Este Seminario constituye un gran aliento para la lucha de clases del proletariado y sus aliados estratégicos, es una significativa contribución al complicado proceso que nos lleva a apuntalar las tareas revolucionarias de hoy.
El debate naturalmente guarda una amplia gama de elementos que iremos abordando en estos días, es claro que no se agota, también es cierto que los temas encuentran tal extensión y profundidad que nos guardan vigorosas contribuciones. Es evidente que este proceso implica visiones más arraigadas en el espíritu de clase proletaria, asumiendo que muchas nociones deberán pasar por el fuego de la crítica en el movimiento de masas, su práctica y su teoría.
Cabe iniciar con esta observación, ubicamos por lo menos cuatro inconvenientes de interpretación:
4.- Organizaciones comunistas se reconocen como izquierdistas, su objetivo es destacar intereses comunes a todos los sectores populares, pero entonces la solución no despeja los problemas del arcoíris izquierdista, o en todo caso, lo deja en esas generalidades haciendo el planteamiento en un intento por catalogar a todas las fuerzas que combaten de una u otra forma, que protestan, que exigen unos u otros derechos, que establecen unas u otras prioridades, en aras de la “inclusión”, para salvarse de señalamientos radicales, el dardo envenenado para que todos puedan hablar de izquierda, ser de izquierda, equivocando el combate sobre los viejos sectarismos y problemas de la unidad. El problema de la unidad no está más en identificarse en un amplio espectro, sino en la identidad de intereses sociales de clases aliadas y sus vanguardias. El concepto puede arrastrase hasta ahí, aunque finalmente topa con la barrera de que no todos esos sectores se plantean tareas revolucionarias o están lejos de haberlas asumido por corresponder su acción en primer lugar a los intereses que bajo el capitalismo pudieran resolverse si su capa superior es sometida a control.
En estos contextos, unos usan el término porque fueron aleccionados de que les trascendía o bien permitía imponer etiquetas, otros porque buscaban identificarse con una causa contra los poderosos, otros más porque establece credibilidades en el marco de causas justas, y si se observa con cuánto fervor los imperialistas acusaban a los izquierdistas, naturalmente se produjo un gran auge de la denominación izquierdista hasta como sustituto de socialista y antiimperialista, adicionalmente se forjó la identidad izquierdista para desenmascarar la degradación en que cayeron los partidos del revisionismo. Con todo eso se creía tener un concepto seguro y eficaz contra los problemas del movimiento, sin alcanzar a reconocer que eso era un aspecto de estos problemas.
Los conceptos cambian, en este caso, sus cambios afianzaron una noción popular en amalgama de diversos intereses de clases, de estratificación de los procesos de lucha y su ubicación como el polo de la protesta en general dentro de las modernas sociedades capitalistas.
El problema de la concepción izquierdista se encuentra en la suplantación del contenido revolucionario comunista en la perspectiva de emancipación social, aún cuando nos surge una primera dificultad de acoplar un mayor dinamismo en la tendencia proletaria respecto del núcleo central de la lucha de clases de los explotados y oprimidos, en tanto que el viejo concepto de izquierda en apariencia sigue dándoselo pero sin trastocar las fronteras de la inconformidad y la protesta.
Pero sin duda tal necesidad nos llevará a resolverlo, por ejemplo al plantearnos el proceso a seguir: a) nos planteamos un tipo de unidad y alianzas que pone en el centro la lucha de clases más que la identidad izquierdista, b) la identidad frente a un enemigo común, c) un programa democrático-revolucionario, proletario y popular, d) unas formas y métodos de lucha, e) el empleo de las contradicciones capitalistas por encima de las cortapisas izquierdistas, sustentándose en las tareas urgentes del movimiento. Ahí veremos que las izquierdas se asociarán y disociarán según intereses, prioridades o perspectivas, en cambio el proceso revolucionario podrá estar seguro de su continuidad, las posibilidades de avanzar la unidad no solo con quienes se denominan izquierdistas, sino con nuevos sectores interesados de primera instancia en participar activamente en las luchas sociales, será mucho más abierta, flexible y dinámica permitiendo afirmar un trabajo revolucionario en sus filas y especialmente asegurando que los pueblos movilizados afronten las tareas de su programa estratégico.
