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Manuel Rodríguez, héroe del pueblo

(Fuente: Punto Final, octubre del 2001; Autor: Alejandro Lavquén)

La figura del guerrillero Manuel Rodríguez Erdoyza hasta el día de hoy causa polémica entre partidarios y detractores, que generación tras generación mantienen vigente una histórica disputa por realzar o menoscabar los aportes del legendario patriota.

Independientemente de los intereses políticos de quienes pretenden restar importancia a la labor de Rodríguez en la guerra de independencia, es innegable su aporte a la lucha de los patriotas. Manuel Rodríguez, además de haber formado las guerrillas que se encargaron de asestar duros golpes a los Talaveras comandados por el temible capitán Vicente San Bruno y servir de elemento distractor contra el ejército español, fue representante de un ideario político-social que iba más allá de los logros inmediatos que la Independencia traería a nuestra patria. Su visión de gobierno era mucho más amplia que la de un Estado dirigido por los sectores de la incipiente burguesía y aristocracia criolla. Ricardo Latcham lo define como "el primer demócrata sincero que aparece en el mundo político chileno".

Rodríguez tenía una idea muy clara de la actitud de la sociedad de aquel entonces. En algunas de sus cartas al general San Martín expresa abierta y críticamente los rasgos principales que ve en las clases sociales de esos años, algunos de los cuales perdura hasta nuestros días. Expresa en una carta a San Martín en 1816: "Los chilenos no tienen amor propio ni la delicada decencia de los libres. La envidia, la emulación baja y una soberbia absolutamente vana y vaga son sus únicos valores y virtudes nacionales... La nobleza se llena sin protestar su preferencia a los moros, que a vivir con los españoles y se entiesan... El pueblo medio es infidente y codicioso. Y agrega: Los artesanos son la gente de mayor razón y de más esperanza... La última plebe tiene cualidades muy convenientes. Pero anonadada por constitución de su rebajadísima educación y degradada por el sistema general que los agobia con una dependencia feudataria demasiado oprimente, se hace incapaz de todo, si no es mandada por el brillo despótico de una autoridad reconocida..." Esta visión del entorno social resulta aclaratoria para entender muchos sucesos en la historia del país y las actitudes de los que en ellos participaron.

Rodríguez, a pesar de ser un hombre de leyes -era abogado- no desechó participar como militar y guerrillero, aunque también, durante el período llamado Patria Vieja, fue procurador de la ciudad de Santiago y secretario de Guerra. Entre 1811 y principios de 1813 fue destacado colaborador del general José Miguel Carrera, con quien era amigo de la infancia. Pero ese año se produjo un distanciamiento con Carrera, y Rodríguez fue acusado de conspirar contra el gobierno, asunto que quedó resuelto al año siguiente cuando los dos patriotas se vuelven a reencontrar. Durante la Reconquista, luego de la derrota de Rancagua y el éxodo a Mendoza, volvió en secreto al país, donde formó montoneras y logró captar para la causa revolucionaria al famoso bandido Neira y a sus seguidores. Consiguió el apoyo de muchos chilenos que lo ayudaron en su labor clandestina, llegando a utilizar increíbles artimañas para eludir la persecución del gobernador Casimiro Marcó del Pont.

Durante su trabajo en la clandestinidad consiguió tejer una importante red de espionaje para hacer llegar información al otro lado de la cordillera, donde el Ejército Libertador se preparaba. El 4 de enero de 1817 asaltó Melipilla. Atacó y tomó San Fernando el 12 de Febrero del mismo año, acción que desvió la atención de parte de las fuerzas realistas. Tras el triunfo de los patriotas en Chacabuco (12 de Febrero de 1817), fue arrestado por orden de Bernardo O'Higgins, bajo la acusación de sobrepasarse en sus atribuciones en la provincia de Colchagua. En el fondo era sólo un pretexto pues se sabía que Rodríguez se oponía a muchos de sus planes, especialmente los que iban en contra de los hermanos Carrera. El guerrillero logró huir de la cárcel y mantenerse oculto hasta la llegada del general San Martín, que intervino por él y le confirió, además, el grado de teniente coronel. Posteriormente se le trató de alejar del país ofreciéndole cargos oficiales que nunca aceptó. Mas adelante volvió a ser encarcelado bajo la acusación de conspiración. Pero después de unos meses fue liberado y nombrado auditor de Guerra, cargo del que se le separó al poco tiempo para enviarlo en misión a Buenos Aires, que tampoco prosperó. Tras el desastre de Cancha Rayada formó el escuadrón de los Húsares de la Muerte.

Tras el triunfo de Maipú, fueron fusilados, en Mendoza, Juan José y Luis Carrera, provocando la protesta de un sector de la población. Los sucesos en Chile se tornaron desordenados y confusos. Los Húsares fueron acusados de indisciplina, desórdenes y tropelías, ordenándose su disolución. Ante es ambiente de conflicto los opositores al gobierno de O'Higgins promovieron la idea de un cabildo abierto, que fue convocado para el 17 de abril (1818). Después de algunas discusiones se decidió nombrar una comisión que se encargaría de hacer saber al Director Supremo las exigencias del pueblo. Mientras aquél recibía a los representantes del Cabildo, en las calles reinaba el descontento, momento que aprovechó Rodríguez, acompañado de Gabriel Valdivieso, para emprenderlas a caballazos contra el palacio de gobierno seguido de un grupo de ciudadanos. Lamentablemente las intenciones del guerrillero no prosperaron y fue apresado junto a Valdivieso, siendo conducido al cuartel de San Pablo, ocupado por el batallón de infantería Cazadores de los Andes. Referente a este hecho, diche Latcham: "Los dados estaban tirados: en ellos se había puesto su nerviosa silueta, se había jugado su destino con la frialdad con que la Logia Lautarina juzgaba a los enemigos del sistema".

