¡¡Sólo la lucha nos hará libres!!

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¡Sólo la lucha nos hará libres! Una larga cola de acero
(Historias del FPMR 1984-1988)

Ricardo Palma Salamanca
Ediciones LOM, Colección Septiembre, Primera Edición, diciembre de 2001

A Rodrigo…
Con los libros no se rescata nada, con éste menos. La historia no es más que contarse lo sucedido. No pretendí hacer un análisis del pasado, sólo contar algunas cosas. Que uno hable de un pasado colectivo no significa que sea la única voz o que en su defecto sea como una versión oficial.
Amén…

[Extractos]      Segundo

...Puedo, tal vez, ser un verdadero hijo de puta; sin embargo, nadie podrá sacar de mi cabeza la cantidad de cosas y hechos que fui viendo y sintiendo a lo largo de muchos años. Pero vamos, a los que me estén escuchando, no crean que me arrepiento de algo y no me vengan con el absurdo mecanismo de decirme "pero, ¿lo volverías a hacer?". Las cosas se hacen una sola vez en la vida, lo demás es patraña mímica. Aprender de los errores, ¿para qué? ¿Para que otros no los repitan? Mentira pura, los que vengan se equivocarán con lo suyo, caerán en sus propias catacumbas y acertarán en lo que les corresponde, como nosotros en nuestro tiempo. Alzamos grandes banderas y nos sumergimos en oscuridades llenas de luminosidades. Pero no fue nada en comparación con lo que se está viviendo hoy, yo prefiero seguir siendo el mismo hijo de puta de siempre a que me reconozcan como un aporte al orden obtuso y sistemáticamente lineal. Lo digo de una vez, yo no aporté para nada a la democracia. No, gracias, yo paso de vuestras condecoraciones para héroes póstumos. No me siento parte de vuestro orden, aparte que no me aceptarían, pero eso me da igual. Tengo mis cosas bien asidas, y de ahí no se moverán. Soy un inepto desconocido e intransigente, una basura moderna con todas sus letras y acentos.

Miren ustedes que me escuchan, ahora estoy sentado en un bar de Santiago como en mis viejos tiempos, cuando planificábamos verdaderos actos de sabotaje, conspirábamos y éramos de verdad, vivíamos la vida al día. Afuera ella bullía como una marmita en pleno invierno, no nos atormentábamos con las necesidades humanas, tampoco nos las creábamos. Fuimos de una edad de zepellines y aviones sin alas.

Tengo historias para contar por aquellos que guardaron silencio entre la tierra, por mis conocidos muertos y por aquellos que aún permanecen vivos repartidos por el mundo. Mis camaradas reciclados, los nuevos taxistas de la urbe, los porteros, los nuevos guardias de seguridad del mundo alternativo, los que sienten una íntima y silenciosa verguenza por haber matado a unos cuantos criminalillos, carniceros de tiempo en tiempo.

Ahora vean ustedes, esta gente que bebe sin cesar a mi alrededor, sin premura ni urgencia, no son sino pequeños y minúsculos núcleos del aburrimiento. Trabajan para mantenerse y lo que ganan lo invierten en mantenerse para seguir trabajando. Qué círculo, qué sistema más absurdo aquél: un circuito verdaderamente endemoniado. ¿Quién puede vivir así, digo yo? Pero bien me pudieran decir, de verdad, qué tipo más engreído, que no veo las cosas sino en forma compulsivamente polar. No tienes, me dirían, la capacidad de acceder a otras miradas igualmente válidas. Pues bien, lo aceptaría, siendo que mi capacidad para el diálogo es casi nula y es cierto, las cosas no se entienden sino viviéndolas y más aún, mejor sentirlas que entenderlas.

¿Qué intolerante, cierto? Pero en fin, la vida continúa, diría un optimisma enfurecido. Mientras yo sigo bebiendo cerveza, es cierto, ya no tiene el mismo sabor y así, muchas cosas fueron perdiendo la virtud de su importancia. Aún no entiendo qué fue lo que pasó; no sé si yo me fui decolorando con el tiempo o el tiempo lo hizo a mi alrededor. La cárcel, los muertos, los devenidos soplones, los que al final se fueron cansando no lo dejan a uno de igual manera ¿no? Nos vamos por ahí viviendo cosas sin dejar de ser lo que fuimos. Cada día nos morimos un poco más. Pero qué va.

Conocí gente verdadera, rebeldes de otros tiempos, piratas reencarnados bajo una época de luces y colores intransables. También fui accediendo a mi propia historia, mi relato particular. Reconocía mi supuesto origen a través de los demás. Hacíamos de los días una cosa única, irreemplazable, una proeza con sus propias desgracias. Pero vamos, no me confundan, que no quiero aparecer como el viejo tercio que añora sus tiempos pasados y convierte su narración en una constante rememoración melancólica. Nuestro tiempo se nos fue, el de muchos, el mío en particular. Pero ¿qué importa? A veces las historias valen más por sus hechos que por sus intentos y objetivos. Son más bellas por sus actos que por sus consagraciones. Realizar el sueño utópico resulta, en oportunidades, algo decepcionante y vale más, en estos casos, el intento de algo que su concreción. Este es mi ínfimo acercamiento discursivo.

