Guerniko: La historia que les voy a referir es la de un inmortal, alma recia y noble que vivió desde siempre en las frías brisas del Golfo de Vizcaya, hasta que un día por orden de los dioses debió trasladar su residencia hasta los cálidos y huracanados vientos del Caribe Oriental.
Acto primero:
EL MENOR DEL CUARTETO.
- G: Las campanas del monasterio de San Jacinto sonaron como siempre a las 6 de la mañana y como siempre se escucharon muy fuerte en los amplios corredores de la casa de don Juan Vicente, porque tanto el convento como la casa de la familia Bolívar Palacios eran vecinas en la plazuela que los habitantes de Caracas llamaban en ese entonces, de los Dominicanos.
Lo extraño era que ese día los tres hijos de la familia se habían levantado muy temprano y ya se hallaban estorbando en la puerta de la habitación de sus padres. Su curiosidad era muy grande porque le habían oído decir a Hipólita, la esclava negra que los cuidaba, que ése día llegaba a la casa un hermanito menor, que su mamá, doña María de la Concepción, había encargado de muy lejos. María Antonia la mayor tenía tomada de la mano a Juanita, mientras Juan Vicente, de escasos dos años, mordisqueaba lentamente el pan del desayuno y más bien le importaba poco lo que estaba sucediendo ahí adentro.
Hipólita salió corriendo hacia la cocina y muy rápido regresó con una bebida que por el aroma parecía ser de hierbabuena y albahaca. Mientras pasaba les dijo a los niños:
- Bueno niños, lo mejor es que esperen a su hermanito un poco más lejos de la habitación de su señora madre.
G: Cansados de tanta espera inútil, las niñas se retiraron al patio interior de la casona y sentadas al lado de la fuente del agua iniciaron una fraterna discusión, en la que María Antonia dijo:
- El hermanito que llega hoy debe ser militar, igual que mi abuelo Juan, el teniente coronel de los ejércitos de su majestad el rey de España.
- No, -replicó Juana- él va a ser músico, como todos los hermanos de nuestra madre.
- G: Don Juan Vicente que pasaba en esos momentos por el lado de las niñas terció en el debate y dijo:
- Él va a llegar a ser un buen administrador, porque de lo contrario cuando yo muera, ¿quién va a administrar los bienes de la familia?
- G: Dicho esto el padre de las niñas corrió con prisa hasta la habitación matrimonial en donde en esos momentos se escuchaba por fin los primeros llantos del recién nacido, los cuales coincidieron con el tañido de las campanas del convento que señalaban que eran las 8 de la mañana de aquel día 24 de Julio de 1783.
Para tener contentos a toda la familia al recién nacido le acomodaron uno sobre otro, 4 nombres. De tal forma que el día 30 de Julio el niño menor de la familia Bolívar Palacios fue bautizado con el nombre de Simón, José, Antonio de la Santísima Trinidad.
Se me olvidaba relatarles que las preocupaciones de don Juan Vicente eran naturales dado que su fortuna era una de las más grandes en esa época en la Capitanía General de Venezuela, pues contaba con extensas haciendas de cacao, algodón, ganado, caña e ingenios de azúcar, además de numerosas casas y esclavos.
Acto segundo:
EL HUÉRFANO Y LA ESCLAVA.
- G: Para desgracia de la familia, cuando el pequeño Simón apenas cumplía tres años se murió don Juan Vicente, su padre. Por lo que debió ir a vivir a la casa de su tutor, persona de confianza de la familia quien se encargó de su crianza y educación hasta los siete años. Una vez celebraron éste cumpleaños de Simón toda la familia se mudó a vivir a la Hacienda de San Mateo bajo la conducción de doña María Concepción, pero ahí de nuevo la muerte desbarató la unidad familiar de los Bolívar Palacios cuando falleció la madre, justamente cuando Simón estaba cumpliendo sus nueve años. Hipólita la esclava negra que amamantó y cuidó al pequeño Simón quedó ejerciendo la maternidad y la paternidad sobre los cuatro niños, en especial sobre el menor.