A simple vista parece que se trataría de rescatar un concepto y tras de éste un proceso de luchas para impregnarles su sentido revolucionario, la cuestión es que la concepción izquierdista misma es la que en medio de sus diversas interpretaciones no ajusta a superar las limitaciones en la concentración de las clases sociales explotadas y oprimidas contra el capitalismo.
La idea de izquierda, por ende la de izquierdismo, están sumamente difundidas en esa complicada amalgama. Esta categorización surgió en líneas de distinción izquierda-derecha y se incorporó en el lenguaje popular aún manteniendo choques con la concepción de clase sobre el carácter del movimiento progresista, democrático y revolucionario, y de sus perspectivas de avance hacia el proceso de acumulación revolucionaria de fuerzas, incluso tal proceso llegó a anularlo por décadas y descartar sus tareas, priorizando en la supuesta unidad de las izquierdas que jamás se llegó a establecer excepto bajo algunos programas nacionales de las burguesías durante las últimas cuatro décadas latinoamericanas.
Así pues la lucha de clases del proletariado se plantea como lucha de naturaleza revolucionaria, de este proceso en América Latina es del que todas nuestras organizaciones y partidos deseamos intercambiar opiniones y establecer acuerdos de trabajo.
II. Los problemas del movimiento revolucionario.
Los problemas de los trabajadores y revolucionarios son de diversa índole, sus soluciones ameritan atención a todos los niveles y formas, ante todo en función a la perspectiva comunista, no se trata de tomar unas u otras medidas para sobrellevar la situación, sino de delinear en función al desarrollo alcanzado por el movimiento de masas, las líneas táctico-estratégicas regionales, nacionales e internacionales.
El enemigo del proletariado es el capitalismo, sus formas de dominio y explotación son la base que confronta la lucha revolucionaria, descubrir la estructura de los problemas, determinar los golpes fundamentales y las formas de dar estos últimos, son tareas nuestras.
Mientras no caían los intereses nacionales de la burguesía latinoamericana y estos se conjugaban con el desarrollo del capitalismo alentando sus progresos entre las capas medias y aún entre sectores particulares de la clase obrera y el campesinado; los intereses proletarios fueron disueltos en esos escenarios y los procesos revolucionarios eran dislocados por efecto de las dictaduras fascistas o las dinámicas de la economía y política capitalistas. Sus secuelas se dejan sentir en nuestros días cuando el término izquierda se emplea para caracterizar los regímenes burgueses que confrontan algunas posiciones frente al imperialismo.
Evidentemente aquellos procesos ayudaron a combatir al imperialismo y las oligarquías nacionales, sin embargo su perspectiva inmediata implicaba fortalecer el capitalismo mucho más explayado en América latina. El movimiento del proletariado se veía colocado ante una nueva pugna frente a estas divisas del sistema, sus luchas apuntaron significativamente a desenmascarar el carácter del capitalismo, atesoraron las experiencias frente a sus diversas ideologías y en muchas ocasiones contuvieron los avances del capital financiero.
Los chantajes de la mediana burguesía tampoco quedan incólumes, si bien hicieron estragos, los revolucionarios vamos encontrando mejores plataformas para combatirla sin descuidar el centro de los procesos de lucha. Las viejas y nuevas maniobras nacionalistas contra de los problemas de un discurso revolucionario, de una táctica en ese sentido; van perdiendo su sustento y posibilidad de ejecución, las resistencias populares establecen condiciones, rectifican caminos, no se apagan, atemperan sus fuerzas en nuevas brechas democráticas y revolucionarias. En los marcos actuales del predominio del capital financiero y el carácter de los Estados, aquellas maniobras cuentan con escasas posibilidades de éxito.
