A Rodrigo…
Con los libros no se rescata nada, con éste menos. La historia no es más que contarse lo sucedido. No pretendí hacer un análisis del pasado, sólo contar algunas cosas. Que uno hable de un pasado colectivo no significa que sea la única voz o que en su defecto sea como una versión oficial.
Amén…
[Segundo Extracto]
...Por esos días yo debía asistir a eso que denominaron instrucción. En particular no tenía conocimiento alguno de cómo se tenía que enfrentar una situación como ésa. Nunca estuve muy de acuerdo con ver las cosas de manera militarizada, pero bueno, si había que asumir por momentos dicha actitud no lo veía del todo errado; en el fondo ejercían cierta seducción. Ser soldado de una causa es algo que para muchos cautiva. Para mí, en tanto no encontraba las verdaderas causas de mi compromiso, la verdad es que jamás estaría de acuerdo con el delgado en aquello de la patria. Por el momento, como ya lo había dicho, no le discutiría, pero ya llegaría el momento de hacerlo. Cierto, pasaron bastantes años para darme cuenta de lo que me había llevado a ser un miembro del Frente.
Poco a poco el delgado se fue convirtiendo en nuestro superior inmediato, así lo asumimos casi de manera automática. La autoridad es una creencia como cualquier otra y sólo depende de saber reconocer ciertas aptitudes en otros que nosotros no tenemos. Como el Frente era particularmente una máquina de acción, había que reconocer a los hombres que mejor sabían hacer ese tipo de cosas, después de todo era quienes velaban por nuestras vidas cuando la echábamos a correr por la pista del peligro. Fue así como rápidamente escuchábamos muy atentos cada palabra sin discutir ni ponerla en duda. El riesgo a uno lo hace ubicarse en zonas del entendimiento que otros fenómenos de la vida no pueden.
Hay que saber hacer las cosas, repetía siempre el delgado, y seamos disciplinados, aquello era como un rezo axiomático. Vaya, eso sí que había que aprender, sobre todo en mi caso, que jamás había hecho algo que no fuera bajo mi propia manera de realizarlo. Tal vez eso fue una de las cosas que más costos tuvo para mí. Para Lara era lo contrario, fue siempre metódica. Para Barza no había problema ya que con un fundamento político, como lo llamaba él, todas las situaciones cursan por un método claro y preciso. Era una forma un tanto técnica de ver las cosas, y más tarde lo pude comprobar en carne propia; al parecer todos y cada uno de nosotros era parte de una arquitectura histórica. Una máquina reproductora de experiencias.
Salí de la casa algo confundido y arrepentido por el trato que le había dado. En verdad, ella no podía responder por mi nerviosismo e indecisión, ni menos aún por mi futuro que lentamente se ennegrecía como el ojo de una tormenta sin rumbo. Me fui caminando y pensando. Revisé mis bolsillos y constaté que tenía 300 pesos y algo más, iba con un abrigo en mi mano y vestido como todos los días, ni siquiera con algo de comer, lo justo siempre a mano, era mi dicho, cosa que más tarde se me hizo un mal y ponzoñoso hábito de vida.
Había quedado de juntarme con Barza y Lara para que llegáramos juntos al lugar del encuentro. Tomé el microbús que a esa hora iba casi vacío porque era sábado. Me senté en el último asiento, pegado a la ventana.
A esa hora de la mañana los cerros de Valparaíso se notan algo olvidados, alejados de ruido y personas, más aún si el día está nublado, pero en rigor es un olvido pegajoso que hunde las calles en los desperdicios del día anterior como si esos pequeños rastros fueran la identidad de los próximos que vendrían a pisar esas calles. Después de todo, Valparaíso tiene un aire desmejorado y algo turbio, un aire como de poco tiempo, de pocas cosas y mucha gente, demasiada creo yo para tan renombrado trozo de tierra a la orilla del mar.
Teníamos curiosidad por lo que vendría a corto plazo. ¿Conoceríamos el gran arsenal de estos hombres sublevados? No nos imaginábamos otra cosa sino grandes recursos bélicos y humanos, imaginábamos a nuestros instructores como tremendos hombres vestidos en tono de combate y con grandes insinuaciones rudas, curtidas por una guerra inimaginable, certeramente serios y casi sin facciones, hombres, para decirlo bien, dispuestos a morir sin decir nada, sólo con la obsesión de una idea legitimada por ella misma y su tiempo.
-Está todo listo- nos dijo, como si ya fuera parte de los planes organizativos de todo ese festival-, en cinco minutos pasa el microbús para Quilpué.
-¿Quilpué? -pregunté con asombro.
-Sí ¿cual es el problema?
-Ninguno -dije-, sólo me imaginaba otra cosa que ir a instruirnos a la mejor ciudad dormitorio de la Quinta Región.
Recorrimos cerca de media hora y nos bajamos a la entrada de un camino de tierra. Comenzamos la caminata con el bigotón a la cabeza y todos nosotros tras él como buenos seguidores de la ruta del señor.
