contradicciones entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción que harían imprescindible o posible una revolución (analizado el país como un todo único y aislado)”.

Así pues, el Che:

1) Ubica su análisis en el marco de las formaciones sociales prevalecientemente capitalistas. La forma de producción cuyas contradicciones constituyen el resorte de la crisis revolucionaria es el capitalismo mundial, pero dicha crisis se produce, en determinadas circunstancias, en el seno de las formaciones sociales particulares (en especial en los “eslabones débiles”). En otro articulo, citando a Lenin (fuente de todo este desarrollo conceptual), el Che fundamentará este fenómeno en “la desigualdad del desarrollo económico y político,... ley absoluta del capitalismo”.

2) Establece dos características fundamentales del mencionado proceso hacia el “reino de la libertad”:

  • La conciencia como factor primordial para el necesario desarrollo acelerado de las fuerzas productivas.
  • Existe siempre una vanguardia, que es la que está en condiciones de: percibir las características del “paso” que la dinámica histórica no puede dar librada a su desarrollo espontáneo; pulsar en los elementos del “reino de la libertad” presentes en los actuales procesos, y dar los pasos necesarios para desencadenar la transición.

    3) Sobre ambas conclusiones apoya tanto su creencia en las posibilidades de éxito en la lucha por el poder, como de iniciar, después de la toma del mismo, la construcción del socialismo.

    La primacía de la política
    Excede los marcos de este trabajo la muy lúcida postura del Che respecto a la transición socialista y el papel de la conciencia en la misma, si bien su reflexión sobre esa cuestión está íntimamente ligada al desarrollo de sus concepciones atinentes al papel de la vanguardia en la lucha revolucionaria, tema en que nos concentraremos; bástenos mencionar, justamente, la gran coherencia de su pensamiento y cómo es esa misma coherencia la que signa su derrotero histórico de la Sierra Maestra al Ministerio de Industrias de Cuba y, de allí, a la selva boliviana.

    Como decíamos, sus preocupaciones teóricas respecto de la política revolucionaria para la toma del poder se sitúan primordialmente en el plano de las formaciones sociales: “Nunca –recuerda– se puede desligar el análisis económico del hecho histórico de la lucha de clases”; así, el choque entre las relaciones de producción y el desarrollo de las fuerzas productivas “no es mecánicamente determinado por una acumulación de fuerzas económicas, sino que es una suma cuantitativa y cualitativa: acumulación de fuerzas encontradas desde el punto de vista del desarrollo económico, (y) desbordamiento de una clase por otra, desde el punto de vista político e histórico...”

    El Che asume como propia la revolución teórica leninista. Entiende que, a diferencia de la tradicional concepción de Marx del “período de transición como resultado de la transformación explosiva del sistema capitalista destrozado por sus contradicciones”, en los países “que se desgajan del árbol imperialista (‘ramas débiles’)... el capitalismo se ha desarrollado lo suficiente como para hacer sentir sus efectos... sobre el pueblo, pero no son sus propias contradicciones las que... hacen saltar el sistema”. El sistema ahora es mundial, el imperialismo, y su forma predominante es la del capital concentrado, monopólico; ya no existen posibilidades de que se desplieguen libremente todas las potencialidades y las contradicciones del capitalismo en el interior de un país, las que quedan subsumidas y alteradas. Son contradicciones de otro tipo las que dan la condición de posibilidad de los procesos revolucionarios en los países dependientes; por ejemplo, “al desarrollarse –dice el Che– las relaciones de explotación, no solamente entre los individuos de un pueblo, sino también entre los pueblos”, o al “considerarse las características de la época actual cuya contradicción fundamental (en niveles mundiales) es la existente entre el imperialismo y el socialismo.”

    Toma forma un concepto propio de la situación revolucionaria, por parte del Che. Analicemos aún dos aspectos:

    — El concepto clásico de la relación dialéctica entre relaciones de producción y fuerzas productivas dice que éstas últimas al desarrollarse hacen estallar aquellas, cuando traban dicho desarrollo; en el marco imperialista, esta situación estaría dada por definición ya que todo el potencial de las fuerzas productivas de la mayor parte del mundo está constreñido a avanzar (o a retroceder) al ritmo de las necesidades del desarrollo capitalista en un grupo minoritario de países centrales; las fuerzas productivas de los países que albergan a la abrumadora mayoría de los seres humanos del planeta, aplastadas por las relaciones de producción impuestas por una ínfima minoría parásita. Como ha dicho Fidel: “Marx concibió el socialismo como resultado del desarrollo. Hoy para el mundo subdesarrollado el socialismo ya es incluso condición del desarrollo.”