Los pregones acerca de los nuevos sectores sociales y los nuevos movimientos alternos al socialismo o del socialismo del siglo XXI, sin partido comunista, sin dictadura del proletariado, sin expropiación de los explotadores, sin socialización de los medios de producción, sin democracia proletaria; entran en crisis políticas, menguan sus fuerzas frente a las estratagemas del sistema para anular sus acciones, de esas crisis la salida visiblemente consiste en la alianza con la clase obrera.
El reconocimiento de importantes procesos nacionales, aún de las burguesías nacionales y medianas burguesías, no demerita el papel de los revolucionario, puede demostrar cuánto las condiciones para la lucha de clases han madurado y se han extendido a pesar de que en muchos países no haya una vanguardia organizada y una clase obrera en auge. Aquellos movimientos constituyen tramas del proceso de agudización de los conflictos burgueses, medios para ganar contingentes, pero también elementos que plantean en forma destacada la urgencia de las masas trabajadoras por salir a la palestra y defender sus intereses.
Los procesos nacionales de ese tipo sin duda van a acrecentarse, lo relevante en esos terrenos es alinear, agrupar las fuerzas revolucionarias, ponerlas en el torrente del movimiento de masas, alinear, agrupar las fuerzas democráticas y progresistas, fortalecer las aspiraciones de clase. Ello presupone las alianzas de los de abajo, el reconocimiento de que hay rasgos generales de la unidad que deben trazarse para hacer avanzar en su conjunto las perspectivas socialistas y a su mismo movimiento.
Los incontables agregados que la burguesía viene haciendo a sus aparatos represivos e instrumentos de control son otro gran dolor de cabeza de los explotados, y de todos los luchadores sociales, por ello reforzar medidas en términos de mayor activismo de masas es necesario. Los explotadores siguen aferrados en sostener su régimen a cualquier precio, desencadenan el fascismo e instrumentan con mayor eficacia golpes contra los movimientos, golpes que pueden ser de tipo económico, político, ideológico, policiaco y/o militar, para nosotros el ejemplo de las acciones represivas en distintas partes de México nos lleva a hacer hincapié en la salvaguarda de los procesos hasta al nivel de una táctica y diplomacias que aprovechen las contradicciones de la propia burguesía, sus monopolios y sus partidos políticos.
Las interpretaciones alentadoras de la oligarquía financiera se fincan en esa premisa de la desmovilización de las masas trabajadoras, se trata de una posición arcaica, que concede preponderancia a la inercia de la opresión, a su incremento superlativo sin mayor resistencia, que hace caso omiso de las intensas acciones populares en nuestros países.
Pero sus conjeturas no son más que papel mojado, imágenes adulteradas, mensajes reaccionarios como alimento propagandístico para levantar la moral burguesa y amedrentar a quien se pueda, remarcando la pertinencia de sus políticas, el criterio de la política financiera en general, sin embargo, a muchas décadas de éstas, ya no hay reservas que la acrediten.
A la clase obrera se le vienen reafirmando las ideas revolucionarias fuera de todo dogma, por la fuerza de los acontecimientos, por el avasallamiento de los hechos, por la perseverancia de sus organizaciones sectoriales o frentistas, por el sostenimiento de nuestras posiciones revolucionarias.
Los avances ya son significativos, especialmente en la necesidad y figura del frente único que aglutine, amase y replantee la ofensiva contra el capital, se subraya el mayor de los objetivos inmediatos de la lucha de clases. El frente único es el desprendimiento necesario respecto de la política burguesa en todos sus tintes, de la que hacen sus partidos legales y afirman sus instituciones que ataban a los oprimidos a las cadenas y migajas, es la asimilación de la experiencia popular y revolucionaria sobre las condiciones históricas de nuestros países dándole a su desenvolvimiento una perspectiva en pro de la lucha por el poder, es la síntesis de nuestras luchas que se reafirman en las nuevas condiciones y tareas por la revolución proletaria, es la condensación de las tradiciones de lucha de los pueblos de todas las latitudes contra las clases dominantes, es la demostración cabal de que la política proletaria puede cumplir con sus tareas.