Recuerdo caminar, caminar y caminar sin llegar a ningún lado. Cada media hora nos deteníamos y descansábamos a la orilla del camino. En un momento el bigotón hace una seña para que lo sigamos por un sendero alternativo al camino principal. Yo ya no tenía fuerza alguna para seguir en medio de ese desolado paisaje campestre. Maldije a Mirta mil veces y a su puta ninfomanía que me estaban dejando en la ruina física, aquello no tenía sentido, yo, un muchacho de veintiún años ya no podía seguir caminando por causa del apetito furioso de una hembra que lo único que sabía era fornicar y fornicar sin otro objetivo que no fuera el desnudo placer.
-Bueno compañeros, han llegado al lugar de la primera escuela "Manuel Rodríguez". De ahora en adelante habrá una disciplina que nos permitirá afrontar con éxito nuestro desafío. Las clases comenzarán hoy en la noche y terminarán el domingo por la tarde, el responsable de la escuela soy yo, el segundo es él (apunta con su dedo al delgado) y el tercer responsable es él (con su otro dedo apunta al gordo); además seremos sus instructores, ahora el compañero les dirá el itinerario que hemos programado para la jornada.
La violencia camaradas, es una pelota con muchas caras, cuando se le utiliza se debe estar dispuesto a soportar sus contracciones. Es un perro de mil colmillos dispuestos desordenadamente. Algunos han querido sistematizarla mediante leyes, descubrir su orden interno, fragmentarla en partes administrables, verle su racionalidad, su economía, la instrumentalización con fines determinados por el tiempo. Utilizamos la violencia, la ejercimos contra los invocadores de ella. Moralizamos nuestra violencia, le inventamos una legitimidad, con ello, también, tratamos de domesticarla. Le dimos un apellido, acariciamos al perro de mil colmillos, se los afilamos. Le hacíamos cariño cada atardecer.
No perdimos tiempo en entenderla ni analizarla, ver su pequeña genealogía, su vuelo rapaz de perro alado, nos condenaban al infierno por ello, desayunábamos con satanás y sus criaturas. Soñábamos el porvenir, nuestras vidas proyectadas, éramos videntes. Por ejemplo, yo soñé todo mi futuro en una noche, mientras dormía vivía mi vida en otro tiempo; lo que vendría no sería sino sólo cuestión de espera. Nos sabíamos, teníamos conciencia, frágil y astillada, de cómo serían cada uno de nuestros días, vivíamos por anticipado. Con el porvenir en nuestros bolsillos, en nuestras pistolas, no dejamos de intranquilizarnos. Acabamos con unos cuantos rufianes, los dejamos tendidos en el piso del gran Santiago. La prepotencia se les devolvía, queríamos acabar con todos ellos pero no pudimos, cuestión de tiempo simplemente. Una época. Nos dimos la posibilidad de determinar el final de sus vidas.
El miércoles el delgado discurrió en el escenario político, la incidencia de un elemento catalizador para la movilización popular y muchas otras cosas más. Nos relató una breve reseña de los pilares estratégicos de lo que supuestamente era el eje ordenador del accionar del Frente. Aquello era la Sublevación Nacional como el único método posible para derrotar a la dictadura. Según lo que pude entender era algo así como "un todos juntos ahora de la mano y sonrientes" toda su patria en la calle, todo su pueblo pidiendo y combatiendo. ¿Y todo por qué? Porque nosotros lo habríamos de posibilitar de esa forma. Según el delgado todas las formas de lucha eran válidas para ello, desde un pedo hasta la bomba atómica. No sé, a mí me parecía algo iluso, ¿qué me dictaba aquello? Nada más que la nociva intuición. Entonces para mí el ejército de hambrientos ya era cosa de mi imaginación. Era pues, todo Chile buscando el gol. Traté de imaginar dicha situación pero me fue imposible, no podía concebir o ficcionar aquello, el solo hecho de pensar a todo el mundo en ésa me resultaba repulsivo y a la vez deprimente. Una revolución, pensaba yo, era cosa de los hambrientos y los insatisfechos, de los aburridos y marginados. En suma era un problema del estómago y de la cultura.
Llegó el momento de abordar el microbús del infierno como más tarde le pusimos. Primero subió Lara y luego yo que pagué los boletos por ambos, atrás venía el delgado y Barza que supuestamente venían separados de nosotros dos. El microbús se desplazaba casi vacío a esa hora, lo que mejoraría las posibilidades de que nadie saliera con alguna quemadura innecesaria. No pasaron ni diez minutos y se acercaba a la arteria en donde debíamos proceder a incendiar el aparato. Era una avenida central. El delgado como responsable debía dar la señal.
Sólo alcancé a ver el fuego del revólver. Una llamarada fugaz que salía inundando el espacio. Lara saltó como un conejito por la puerta escapando junto a Barza. Estaba por salir en medio de los estruendos infernales y de pronto siento un fuerte calor a la altura de mi pelvis que me dejó tirado sin poder moverme sobre el piso metálico bañado de gasolina. Qué es esto, pensaba, me estaré muriendo y en un momento sentí la bota del paco encima de mi rostro y apuntándome me decía: ¡Cagaste hijo de puta!
Los siguientes cuatro meses de mi existencia los pasé en una cárcel junto a otros que estaban por causas similares a las mías. Aquella jornada no sublevamos a nadie a pesar de que a los otros rodriguistas les había ido bien en sus actividades. Raramente la gente se acuerda de ese día, en tanto para mí no fue un día más.