Un día en las navidades de 1792 - cuando nuestro pequeño héroe apenas tenía unos nueve añitos y medio- Simón sentado en un pequeño banco de la cocina de San Mateo observaba a Hipólita mientras ella hacía unas hayacas de maíz, al tiempo que la interrogaba:
- Dime Hipólita, ¿Por qué a mis dos hermanas mayores no les han colocado profesor de geografía y de matemáticas? ¿Y por qué sólo a mí me fatigan con la presencia de esos profesores tan estrictos?
- Por una razón muy sencilla Simoncito -le contestó Hipólita- porque a las señoritas hay que enseñarles sólo a bordar, a bailar y a arreglar la casa. Lo que tú estudias te va a servir para que aprendas a manejar los negocios de la familia, cuando seas un hombre hecho y derecho.
- ¿Pero yo he visto a María Antonia y a Juanita ayudando al mayordomo a hacer las cuentas de las ventas de cacao? -replicó con rapidez el niño- Entonces, lo mejor es que terminen de aprender los manejos de los negocios para que le ayuden a mis tíos en la administración.
- G: Por estar contestando el interrogatorio del niño a Hipólita se le quemaron unas hayacas y ya comenzaba a inquietarse con tanta preguntadera. Por lo que debió armarse de paciencia para seguir satisfaciendo la curiosidad infantil de su pequeño amo.
- Eso no se puede hacer mi amito, porque los trabajos de fuera de la casa no están hechos para las mujeres.
- Bueno, bueno, entonces explícame, ¿por qué tu eres propiedad de mi familia y yo soy tu amo?
- Acosaba el pequeño con más preguntas a la paciente esclava-.
- Pertenezco a tu familia -respondió Hipólita- porque desde que nací fui propiedad de tus abuelos. Así como tu ahora eres dueño del potro que nació ayer de tu yegua mora, así mismo cuando nace un niño negro, pasa a ser propiedad del amo que es dueño de sus padres.
- ¿Y eso siempre ha sido así?
- No, no siempre ha sido así -le continuó explicando la negra- Hace muchos años mis antepasados vivían libres en África, tu ya sabes lo lejanas que quedan esas tierras porque ya te lo habrá explicado Don Andrés, cuando los negreros comenzaron a darles cacería para venderlos a los ingleses, luego los revenden a los españoles y éstos los colocan a hacer los trabajos duros del campo, de carga y la minería. De esta manera, tu abuelo Juan compró a mis padres por ochenta libras esterlinas a unos comerciantes ingleses en la isla de Trinidad.
- Definitivamente no te entiendo- agregó el pequeño Simón- Mi abuelo compró a tus padres, ¿porque eran negros o porque eran fuertes? Por qué en cambio, ¿no compró un par de caballos percherones, de esos grandísimos que compró mi tío el mes pasado?
- Muy simple, -le dijo la negra, ya con la intención de no seguir adelante con tan detallado interrogatorio- porque en esa época había muy pocas bestias de silla y de carga en esta Capitanía. Además un esclavo negro sano realiza más bastante trabajo que un percherón y por menos precio. Dejemos esta conversación por ahí, porque con tus preguntas me estás retrasando el asado de las hayacas. Mejor cómete ésta que es la más doradita y vete a jugar al patio con tus primitos.
- G: Años más adelante, estando en el Cuzco, Perú, en 1825, el Libertador le escribía así a su hermana Maria Antonia:
“Te mando una carta para mi madre Hipólita, para que le des todo lo que ella quiera; para que hagas por ella como si fuera tu madre, su leche ha amamantado mi vida y no he conocido otro padre que ella”.