De la prisión a la muerte había, esta vez, un solo paso. El 23 de mayo los Cazadores, comandados por el coronel Rudecindo Alvarado, parten con el prisionero rumbo a Quillota. Con ellos iba el teniente Antonio Navarro, que al caer el crepúsculo del 26 de mayo del año 1818, al llegar a un lugar llamado Cancha del Gato, cerca de Til-Til, dispararía un pistoletazo por la espalda contra el guerrillero. Herido de muerte fue rematado por las bayonetas de los soldados Parra, Gómez y Aguero. Se dijo que el prisionero intentóo escapar e incluso se le siguióo un proceso a Navarro. Allí se habló de la "exterminación del coronel don Manuel Rodríguez por convenir a la tranquilidad pública y a la existencia del ejército". Las órdenes, obviamente, venían de O'Higgins y sus más cercanos como el siniestro Bernardo Monteagudo. Qué duda cabe hoy: tenemos testimonios históricos que lo demuestran, aunque los historiadores no se pongan de acuerdo y algunos traten de blanquear los acontecimientos: Miguel Luis Amunátegui le atribuye mayor responsabilidad a O'Higgins; Justo Abel Alonso a Monteagudo; Diego Barros Arana señala a O'Higgins como responsable a través de una carta de don Manuel José Benavente, dirigida a su hermano, donde narra la confidencia de Navarro (Benavente incluso intentó poner en aviso a Rodríguez, dándole un cigarrillo donde escribió: "Huya usted, que le conviene"). Por su parte, Benjamín Vicuña Mackenna culpa al Director Supremo sólo como "consentidor".

El viajero inglés John Miers, que estuvo en nuestro país años después, cuenta en su libro "Travels in Chile and La Plata" (tomo II, págs. 90-91), de la confesión del asesino de Rodríguez y como sin verguenza alguna contaba cómo le dio muerte, recibiendo el pago de 70 onzas de oro (unas 240 libras esterlinas).

En carta escrita por O'Higgins al general San Martín, le expresa: "Manuel Rodríguez es bicho de mucha cuenta. El ha despreciado tres mil pesos de contado y mil anualmente, porque está en sus cálculos que puede importarle mucho el quedarse. Convengo con V. el que se haga la última prueba; pero en negocios cuya importancia es de demasiada consideración, es preciso proceder con tiento. Haciéndolo salir a luz, luego descubrirá sus proyectos, y si son perjudiciales se le aplicará el remedio". Las intenciones del Capitán General eran muy claras, como claro era que Rodríguez no se prestaría para el juego de la Logia Lautarina y sus proyectos, que costaron la vida de no pocos patriotas comprometidos con una verdadera concepción democrática.

Cuando nos acercamos al bicentenario de nuestra independencia la figura de Manuel Rodríguez Erdoyza sigue viva en la memoria del pueblo, ese sector mayoritario, que sabe reconocer a sus verdaderos héroes. El guerrillero se mantuvo siempre en contacto con los sectores más marginados de su época, lo que le permitió un conocimiento cercano de las dichas y desventuras del pueblo trabajador. No tenía los prejuicios ni la hipocresía tan característica en muchos personajes provenientes de su clase social y que tanto daño han hecho a nuestro país. También fue una excepción con su actitud rebelde, cuando participó, como diputado por Talca (1811), en un Congreso compuesto por "un poderoso núcleo de los eternos conciliadores que forman la esencia del carácter chileno..." Su carácter fue el de un hombre libre, lo que por consecuencia le traería el encono de la parte más conservadora de la sociedad, entre los que se incluía Bernardo O'Higgins. Al respecto, escribe Latcham: "Uno era la fuerza libre de la naturaleza, el desborde rico de los ímpetus espontáneos; el otro significaba la sumisión a las normas consagradas y a las razones de Estado".

Durante su juventud, la mala situación económica de Rodríguez, tras terminar sus estudios, fue también un impedimento para que se vieran obstaculizadas sus pretensiones de desempeñarse como académico e incluso doctorarse. La oligarquía jamás perdona a quienes poseen un espíritu forjado por los conceptos de justicia y libertad.

El cadáver de Rodríguez fue abandonado y sus pertenencias repartidas como botín entre sus asesinos. Gracias al peón Hilario Cortés, testigo casual de los hechos, que dio aviso a don Tomás Valle, subdelegado de Til-Til, pudo éste recoger el cuerpo destrozado por las bayonetas y los perros para darle sepultura bajo el altar de la capilla de Til-Til. El 25 de mayo de 1895 sus restos fueron trasladados al Cementerio General en Santiago. Se cuenta que se trató de hacer desaparecer el cuerpo de Rodríguez, pero no pudieron. Tampoco han logrado que su figura legendaria sea olvidada por el pueblo, que sin duda lo ha convertido, en el héroe popular por excelencia.

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