La tendencia democrática y revolucionaria es incuestionablemente de masas, se constituye por los torrentes de protesta, por la reorganización de las bases, su lucha frente a la política local, estatal y nacional de los regímenes, contra los monopolios y las pretensiones imperialistas. Se debate constantemente enfrentando las visiones oligárquicas e imperialistas, reconstituye una discusión de clase sobre los hechos del panorama latinoamericano, postula nuevas organizaciones y la recuperación de las que han sido controladas por el corporativismo sindical.
Esta tendencia como bien se ve está siendo protagonizada por importantes sindicatos democráticos, por frentes y organizaciones de masas con carácter nacional, especialmente en el refuerzo de la unidad que en medio de sus avances y retrocesos va destacándose en el panorama de las luchas hoy por hoy.
Tal tendencia destaca los planos: a) de clase, subrayando el papel que el proletariado está tomando en el conjunto del movimiento para enfrentar a la clase capitalista fortaleciendo su nueva alianza con los explotados y oprimidos de la ciudad y el campo, b) prácticos, de una marcha inquebrantable contra los regímenes y sus políticas, c) históricos, de aglomerar los elementos que socaven y finalmente destruyan al sistema capitalista en lo que llamamos acumulación revolucionaria de fuerzas para pasar a las etapas pre-revolucionaria y revolucionaria, y d) teóricos, que nos plantea un nuevo ascenso latinoamericano en la lucha de clases por la revolución proletaria y el socialismo.
La situación al plantearnos las grandes perspectivas de la lucha revolucionaria también nos llama a velar por la construcción de organizaciones plenamente fundidas con los explotados y oprimidos, es decir, de organizaciones suyas por su naturaleza de clase, a observar las posibilidades de las distintas formas de lucha y el proceso ascendente que todas siguen, pero de las que destaca su transformación revolucionaria por el carácter de la lucha y el contenido del programa social que debemos sostener.
IV. La unidad latinoamericana.
El polvorín en que América latina se ha convertido da sus primeros estallidos. Esta región del mundo junto con el Oriente Medio, está mudando en firmes bastiones de la lucha revolucionaria de las masas contra la oligarquía financiera, sus monopolios y todas las cadenas del capitalismo en su fase imperialista, son los eslabones debilitados.
Todas las fuerzas revolucionarias y democráticas vienen comprometiéndose en el proceso unitario sin dar tregua a las descalificaciones, a sabiendas de su importancia estratégica, después de una gran experiencia en la lucha popular, que ha barrido en breve tiempo las ilusiones, fomentando la alianza obrero-campesina como su pilar fundamental.
Ahora se trata de posicionar esta línea de manera consciente y acompasada. Tenemos un conjunto de frentes y referentes de luchan en los cuales se vislumbran las más diversas condiciones y niveles de unidad, no obstante todos caben, guardan un lugar en los contextos por los que progresa el movimiento de masas.
Es claro que la interpretación acerca de la unidad puede ser todavía muy diversa según el sector o clase social que la esté planteando, esta ubicación, a pesar de su naturaleza no deja de permitirle al conjunto de los movimientos de masas la posibilidad de avanzar a pasos firmes en las primeras e importantes líneas de contribución al proceso de acumulación revolucionaria de fuerzas tomando la unidad tal cual se presenta en su momento actual para proyectarla.
Las circunstancias no nos condicionan, más bien nos permiten avanzar con objetividad, plantearnos las tareas unitarias que están en momento de ponerse en marcha para trazar las perspectivas a la lucha de clases, para retomar el carácter de la alianza fundamental que requerimos y las etapas por las que está obligada a pasar, en las que debe tomar formas y objetivos concretos.
Tampoco los problemas de resistencias a la unidad dejan de ser una preocupación, ni mucho menos las debilidades tradicionales del movimiento espontáneo, los movimientos y eventos internacionales que siendo importantes, rechazan el proceso de la unidad revolucionaria de los pueblos de la América latina, o las afecciones de los tradicionales procesos en lucha con todo y empujar la acción, cuando se circunscriben al economicismo reciclando una protesta sin objetivos de emancipación del yugo capitalista.