Antes, en febrero de 1819, en el Congreso de Angostura, el Libertador buscó que la libertad para los esclavos, la igualdad y la educación de toda la niñez y la juventud quedaran escritas en la Constitución, como leyes que debía cumplir la nueva República. Así lo expresó él ante ese Congreso:
“Yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos, como imploraría mi vida y la vida de la República”
Luego de tratar de resolver conflictos raciales en las nacientes repúblicas que fundó, de este modo le escribió al general Páez, en Noviembre de 1827:
“La enemistad natural de los colores es mil veces peor que una invasión española”
En su esfuerzo por la promoción de la mujer, el Libertador estableció Institutos en los que se las capacitaba para que fueran independientes económicamente. En esa tarea lo asesoró su maestro don Simón Rodríguez. Así opinaba de ellos este gran educador:
“Se daba instrucción y oficio a las mujeres para que no se prostituyesen por necesidad, ni hiciesen del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia”.
Acto tercero:
EL REBELDE SE ENCAUSA.
- Instructor: Das un paso al frente hacia tu adversario y con la espada le amenazas la cabeza, así le obligas a descubrir el pecho, entonces tu das rápidamente otro paso adelante y atacas el sitio en donde queda su corazón. Observa.
- G: El instructor de esgrima avanza con agilidad sobre el joven Simón y con maestría lo arrincona en una esquina del patio interior de la casona de San Mateo, obligándolo casi a soltar su espada.
- I: Como te diste cuenta mi querido Simón en este movimiento de ataque se resume lo que es la estrategia militar. Uno primero obliga al enemigo a descubrirse, a quedar vulnerable y sólo entonces procede a atacarlo, aprovechando la ventaja obtenida inicialmente. ¿Me comprendiste?
- Simón: Si, te entiendo muy bien lo que me quieres enseñar. Lo que no entiendo bien es la razón que tienen mis tíos para insistir en que debo aprender el arte militar -respiró profundo y continuó- Pero al fin de cuentas, tu no eres el indicado para darme esa respuesta, ni es pertinente que yo te interrogue al respecto, por lo que te presento mis disculpas por haberlo hecho.
- G: Cuando el instructor militar quiso iniciar un alegato sobre las bondades de la enseñanza que él impartía, se presentó don Simón Rodríguez el maestro más respetado y valorado por Simón, e inició a responderle los eternos interrogantes de nuestro héroe.
- Simón Rodríguez: Ese tipo de preguntas no se las debes hacer a los demás, ellas te las debes plantear a ti mismo. Debes ser consciente que ya no eres un niño, ya casi cumples 15 años y posees una capacidad de análisis lo suficiente como para reflexionar sobre tu vida, tus problemas y el destino que eliges para ti. Acuérdate, tu serás en la vida lo que construyas con tu esfuerzo e inteligencia. Entonces dime, ¿por qué es importante que aprendas bien el manejo de la espada?
- S: Desde el año anterior soy cadete de las Milicias y debo prepararme bien para ganar mi ascenso a subteniente el año entrante, cuando cumpla los 15 años.
- SR: Es muy incompleto tu análisis.
- S: Además, los varones de mi familia siempre han dirigido el Batallón de Milicias de Blancos de los valles de Aragua y yo no puedo ser la excepción.
- G: Al terminar la frase cayó en cuenta que su respuesta seguía coja, por lo que el joven Simón agregó.
- S: Se me olvidaba, los títulos militares no sólo debo heredarlos, lo principal es merecerlos.
- SR: Ahora soy yo quien me veo obligado a hacerte unas preguntas. ¿Era justo el reclamo del pueblo cuando pedía libertad, igualdad y fraternidad?
- S: Sí, si era justa su aspiración.
- SR: Por ser justa, ¿el rey de Francia se la concedió?
- S: No, no se la concedió.
- SR: Entonces, ¿cómo la logró?
- S: Haciendo la revolución francesa de 1781 para quitar al rey y colocar el gobierno del pueblo, que se llama República.