    — El segundo aspecto es clarificar los elementos que permitan definir la crisis revolucionaria, ese momento de “desbordamiento de una clase por otra”.

    Y la situación de crisis puede presentarse de dos maneras:

  • Una es estrictamente en el marco de la producción y reproducción capitalistas y sin abandonarlo; al reproducirse el capitalismo genera “puntos de ruptura que pueden manifestarse como crisis económicas”; la economía se sanea, los trabajadores pagan el precio y el mecanismo vuelve a funcionar. “El cambio histórico, en consecuencia,... implicará siempre una toma de distancia (para con las estructuras), una ruptura que sólo puede ser producida y comprendida a partir de la práctica política”. (J. P. Feinmann)
  • Otra, la clásicamente definida por Lenin, básicamente en “El fracaso de la 2ª Internacional” y en “La enfermedad infantil del comunismo”, se extiende por el cuerpo de la formación social y en él se realimenta.

    Pero, siguiendo con Lenin, lo que hace la diferencia entre la situación revolucionaria y la crisis revolucionaria es el accionar del partido revolucionario “como vanguardia unida y partícipe de la clase”, accionar que define “la capacidad de la clase revolucionaria de llevar a cabo acciones de masas lo suficientemente vigorosas como para debilitar al gobierno, cuya caída no se producirá jamás, aún en época de crisis, sino se la provoca”.

    Ahora bien, como Lukács plantea, "Lenin ha mostrado... que no hay situación alguna que en sí y por sí carezca de salida... el capitalismo (nosotros agregaríamos que con más razón en su etapa imperialista) descubrirá siempre posibilidades de solución ‘puramente económicas’; la cuestión es... si esas soluciones podrán... imponerse,... (en) la realidad de la lucha de clases;... siempre (le) son imaginables salidas,... el que sean realizables depende del proletariado. Es... (su) acción lo que ha de cerrar al capitalismo la escapatoria de la crisis;... (las) ‘leyes naturales’ (de la economía) no determinan más que la crisis misma. Pero la acción no obstaculizada de esas leyes… no lleva­ría... a la transición al socialismo, sino que, pasando por un largo período de crisis, guerras civiles y guerras mundiales imperialistas,... conduciría ‘a la catástrofe simultánea de las clases en lucha’, a una nueva barbarie”.

    Así, en pleno siglo del imperialismo, el Che nos dice que ésta es la era de las revoluciones: las condiciones materiales están suficientemente dadas, las muestras de la barbarie a la que nos conduce el capitalismo demasiado vívidas y dolorosas. Lo que queda es el campo de la política: “Las condiciones objetivas para la lucha están dadas por el hambre del pueblo, la reacción frente a ese hambre, el terror desatado para aplazar la reacción popular y la ola de odio que la represión crea. Faltaron en América condiciones subjetivas de las cuales la más importante es la conciencia de la posibilidad de la victoria por la vía violenta frente a los poderes imperiales y sus aliados internos. Estas condiciones se crean mediante la lucha armada que va haciendo más clara la necesidad del cambio (y permite preverlo)...”, “... faltaban algunos factores subjetivos importantes; el pueblo tenía conciencia de la necesidad de un cambio, faltaba la certeza de su posibilidad. Crearla era la tarea…”. “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional. puede crearlas.” (Segunda de las “tres aportaciones fundamentales (de) la revolución cubana a la mecánica de los movimientos revolucionarios en América”.) “De estas tres... las dos primeras luchan contra... otros que se sientan a esperar a que, en una forma mecánica, se den todas las condiciones objetivas y subjetivas necesarias, sin preocuparse de acelerarlas.” “Lenin... llegó a la conclusión de que el paso de una sociedad a otra, no era un paso mecánico, que las condiciones podían acelerarse al máximo, mediante algunos catalizadores.”

    Insistimos en que el Che distingue claramente entre el marco de las condiciones materiales, estructurales (fuerzas productivas/relaciones de producción), al que ve ‘globalizadamente’ y cree suficientemente maduro para un cambio revolucionario; y el marco de las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución, analizables en las concretas formaciones sociales y preocupación central de las voluntades contrapuestas que luchan por el poder. Este es el marco de lo que Feinmann, basándose en el Marx de Contribución a la Crítica de la Economía Política, llama “lo concreto”: “Para nosotros, los condicionamientos estructurales no son concretos sino materiales, pues lo concreto es la práctica política en tanto suma compleja de determinaciones”...

    El enemigo se esfuerza por retrasar las condiciones para una salida revolucionaria, por destruirlas; los revolucionarios, dice el Che, por acelerarlas, por crearlas; pero, ¿cuál es el factor determinante alrededor del cual giran las voluntades políticas? Las masas, el pueblo, los trabajadores, el proletariado.