No dejamos de enfatizar que sus problemas son reales, que no se deben desdeñar, peor aún, que no son cosa de la que se pueda hacer alarde, todos los procesos son importantes y por ello deben encontrar su superación en la medida que se cobijen con las posiciones generales del proletariado y su táctica encaminada a la acción revolucionaria; ya nadie puede asegurar que baste su lucha para contener al régimen nacional burgués o al imperialismo en estos momentos de neocolonialismo articulado en todos nuestros países, mucho menos para plantearse su derrocamiento. Requerimos de esa unidad mayor que hoy va componiéndose de una firme continuidad en las luchas generales de nuestros pueblos, aún cuando quedan incontables luchas que siguen avanzando por su camino, que deben y tienen que encontrarse en el gran torrente que estamos postulando.
Pero esos caminos se construyen, no surgen por alguna suerte de generación espontánea salvo en casos especiales, en general se ponen grandes esfuerzos o no se es unitario, así, a nivel sindical, campesino, estudiantil, indígena, en todos lados la necesidad obliga a concentrarnos en esa labor, a trazarnos tareas por encima de los viejos prejuicios de la actitud nacional, del sectarismo.
Las dificultades son muchas, mas las exigencias se ponen por encima, la oligarquía financiera por más que se aboque a la calumnia de los diversos procesos y a incentivar las acciones legales o extralegales contra la acción proletaria y popular, ha extremado las condiciones sociales y levanta por doquier a los oprimidos en su contra.
Aunado a ello, la maduración de los pueblos en sus últimos combates, su resistencia a ya no confiar en los explotadores ponen en reclamo de las organizaciones y frentes la lucha por la unidad como una bandera a la que nadie debe desestimar ni abandonar, convocan por doquier a imponerse la lucha mancomunada con programas claros, no solo progresistas, sino sobre todo democráticos y revolucionarios, a establecer un punto de separación entre los intereses de clase de la oligarquía financiera, sus monopolios y sus servidores por un lado, y los intereses del proletariado con sus aliados por el otro lado.
Sin duda que faltan más procesos que esclarezcan a fondo el significado y formas en que la unidad de los de abajo ha de marchar, pero ahora es una prerrogativa nuestra, en ella anteponemos los intereses de los explotados y oprimidos, a ella consagramos los esfuerzos de nuestras organizaciones, ahí se juega el futuro de la lucha de clases.
Entre lo que se viene para asegurar la unidad destacan jornadas de lucha contra las políticas imperialistas, los estados nacionales y las burguesías acopladas en esa trama, por esta ruta la tarea está entre las masas trabajadoras, la unidad debe labrarse en el barrio, en el campo, en las escuelas, en las fábricas, la política de clase se ha de probar ahí, ha de ser ahí su reconstitución como política de las mayorías. Las jornadas sirven ahora precisamente para labrar el frente único, para atesorar una discusión central sobre las perspectivas socialistas.
La estructura del capitalismo en América Latina implica el acoplo neocolonial y las formas despóticas de los monopolios nacional-internacionales, a este sólo podemos enfrentar con muy amplias tácticas que golpeen en todas partes a sus estructuras, a sus fundamentos, ello nos lleva a la coordinación y articulación de los procesos de la lucha de clases de cada país, creando frente único antiimperialista y anticapitalista.
La discusión de los frentes, en medio de sus avatares diarios, entre sus polémicas, sus avances y retrocesos, su calibración para las nuevas e impostergables batallas, su trajinar por asegurar el ritmo ascendente a la lucha popular, sus dificultades para articular la etapa actual de la unidad con intereses todavía insuficientemente fortalecidos en un rumbo revolucionario; son elementos que deben resolverse en su seno especialmente enfocándonos en la acción de masas como punto de apoyo insustituible de contrastación fundamental acerca de la unidad y dirección del proceso revolucionario.