- SR: Para hacer tal revolución hubieron de convencer al rey que entregara el poder, ¿o se lo arrebataron con la fuerza?
- S: Debieron arrebatárselo por medio del uso de la fuerza del pueblo, quien con su lucha militar derrotó a los ejércitos del rey.
- SR: Para ti entonces, ¿cuál es la principal enseñanza que extraes de ésta historia?
- S: La felicidad de un pueblo se obtiene por medio de la lucha. Por eso debo prepararme en el arte militar si quiero que los “Derechos del hombre y del ciudadano”, que conquistó el pueblo francés, también se puedan disfrutar acá en América.
- SR: Estás en lo cierto y te recalco lo principal que nunca debes olvidar. Primero que todo, uno aprende y se coloca del lado de una causa justa, y acompaña tal decisión con la lucha para conseguirla. De nada sirve luchar si la causa no es justa. Tampoco es útil estar de acuerdo con una noble causa y no luchar por ella. Pero también es grave querer luchar por una causa y no estar capacitado para hacerlo con eficacia. Ya te queda claro entonces, por qué es tan importante aprender la historia, como el arte militar.
- G: Luego de liberar a las cinco naciones americanas. Simón Bolívar con inmensa gratitud así le escribió a su maestro Simón Rodríguez:
“Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Usted me señaló”
Pero, haciendo honor a la verdad, él no siempre siguió a su maestro. El año anterior a éste en que ocurrió el diálogo que les acabo de relatar, el joven Simón se había fugado tanto de la casa de su tutor, como de la de su maestro Rodríguez.
Acto cuarto:
EL AMOR, ¿PARA QUÉ?
- S: ¡Juro no volver a casarme! ¡Juro honrar la memoria de mi amadísima María Teresa! ¡Nunca más podré amar tanto a otra mujer!
- G: En las cosas del corazón nuestro héroe tuvo una larga carrera y sólo cumplió la mitad de su promesa. Cierto es que no se volvió a casar, pero hay que dudar de su cumplimiento cuando se trate de valorar el tamaño del amor que le brindó a cada una de sus amadas y queridas acompañantes. Los invito a que sigamos escuchando sus lamentos para entender en dónde nace su dolor y su ardor.
- S: Parte de mis amigos de Madrid me aconsejaron residenciarme en Bilbao, mientras que la otra parte me insistieron en que debía regresar a Venezuela. ¿Son estos también culpables de la muerte de mí queridísima esposa?
- G: Era normal que la pena lo poseyera. Era normal que esa noche no pudiera dormir. Era normal que entre llantos hablara a solas consigo mismo. Era normal que deambulara como alma en pena por los corredores de su querida San Mateo. No era para menos, pues el día anterior, el 23 de Enero de 1803, había enterrado en Caracas a su joven esposa Maria Teresa.
- S: Si nos hubiéramos quedado a vivir en España, estoy seguro que María Teresa no hubiese fallecido de fiebre amarilla. ¡Tal peste sólo azota a estas queridas tierras americanas!
- G: Pero ya era tarde. Ya María Teresa no pertenecía al mundo de los mortales. Su alma ya reposaba en el Olimpo Aberzale. Su inmenso dolor contrastaba con lo breve de su matrimonio. ¡Ni siquiera pudo vivir con ella 8 meses! Le faltaron sólo 4 días para haber podido disfrutar los ocho meses de matrimonio con María Teresa.
- S: Ya es muy tarde. Ya no puedo echar hacia atrás a la máquina del tiempo. Nadie detiene su avance incontenible. ¡Ya la perdí para siempre!
- G: Su gran amor por María Teresa había nacido cuando el joven Simón recién cumplió 17 años, cuando apenas llevaba un año de estadía en España. A donde lo habían enviado a completar sus estudios.
