En este mundo donde la concentración de la riqueza y el poder en pocas manos es una realidad aberrante, la guerra y la corrupción son el resultado natural que permite a las clases dominantes y sus Estados, actuar en una impunidad casi legitimada en defensa de sus intereses. La agresión imperial contra Irak ratifica la noción general de que los Estados, como aparato de la clase social en el poder (en la actual fase imperialista del capitalismo), no sólo privatizan todo a favor de las multinacionales y de las oligarquías, también al Estado se le ve cada vez más en su razón de ser, en su función represiva, se fortalecen los ejércitos, las fuerzas policiales y de seguridad, afectando incluso las libertades formales de la democracia burguesa. De hecho organismos como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no podrían subsistir sin los fuertes estados represivos nacionales o los órganos internacionales que los agrupan.
Trasfondo de un conflicto
Por segunda vez en estos 3 años del nuevo siglo, y como en los mejores tiempos de Mussolini y Hitler; George Bush y su banda de “halcones” llegados al poder gracias a unas fraudulentas elecciones, provocaron un nuevo conflicto bélico cuyo fin no tuvo nada que ver con el cumplimiento de resoluciones de la ONU, combatir al terrorismo o defender la democracia en Irak. Nada de eso, al imperio nunca le ha interesado la democracia, el desarme, o el cumplimiento real de las resoluciones de las Naciones Unidas, al contrario, la historia demuestra que apoya generosamente a regímenes opresivos e ilegítimos del mundo cada vez que lo requiere.
Esta nueva agresión a Irak no ha sido otra cosa que una campaña de saqueo y pillaje, empujada por las ambiciones del gobierno yanqui de apropiarse y monopolizar la riqueza petrolera del Medio Oriente (las tres últimas guerras en el Golfo, Kosovo y Afganistán buscaron algo similar, el control o acceso imperial a zonas estratégicas del globo, en lo político y lo económico), y fortalecer su maquinaria militar-industrial en la perspectiva de futuras agresiones e incluso conflictos inter imperialistas en el contexto de las crisis del capital en el mundo. La “Estrategia de Seguridad de los EE.UU.” proclamada por Bush plantea la lógica de ser una fuerza militar sin paralelo, con el derecho de actuar en todo el mundo para imponer la economía de mercado y garantizar sus propias reservas energéticas, permitiéndose atacar (“guerra preventiva”) a quien considere una amenaza que pueda equipararlo militarmente.
En efecto, la agresión a Yugoslavia permitió abrir una ruta distinta para el petróleo del Mar Caspio, la invasión a Afganistán posibilita la construcción de un oleoducto que, a través de su territorio transportará el crudo desde Turkmenistán hasta el Mar Arábigo. Ahora, al imperio se le hace necesario controlar los puertos y por cierto los yacimientos petrolíferos de Irak, una estrategia que se dirige además a quitarle esas rutas de abastecimiento a Rusia e Irán, controlar y eventualmente desarticular a la OPEP como instancia que decide los precios del petróleo.
En esta estrategia, los próximos blancos de agresión podrían ser Siria, Irán, Corea del Norte, mientras paralelamente se busca neutralizar a China y Rusia, países que por su dimensión geográfica, tecnológica, militar y económica, juegan un importante rol (especialmente China) en el panorama internacional.
Pero la invasión a Irak ha develado también las contradicciones interimperialistas por el control de las principales fuentes de petróleo y gas natural, conflicto que se ha manifestado en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, una antidemocrática entidad creada tras la Segunda Guerra Mundial, y que ahora está a punto de ser liquidada tal como sucedió con la Sociedad de Naciones surgida luego de la Primera Guerra Mundial, una vez desaparecidas las condiciones que la hicieron surgir.
Estas contradicciones dieron lugar a tres grandes bloques liderados por los EEUU, Japón y Europa, confrontaciones que estuvieron contenidas hasta la desaparición del campo socialista, luego de lo cual las maniobras de estos tres bloques se desplegaron. La Unión Europea se planteó la lucha contra el dólar como divisa internacional con la creación del Euro, moneda que supone una gran amenaza para el país más endeudado como lo es Estados Unidos, si el Euro se consolida como moneda internacional. Con el control de Irak, los EEUU además de dominar el petróleo van a provocar el debilitamiento europeo. Inglaterra se sumó incondicionalmente a la política imperial norteamericana y la OTAN está dividida por las posiciones de Alemania, Francia y Bélgica.
Los nuevos Faraones
Quienes hoy encabezan el imperialismo yanqui son un círculo mafioso proveniente del mundo empresarial (con intereses petroleros), donde formaron su moralidad, la cual estuvo presente en los escándalos financieros que conmovieron a los estadounidenses el año pasado, y que hoy vemos aplicada en la política mundial, apoyado en la amenaza y el soborno (caso Turquía, Pakistán y Chile) para ganar o comprar aliados en el seno de las “Naciones Unidas”.
El conflicto provocado en el Medio Oriente es tan injusto como grande es la oposición que ha despertado en todo el mundo, impidiendo que la maquinaria propagandística imperial pudiera encubrir los intereses corporativos de la industria militar y energética. A EEUU le importa un bledo el destino del pueblo iraquí, el cual asumió el legítimo derecho a defenderse por todos los medios a esta invasión que busca convertir una vez más a su país en un “protectorado” o colonia proveedora de petróleo. En este contexto resulta a lo menos una ingenuidad las posturas pacifistas, pues para los iraquíes no existió otra opción que resistirse a la invasión de su territorio. Y en definitiva es al propio pueblo de Irak que le corresponde decidir soberanamente su forma de gobierno o régimen político.