    La vanguardia revolucionaria y las masas
    “La guerra de guerrillas es una guerra del pueblo, es una lucha de masas..., sin el apoyo de la población... (el) desastre es inevitable.” “…¿qué es una revolución?... no es nada más, pero tampoco nada menos, que un pueblo que ha entrado en revolución, y que está muy firmemente dentro de ella.” “... la verdad incontrovertible de que, en definitiva, contra el pueblo no se puede vencer. Quien no sienta esta verdad indubitable no puede ser guerrillero.” “Los hombres de la Revolución deben ir concientemente a su destino, pero no es suficiente..., es necesario también que el pueblo entero de Cuba comprenda exactamente cuáles son todos los principios revolucionarios."

    Sirvan estas citas como ejemplo de la permanente preocupación del Che por remarcar que el sujeto histórico es el pueblo, pero también que ese pueblo necesariamente debe, para ser sujeto, ser conciente. Y ello es así al punto de que define al socialismo como el desarrollo de la producción y, precisamente, la conciencia, concepción que derivará en la del Hombre Nuevo.

    Lukács formula que “la diferencia cualitativa entre la última crisis capitalista, su crisis decisiva, y las crisis anteriores,... reside... en el hecho de que el proletariado deja de ser el simple objeto de la crisis…”

    Ahora bien, ¿cómo se arriba a ese protagonismo y a esa conciencia?

    En un primer momento, “aquí fue la vanguardia la que fue desarrollando, la que fue llevando al pueblo,... dirigiendo a nuestro pueblo, dándole las lecciones de dignidad, de espíritu de sacrificio, de bravura, que hemos tenido que dar...”, cumpliendo las ideas de Lenin respecto de que a partir de la existencia de una vanguardia que tomara el poder con las reivindicaciones de los trabajadores y una idea clara de adónde ir “se podía avanzar y quemar etapas...”, aunque haciendo la salvedad de que “nosotros no empezamos... con todos los pasos previstos, como producto lógico de un desarrollo ideológico que marchara con un fin determinado; las verdades del socialismo, más las crudas verdades del imperialismo, fueron forjando a nuestro pueblo y enseñándole el camino que luego hemos adoptado concientemente”.

    Pero, ¿cual es la actitud que debe guiar a la vanguardia en el obvio relacionamiento con el pueblo que la lleva a constituirse como tal? “La maduración del partido, su consolidación externa e interna –dice Lukács–, no se realiza... en el vacío del aislamiento sectario, sino en medio de la realidad históri­ca, en interacción dialéctica ininterrumpida con la crisis económica objetiva y con las masas revolucionadas por ésta.” Haciendo política, entonces.

    Dice el Che: “...no llegar al pueblo (con) la moneda del saber o... de una ayuda cualquiera, sino como miembro revolucionario (de la vanguardia)”. “La actitud comunista frente a la vida es mostrar con el ejemplo el camino que hay que seguir; es llevar a las masas con el propio ejemplo, cualesquiera sean las dificultades a vencer en el camino. Quien puede mostrar el ejemplo..., sin esperar de la sociedad otra cosa que el reconocimiento... tiene derecho a exigir en la hora del sacrificio.” “...el ejemplo de las fuerzas rebeldes que ya habían demostrado ser mucho más que una ‘espina irritativa’ y cuya lección fue enardeciendo y levantando a las masas hasta que perdieron el miedo a los verdugos. Nunca antes,... fue para nosotros tan claro el concepto de interacción…” “…nosotros… parte del pueblo, hemos aprendido desde estos lugares de dirigencia, preguntando siempre al pueblo, no separándonos nunca de él…” “…la misión de (la vanguardia) es la de crear todas las condiciones necesarias para la toma del poder y no convertirse en meros espectadores de la ola revoluciona­ria que va naciendo en el seno del pueblo.”

    Hay, entonces, que llegar al pueblo, meterse en sus luchas cotidianas, mostrarle la voluntad de ser vanguardia, ejemplo, de ser poder, educarlo con el ejemplo. Pero el Che va más allá: “¿Es que este pueblo ha hecho revolución porque es así? De ninguna manera. Este pueblo es así porque está en revolución... La primera receta para educar al pueblo,... es hacerlo entrar en revolución. Nunca pretendan educar un pueblo para que, por medio de la educación solamente,... aprenda a conquistar sus derechos. Enséñenle... a conquistar sus derechos, y ese pueblo, cuando esté representado en el gobierno, aprenderá todo..., y mucho más: será el maestro de todos...”