- S: A mi suegro nunca le importó nuestra felicidad. Sólo se interesó por cobrar con avidez las 200 fanegadas de cacao que debía entregarle para pagar la dote de María Teresa. Cuando las recibió pensé que nos iba a permitir casarnos de inmediato. ¡Vana ilusión! Nos hizo esperar 17 larguísimos meses más, con la excusa que ambos éramos apenas unos jovencitos irresponsables.
- G: Nuestro amargado Simón en esa oportunidad vivió tres años en Europa y una vez se casó, regresó de inmediato a su patria, Venezuela.
- S: Tanta prisa para regresar a América después de que nos casamos y heme aquí: ¡Me encuentro sólo de nuevo en este mundo! Por mi culpa. Por mi impaciencia para forzarla a hacer cuanto antes el largo viaje desde Europa. Su salud se quebrantó con los dos meses y medio de navegación por el mar Atlántico. Pero, ¡ya no hay remedio para mi grandísima pena!
- G: Estoy de acuerdo con él, su pena no tenía remedio. Pero nuestro héroe, al final de ese año de 1803, ya con los 20 años de edad cumplidos, se regresó a Europa y trató de ahogar su pena con una vida de placeres, a los que dedicó buena parte de los 4 años de su segunda estadía en el viejo mundo. Si la ahogó o no, no sabría responderles ahora, lo que sí quiero aclararles es que sólo 20 años más tarde volvió a tener una compañía femenina permanente. Ésta vez se trató de la inolvidable patriota quiteña, doña Manuelita Sáenz, quien lo acompañó los últimos ocho años de su vida. A quien con gran amor el Libertador llamaba, “mi amable loca”, porque en verdad ésta dama, ¡si que era loca de atar! Pues poco le importaban los formalismos de los santafereños y tampoco conocía de falsas cortesías o de diplomacias.
Último acto:
SU HÉROE, UN GUERRERO QUE DERRIBABA MONARQUÍAS.
- G: Del seno de la revolución francesa había surgido. Con él se inauguró una nueva forma de hacer la guerra. Su ‘Gran Ejército’ recorrió toda Europa quitando reyes para consolidar un nuevo imperio, a nombre de la lucha contra el absolutismo. Aquel 18 de Mayo de 1804, en San Cloud, cerca de París, allí estaban, el joven Simón embelesado presenciando la ceremonia de coronación de Napoleón como emperador de los franceses. Simultáneamente y para sus adentros así reflexionaba el caraqueño:
- S: Esto me hace pensar en la esclavitud de América y en la gloria que conquistará el que la libere.
- G: Un año más tarde, el joven Simón asiste a una nueva coronación de su héroe, esta vez en Milán, luego de una campaña militar rápida en la que el ejército napoleónico conquistó a Italia. De nuevo se halla reunido con su entrañable maestro don Simón Rodríguez, quien le acompaña en un recorrido por toda Italia. En este largo viaje los sorprende el verano caluroso de Agosto en la ciudad de Roma y aquel día 15, mientras descansaban a la sombra de los árboles en una de las colinas romanas, más exactamente en el monte Sacro, así dialogaban el maestro y su alumno.
- SR: Te observé muy perplejo, casi embobado, hace unos días cuando asistimos al desfile del triunfo del ‘Gran Ejército’ francés en las llanuras del Monte Chiaro, cerca de Castiglione. ¿Qué te fascinaba más, ver el poderío militar de los batallones que desfilaban o el esplendor de Napoleón victorioso que presidía la gran revista militar?
- S: Ambas -le contestó el joven, un poco distraído- Porque la gloria del emperador no existiría sin la fuerza de su ejército.
- SR: Hay gloria, cuando se obtiene la victoria. Pero, por cada victoria que se logra siempre habrá que sufrir varias derrotas. Por esto en una guerra hay más amarguras y sufrimientos, que momentos de felicidad. Esa es la esencia fundamental de la guerra. ¡A las victorias le sobran paternidades, mientras que las derrotas siempre se quedan huérfanas!
- G: Como el tema iba adquiriendo un tono más animado, nuestro joven Simón se interesó en él e intervino en la charla con más energía.