Esta reedición de la llamada Blitzkrieg o “guerra relámpago” nazi que Bush y sus generales han querido demostrar como algo nunca visto, fue enfrentada con tácticas guerrilleras con el objeto de dividir las fuerzas agresoras y amenazar sus líneas de abastecimiento, o bien con acciones suicidas, formas que por supuesto los invasores han tildado de terroristas, cuando resulta que éstas son el último recurso ante un agresor inmensamente superior en tecnología y armamentos, que no duda en arrasar y bombardear poblaciones enteras.
Una vez desatada la agresión y la ocupación yanqui, la discusión entre las superpotencias pasó a ser ahora por quién se hace cargo del Irak “post Saddam”, o sea quien se hace cargo de administrar las riquezas naturales del país, y una vez más vemos la disputa entre Europa y Estados Unidos, de la misma manera que lo hacían los antiguos imperios coloniales cuando se confrontaban por la posesión y la hegemonía de las riquezas y las rutas de navegación en América, Africa y Asia.
Chile y el Sistema
En esta contingencia bélica hemos visto como pocas veces antes la contradicción y la distancia entre los gobernantes agresores y los pueblos del mundo, quienes por millones se han manifestado en contra de la guerra. Para el caso de Chile esto no es la excepción, más bien es la regla, ya que el gobierno también ha optado por tomar decisiones trascendentales en materia internacional y nacional de espaldas a la mayoría de los chilenos, cuya opinión no les interesa, y al contrario, en una actitud rastrera, hace denodados esfuerzos para proteger las relaciones comerciales con Estados Unidos (incluida su posición contra Cuba en las Naciones Unidas); los intereses del capital financiero dictan las “órdenes del presidente”, que han primado una vez más, y esto lo dijo el mismo Lagos, por sobre los imperativos morales y los intereses de la humanidad. Entonces el discurso de que “hemos hecho todo lo posible para detener la guerra”, no fue más que eso, un discurso.
El Ejecutivo hace rato que ha optado por privilegiar las relaciones con las cúpulas empresariales y de la derecha como base de su estabilidad. Dado el debilitamiento de la Concertación, éste aparece ahora cogobernando con los grupos económicos y la derecha chilena.
La cúpula del bloque dominante está perfectamente alineada en torno al neoliberalismo, como un “sentido común” excluyente que hay que preservar en estos tiempos de crisis. Lo anterior explica por qué las diferencias no llegan jamás a cuestiones de fondo y se quedan sólo en matices dentro de lo mismo, y que culminan generalmente en acuerdos como la “Agenda Pro-Crecimiento”, o el “Pacto de Modernización” firmado con la UDI, como salida negociada a la crisis provocada por los múltiples procesamientos por corrupción, coimas y estafas en el sector empresarial, estatal y de los partidos políticos, casos que al bloque dominante no le interesa atacar de fondo, ya que a la larga ello podría desestabilizar al mismo modelo económico que ya tiene bastantes dificultades. Por eso la UDI opta por capitalizar la contingencia con estos acuerdos que la posicionan definitivamente como “el gobierno en las sombras” para el período.
Expresión política de este “consenso neoliberal” son las negociaciones sobre reformas constitucionales al sistema electoral (que sin embargo mantiene su carácter binominal), la eliminación de los senadores vitalicios y designados, la capacidad presidencial de remoción de los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas previo pronunciamiento del Tribunal Constitucional, y reconocimiento de las etnias indígenas.
En este mismo contexto, la última y potente señal a favor del empresariado es la designación del nuevo consejero del Banco Central, que recayó en Vittorio Corbo, un reconocido economista neoliberal que deja contento “al mercado” en sus expectativas, incluyendo los organismos financieros internacionales, y de paso a los EEUU, luego del “bochorno” de la votación sobre la situación humanitaria en Irak.
La crisis económica y los procesos por corrupción agrandan las fisuras al interior de la Concertación, cuyo resultado final sólo se sabrá a medida que se acerquen las próximas elecciones y las consiguientes negociaciones, pero lo concreto es que por primera vez en doce años la derecha se ve con la posibilidad real de ganar las elecciones, lo cual a la larga puede modificar las actuales conductas de las fuerzas políticas, bien postergando conflictos internos o bien llevándolos a su consumación, de lo cual la izquierda institucional no escapa (maniobras del estilo “caso Michelle Bachelet”, se sucederán con mayor frecuencia y virulencia).
Es un rasgo de este período que el capital en su fase imperialista acrecienta su agresividad en la misma medida que profundiza su estancamiento económico. Por lo mismo, las organizaciones sociales y políticas populares debemos ser más asertivas en nuestras estrategias, poniendo todo nuestro empeño en hacernos fuertes como parte del pueblo, desechando de una vez las ilusiones legalistas, sectarias y autoreferentes, actuando con flexibilidad e inteligencia, encauzando y unificando las presentes y futuras batallas contra la explotación económica y la agresión política y militar imperialista, que tarde o temprano se intensificará en nuestro continente.
La gran confrontación de la humanidad contra el imperio está recién comenzando, necesitamos como pueblo construir y dotarnos de las armas de la razón y la fuerza en esta justa y digna contienda de la cual la humanidad (a la larga) saldrá victoriosa, tal como en 1945 cuando derrotó al fascismo y sus aspiraciones de dominio mundial, tal como en los años 60 y 70 cuando derrotó al imperialismo en América Latina, Asia y Africa, ejemplos que no podemos dejar de emular.