    En la lucha, y en la interacción con la vanguardia, se da el proceso de toma de conciencia del pueblo, a la vez que la maduración de la Organización. La acción de la vanguardia, entonces, busca provocar la crisis política de la formación social, desde la realidad histórica de la misma (la que dictará los tiempos, los métodos principales y secundarios de lucha, la táctica y estrategia), no ya para debilitar y dividir al enemigo, ni siquiera para contar con la participación cuantitativa del pueblo, sino porque es allí donde se producen las transformaciones cualitativas en éste que son el basamento de la revolución, o, como sostiene el Che, la revolución misma.

    Conclusiones
    Si intentáramos resumir aún más lo ya considerado sobre el pensamiento del Che, diríamos que:

    1.– La contradicción fundamental de este momento histórico es la que enfrenta mundialmente imperialismo y socialismo. Esto, y no un enfrentamiento entre bloques de naciones, es lo que se dirimía, más allá de la conciencia de los protagonistas, en el proceso que llevó al triunfo a las fuerzas revolucionarías cubanas, y esto es lo que se dirime en cualquier proceso antiimperialista: cualquier intento de construir una formación social con otro predominio que no sea el del modo de producción socialista, significa, más temprano que tarde, un retorno al redil imperialista.

    2.– Las condiciones materiales para que los pueblos entren en la lucha antiimperialista y para iniciar el camino del socialismo están ya dadas. Las condiciones objetivas y subjetivas del primero de los dos procesos eran, para el momento en que se inició en Cuba (y el Che entendería que también en el resto de América Latina), suficientes; en todo caso, pasibles de ser creadas, “no todas”, por el impulso dado a las mismas por la vanguardia revolucionaria. A todo esto se agregará la necesidad de las revoluciones de extenderse a otros países para garantizar su viabilidad.

    3.– La organización revolucionaria no sólo es un catalizador, un ejemplo colectivo e individual: es poder. En el foco guerrillero es desde el principio poder militar.

    El progresismo “medio pelo” argentino tanto ataca como defiende al Che considerándolo “un símbolo del individualismo burgués, de la libertad mesiánica, del aventurerismo romántico, del heroísmo solitario, de la revolución sin masas”; nada más falso e insidioso: el Che fue y es uno de los más altos exponentes históricos del político revolucionario, un recreador lúcido del materialismo histórico. La estrategia que guió cada uno de sus pasos era totalmente coherente y sólida, por más que fuera, por lógica, falible. Ellos, funcionarios de sectores que hacen un credo del “sistema representativo”, justamente porque su “negocio” es “representar” a los trabajadores ante las oligarquías y a las oligarquías ante los trabajadores, son capaces de acusar al Che de elitista, cuando precisamente uno de los rasgos sobresalientes de su teoría y de su práctica política fue (como el más elemental análisis de todo el decurso de la revolución cubana lo prueba) el de crear las condiciones para un verdadero protagonismo de las masas. ¿Para qué, se preguntarán desde su paternalismo pequeñoburgués, “hacer entrar en revolución” al pueblo; para que prepararse para luchas “largas y cruentas”, si “nosotros” en representación del pueblo podemos solucionarlo?

    Nada más lejos del Che revolucionario que el paternalismo, nada más lejos que renegar de sus propias responsabilidades históricas. El nunca sucumbió “al dilema burgués de fatalismo y voluntarismo”. El comprendió, como jamás aquellos que agitan a Marx en su contra o en contra de Lenin, que la “tajante separación organizativa entre la vanguardia y las masas no es más que un momento del proceso de desarrollo unitario, pero dialéctico, de la clase entera”.

    Decir que el Che fue un gran político revolucionario no significa querer tapar al Comandante Guerrillero, en semejanza a lo que algunos quieren hacer con Walsh y otros, sino justo al revés: fue lo primero porque fue lo segundo y viceversa. Tampoco significa dejar de atender a los puntos a nuestro entender débiles de su concepción (excesivo peso del esquema de la experiencia cubana a la hora de abordar nuevas realidades, y más allá de las prevenciones en el discurso; desatención a la cuestión del desarrollo de la organización popular “espontánea” y “no espontánea”, su significado en el proceso de desarrollo de la conciencia de las masas, durante el proceso de la lucha revolucionaria; una posición variable en el tema de la relación entre “la montaña” y “las zonas urbanas” en Latinoamérica, con toda una problemática relacionada; etc.)

    Todo esto no quita que, en lo que hace a sus detractores “progres”, valga la modificación de lo que Lenin dijo de Rosa Luxemburgo: el Che fue y seguirá siendo un águila; nunca voló a la altura de las gallinas y éstas jamás podrán elevarse a su altura.

    Ni tampoco quita que siga siendo lo que Fidel lo llamó a la hora de la despedida: “El más extraordinario de nuestros compañeros de revolución”.

    ¡Sólo la lucha nos hará libres!