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El guerrillero inmortal
“Rodríguez tuvo su origen en un hogar pobre y su niñez no conoce el regalo. Se cría en la calle y desde pequeño se distingue por sus ojos vivos, negrísimos y fulgurantes. En la calle era siempre el rey de los motines y la piedra estaba presta para lanzarse en sus manos nerviosas. Hablador y vivaz, Rodríguez conoció en su niñez a los Carreras, hermanos despóticos, aristocráticos y turbulentos. Sus vidas se unieron y sólo la muerte similar los separaría ya. Es curioso indicar el paralelismo terrible de tales existencias.
Hombre de ciudad, Rodríguez se transforma en guerrillero en virtud de su don psicológico, de su fácil asimilación de los métodos necesarios para conspirar. Esta aptitud proviene de su carácter abierto y generoso, de su plebeyismo en que habrá que insistir para comprenderlo.
La gente sensata y solemne, que forma la espuma del mundo social santiaguino, lo rechaza con cierto instinto conservador. El abogado busca su ambiente entre los rotos y más tarde junto a los campesinos. Su lenguaje lo asimila fácilmente y está bien entre los huasos y arrieros que al lado de los descendientes de oidores y de cabildantes.
En el apoltronado y religioso mundo colonial, este hombre atrevido y lleno de ímpetus primitivos, sugiere ideas abominables. La franqueza suya contrasta con la cuca hipocresía del medio santiaguino, donde tener hijos naturales y amancebarse con las sirvientas revelan un tremendo estigma de los antepasados de la actual oligarquía.
Rodríguez forma una fuerza suelta de la Naturaleza que no se detiene en contemplaciones personales. Barros Arana lo supone un hombre de pocas vinculaciones sociales durante su destierro en Mendoza.
Sin embargo, en el estrecho ambiente santiaguino es un hombre popular. No goza ni busca el apoyo oficial y rechaza las embajadas que le ofrecen. En tal sentido se aparta considerablemente del dicho célebre de Don José Joaquín de Mora: “Todo chileno es enemigo del gobierno, mientras no sea empleado público”.
Los defectos de Rodríguez se compensan con su liviano temperamento, su simpatía humana y descontrolada generosidad. No es muy chileno ese aspecto de eterno descontento y de camorrista que ofrece a los partidarios de O`Higgins en los últimos años de su existencia.
Tampoco acepta las reputaciones y prestigios basados en el dinero o en los abolengos comprados. Puede afirmarse que es el primer demócrata sincero que aparece en el mundillo político chileno.
La seguridad con que responde en el interrogatorio del proceso de 1813 y sus particulares ideas sobre la nobleza significan una intuición admirable que lo eleva sobre muchos de sus contemporáneos.
Este no conformismo lo hace simpático en el pueblo y crea en su entorno las leyendas más absurdas y contradictorias. Su imagen genuina se escapa o deforma entre muchas interpretaciones. No es tampoco un carrerino incondicional; porque opone su individualismo a las ideas absolutistas de esta familia, verdadera tribu oligárquica que malogra el primer período de la independencia.
Es probable que Rodríguez, como otros patriotas, hubiese bebido sus ideas en los enciclopedistas. Sabemos que también leía a Richardson y El Evangelio en triunfo, de Pablo de Olavide.
Nunca aparece como un hombre religioso; pero no se cuenta entre los ateos o blasfemos. Cultiva la amistad de muchos frailes como el pintoresco cura Uribe, de algunos padres recoletos y los franciscanos por el estilo del Reverendo Portus, a quien sugiere empresas revolucionarias en el tiempo de la Reconquista.
Sus hermanos Carlos y Ambrosio se unen a su vida; pero siempre como las comparsas del arrebatado tribuno. Mas tarde, en el período de don Diego Portales, Carlos es un ferviente pipiolo y asiste al famoso Parral de Gómez a conspirar contra el autoritario ministro.
“Manuel Rodríguez fue asesinado! Ni siquiera un fusilamiento hipócrita para que le diera al hecho una dignidad aparente. Un mes más tarde los asesinos de Manuel fueron recompensados con 500 pesos y deportados a San Juan.
Para la justicia se trató de terminar con él, no de juzgarle con las leyes de un país libre, aunque Chile acababa de conquistar su independencia, por la que Manuel luchó empeñosamente y sin tregua”
Manifestó, don Ambrosio Maria Rodríguez, uno de los hermanos del patriota.
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