S: A veces me pregunto si, ¿no habrá otra forma para reformar la sociedad en América, distinta a la de hacerle una guerra al imperio español? ¿No hay otro camino posible?
SR: La dependencia de España es un inmenso obstáculo para que la sociedad americana progrese. El yugo colonial es como una ‘vaca muerta atravesada en el camino’ del progreso de América. Tal obstáculo sólo es posible removerlo con la fuerza de todos nosotros los americanos.
S: Maestro, ¿seremos capaces los americanos de romper el yugo del rey de España, de declararnos libres y de fundar nuevas Repúblicas?
- SR: Eso depende de la capacidad de sacrificio y de la constancia que tengan quienes adelanten tal guerra de independencia. Acuérdate que estas dos virtudes son las que caracterizan a los buenos soldados, según Napoleón.
- S: Para librar la guerra de independencia ya contamos con el profundo odio que le tenemos todos los americanos al dominio del imperio español. Además pienso que estamos preparados para soportar derrotas, sufrimientos y hasta perder nuestras riquezas y nuestra vida si fuere necesario. ¿Qué más necesitaríamos para triunfar?
- SR: Es indispensable que toda la población respalde y participe con sus esfuerzos y con sus bienes en la lucha emancipadora. Para ello hay que ganar la voluntad de todas las capas de la sociedad, para así poderlas unir en una guerra contra el imperio. Sin éste requisito, no se conseguirá la victoria de la lucha independentista. Analiza bien y encontrarás que en ésta unión nacional es que se halla la fuerza de Napoleón.
- G: Emocionado por el rumbo que había tomado la conversación, el joven Simón se había colocado de pie y con elevado tono de voz dijo.
S: Maestro, me encuentro dispuesto a librar tal lucha. Me comprometo con tal noble causa, si es necesario bajo la gravedad del juramento.
- SR: Sí, si es necesario que jures. La sagrada causa de la independencia de América así te lo exige.
- G: En este histórico momento, el maestro también se colocó de pie para escuchar al joven.
- S: Juro que nunca reconoceré por gobierno legítimo de mi patria sino a aquel que sea elegido por la libre y espontánea voluntad de los pueblos; y siendo el sistema republicano el más adaptable al gobierno de las Américas, propenderé, por cuantos medios estén a mis alcances, a que los pueblos se decidan por él.
- G: Nuestro joven Simón una vez llegado a la madurez siguió manteniendo a Napoleón en su corazón, pero en forma progresiva lo fue expulsando de su cerebro. En carta al General Páez, de fecha Marzo 26 de 1826, cuando el Libertador rondaba los 43 años, así escribía:
“Yo no soy Napoleón, ni quiero serlo”.
Con lo que abiertamente tomaba distancia del déspota y el tirano en que se había convertido el héroe de sus años juveniles. En el ‘Diario de Bucaramanga’ nos relata De Lacroix, su secretario personal, que un día de 1828, así se expresó el Libertador sobre Napoleón:
“De él hay que aprender el arte de la guerra, el de la política y el de gobernar”.
Para terminar este relato sobre la juventud del Libertador y antes de despedirme de Ustedes, debo dejar constancia que nuestro héroe sólo regresó a Venezuela dos años después de haber hecho el histórico juramento, pero eso sí, de ahí en adelante si se empeñó a fondo en la empresa independentista con la nobleza y fortaleza heredadas de sus antepasados vascos, para ser más preciso, heredadas del señor Aristeguieta. Por supuesto que en el cultivo de la personalidad del insigne caraqueño aportaron notablemente los personajes que desfilaron por esta obra, como doña Hipólita y doña Manuelita -las damas, primero- su maestro Rodríguez y también Bonaparte, el revolucionario. Ahora si, debo irme. No los fatigo más con mis historias y espero poder regresar muy pronto con tan amable público.
Fin de la obra El joven Simón.