… Mi enflaquecido país, es cierto, Chile hambriento de una identidad extraña, irreconocible, constituida paso a paso por salvajes hablando de una trilogía moderna entre el poder de la tierra y tratados jurídicos infalibles, dominativos y ampulosos. Mi paisito, desangrado por verguenza, muerto en su imagen de resistencia fecunda y atrapado en una lengua sin dios, despertando siempre después de la masacre, tarde ya para rellenar esos vacíos que nadie quiso mirar. Siempre alzado a medias, inconcluso, moderado y negociante; ah, mi paisito, bella copia feliz de cualquier cosa… ¿Tal vez habría que hacer algo, no?

…Aquella tarde de la reunión, ellos se dieron a conocer como miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Quedamos de acuerdo para un próximo encuentro, en el cual les daríamos una respuesta, luego de todo lo charlado. Ellos asistieron porque nosotros se lo pedimos, lo que significaba que no nos estaban rogando nada, al contrario, era de nosotros la responsabilidad de aceptar ingresar a dicho grupo que nacía en silencio de palabras pero con ruido de actos.

…Esa noche sellamos la entrada al cambio definitivo de nuestras vidas. Ese tipo de decisiones pasan como intranscendentes cuando se definen y sólo en el futuro comienzan a ser pensadas con más cautela y armonía.

Salimos del bar al amanecer. Yo llevaba a Barza de los hombros, sosteniéndolo y Lara iba despejando el camino hacia nuestra casa. Dentro de dos días teníamos la cita con el bigotón y su acompañante, que sería en casa de Lara, y en esa reunión le notificaríamos nuestra decisión final para integrarnos como militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

Comenzaba marzo del año 1984 y Chile era un pequeño y mal logrado campo de batalla con un solo ejército, destripando a unos cuantos sublevados de antaño y a otros que se sumaban bajo el nombre de Rodríguez. También estaban los del medio, los infaltables repudiadores, los dispuestos al negocio y el trato, los estrategas de palabras y promesas. Aquellos, en buenas cuentas, son los que se llevan la mejor parte, eso es casi siempre así. Los sublevados no eran la continuidad de nada, sólo la consecuencia de un vacío. Esa era la cartografía política de aquel tiempo. Unos tratando de llevar a los hambrientos hacia una guerra mediatizada por las moralidades y justezas, y otros, sólo una pandilla de híbridos, tratando de marchar hacia la amistad y buenaventura con aquel ejército de pirañas y sepultureros.

De aquella noche en adelante ya seríamos parte de los blancos humanos de ese ejército desollador. Nadie lo había pensado de esa manera, es más, todos nos sentimos tremendamente grandes y henchidos con el espíritu romántico que nos recorría. Era la historia, sólo eso, la historia.

Todos nosotros nos conocimos en la universidad pero ninguno era militante de algún partido político. Nuestro interés comenzó cuando empezamos a escuchar rumores sobre un grupo que estaba naciendo y que su método fundamental era el ser radical. En ese tiempo el ser radical se definía por oposición, es decir, lo contrario a ser un iluso imberbe que se sentaba frente a una turba de uniformados gritando "no a la violencia", mientras los reventaban a palos como era la costumbre. Qué vicio aquel.

Nosotros tres manteníamos largas conversaciones en los patios de la universidad debatiendo que aquél método era como un diálogo de ineptos, de sordos contra una bestia ciega. Poco a poco nos fuimos definiendo, sin más herramientas, en mi caso y el de Lara, ya que Barza estructuraba un gran discurso para definir su postura muy bien argumentada, para asumir que a la dictadura sólo se le podía hacer frente con los mismos medios. Razonamientos bastantes precarios y rudimentarios, más bien era la primera respuesta que podíamos tener.

Fue un día cualquiera que, sorprendidos del original nacimiento de dicho grupo, nos nació un súbito deseo de conocerlos. Aquellos sujetos, en menos de un día, habían dejado a casi todo mi paisito sumido en la oscuridad de la noche. Mediante un gran apagón fueron despertando en nosotros algo parecido a la esperanza, digo, la esperanza porque ya pensábamos que íbamos a ser fagocitados por la desidia y el aburrimiento de seguir, eternamente, soportando los caprichos sanguinarios de nuestro tiranuelo.

Es cierto, eran tiempos convulsionados, tormentosos y veloces, donde parecía que la vida era como un ramo de rosas que jamás se apagaría por completo, cada mañana poseía un sentido diferente, completamente distinto al día anterior. Marchas por doquier y manifestaciones de toda índole. Todo se politizaba, todo caía bajo el velo de dicha relación, uno pensaba: si esto no cambia, el mundo se vendrá abajo y yo no me quedaré fuera de ese viaje. Eso sí era vida, llena de atajos hacia una misma dirección, con miles de puestos donde descansar y mirar las estrellas. Qué importaba el futuro, qué importaba la victoria o la derrota. La vida poseía un sentido innato y no había que proceder a la engorrosa tarea de asignarle de manera azarosa un sentido dudoso y muchas veces ingrato. Hoy no podría decir que todo pasado fue eternamente más bello. Si hay algo que logré reconocer y conocer en mi precario y voluptuoso universo experiencial, fue el espanto y el terror que por momentos se puede adueñar de la vida por completo. Ninguno de nosotros tres fue el mismo luego de la última reunión con aquellos dos.

(Continuará)


¡Sólo la lucha nos hará libres!