I. El origen de la lucha de clases en Chile
La emancipación de la corona española, su carácter y contenido.
Un poco más de una década nos falta para cumplir los 200 años desde que nuestro país se independizó del coloniaje español. Nadie puede asegurar desde cuándo comenzó a labrarse el sentimiento de un pueblo diferente, un pueblo con su propia identidad. Son múltiples los acontecimientos, fenómenos y hechos que rodean este cambio trascendental en el origen de nuestra patria; se vive toda una época nacional e internacional convulsa. El famoso "siglo de las luces" y sus "enciclopedistas" del siglo XVII, por muy europeo que fuera en su origen, llegó hasta las Américas en los espíritus de los hijos de ilustres educados en la cuna de las nuevas corrientes. Quizás allí nace nuestro eurocentrismo ideológico que tanto fustigó Mariátegui. La independencia de los EE.UU. (1776) con su influyente primera Constitución. La Revolución Francesa (1789) y su famosa trilogía de "libertad, igualdad y fraternidad" con toda su carga en los intelectuales y luchadores de la época.
La Primera Junta de Gobierno (1810 - 1811) no proclamó tácitamente la idea de la independencia y sólo pretendía "nacionalizar" el gobierno reafirmando su lealtad al rey. Las ideas de independencia que se venían forjando desde fines del siglo anterior no eran predominantes en la clase alta dirigente del proceso. Estas aspiraciones de independencia total de la corona, siendo en esencia justas y como parte de todo un proceso regional, se consolidaron en cortos años. Al finalizar la llamada Patria Vieja con la Reconquista española (1814 - 1818) la independencia era ya un proceso irreversible.
No fue pura casualidad el que la Primera Junta Nacional de Gobierno tomó como primeras medidas la libertad de comercio, la creación de nuevos cuerpos militares y la convocatoria para elecciones de un congreso nacional. Y si éstas fueron entre otras las primeras medidas, es de sentido común que se dictaron para solucionar problemas o contradicciones preexistentes. Una medida económica, una militar y la otra política, como hechas para respaldar la multicausalidad de los procesos sociales. Apenas 450 personas participan en el cabildo abierto que elige a la primera Junta de Gobierno, asisten importantes comerciantes, jefes de familias acaudaladas y de renombre, terratenientes, militares de alta graduación y prelados de las órdenes religiosas. A esas alturas del desarrollo de la sociedad colonial ya existía una clase social cuyos intereses habían entrado en contradicción con la metrópolis española. Si la autodeterminación, como idea fuerza socio-política, era una aspiración genuina de sentirse capaces de gobernarse por sí mismos, no menos fuerte fue la determinante necesidad política y económica de hacer negocios por sí mismos.
Es la clase dirigente la gestora y la beneficiada directamente con los cambios operados. Para el campesino común o artesano, consciente o no del papel que jugaba, el triunfo tuvo más sentido y resultado en el plano subjetivo que en el cambio material de sus condiciones de vida. Con la revolución por la independencia no cambia en esencia el diseño socio-económico heredado. Cambió el gobierno, su estructura, su forma. Tal vez asistimos al primer cambio de forma y contenido del gobierno, donde se mantiene la "esencia" en relación con la estructura económica, al carácter de clase de la sociedad. No cambian las relaciones de producción entre los individuos que le daban cuerpo al modelo económico. ¿Qué ganó el inquilino, el peón, el minero, el artesano y su aprendiz?. Seguramente se ganó el derecho a empuñar un fusil en cada oportunidad que la clase dirigente lo convocase. ¿Pero quién puede desestimar el profundo impacto y trascendencia que tuvo para ese presente y para el futuro de todos esos hombres ese cambio político?
Por su carácter popular, por las formas de desarrollar el enfrentamiento contra las fuerzas coloniales invasoras, Manuel Rodríguez y sus tropas de campesinos son uno de los pasajes históricos en los cuales se fundamentan valores morales de dignidad a levantar por los desposeídos en las más complejas circunstancias. Estas experiencias se repetirían por otros líderes populares en las guerras civiles que se dieron en 1851 y 1859.
Es coherente con el grado de desarrollo de la sociedad de aquel entonces, que los sectores populares no poseían la "conciencia y organización suficiente como clase trabajadora". Lo que no cabe duda es que su actuación fue fundamental en esas luchas, y que pasadas las contiendas, en nada cambió su forma de vida. Podríamos teorizar en que si es allí donde nace una tendencia a la contribución de importantes sectores populares en batallas decisivas -independientes de su carácter-, a todo lo largo de la historia del país y que pasado el acontecimiento, esos sectores quizás apenas reciban demagógicas lisonjas por su participación o vanas promesas de un mejor vivir.
Las colonias viven todo un período de liberación (1810 - 1824), España, para ese entonces un imperio colonial decadente, emplea todas sus fuerzas para evitar el curso de los procesos sociales. Es imposible concebir el éxito de esas luchas en un contexto diferente al de casi toda la América española insurrecta. Truncas quedaron las aspiraciones bolivarianas de una "patria grande" -que nunca se planteó como un solo estado-nación sino como una federación de repúblicas- de infinita mayor fuerza y posibilidades futuras. Si esa aspiración existió, fue gracias a mujeres y hombres con un pensamiento adelantado a su tiempo y con un altruismo y solidaridad propio de los espíritus moldeados por el rigor, el sacrificio y por el riesgo permanente de exponer la vida en largos años de guerras. Pudieron más los nacionalismos estrechos que, entre otras razones, son propios del invididualismo de los que mucho tienen que perder cuando se trata de participar en riesgosos y costosos procesos revolucionarios, nacionalismo cultivado y estimulado por expectativas de grandes réditos económicos ocultos tras un distorsionado simbolismo de patria. Nuestra clase dirigente fue pródiga en estos intereses mezquinos.
Carecemos de antecedentes y estudios suficientes como para asumir bandos entre los patriotas que en ese entonces enfrentaron la lucha. Es indiscutible que nuestra patria nace políticamente dividida. La ausencia de la unidad en sectores con similares aspiraciones tal vez fue una de las causas de los ocho años de guerra, de miles de muertos, de cientos de sacrificios innecesarios. Conspiraciones, asesinatos, ambiciones mezquinas, infamias, tratados que traicionan la lucha, son también rasgos de esta gesta. Después de casi 200 años, difícilmente se podrán encontrar responsables de aquellos dramas, no obstante resulta imprescindible acercarse lo más posible a nuestras verdaderas raíces, caiga quien caiga de los héroes venerados por la historia tradicional. Lo que hoy no se puede obviar, es que estos mismos fenómenos nos acompañarán a lo largo de todas nuestras luchas.
La independencia latinoamericana no fue un accidente fortuito como consecuencia de las acciones de Napoleón en Europa. La caída del monarca español fue un catalizador de una revolución que tarde o temprano se iba a precipitar. Esto no impide constatar la profunda influencia internacional de tan magnos acontecimientos que se dieron en toda la región en aquellos tiempos de navegación a vela. Cuba y Puerto Rico fueron la excepción a la regla de la emancipación simultánea. Treinta años de una guerra devastadora (1868 - 1898) le costó a Cuba ser la excepción; no fue hasta 1902 que obtuvo una independencia mediatizada por la intervención norteamericana. El costo para Puerto Rico fue mayor, hasta hoy sigue siendo una colonia. No es aventurado señalar por tanto, la imperiosa necesidad de la internacionalización de los procesos revolucionarios en los tiempos de la cibernética y de la "aldea global". El pueblo cubano lleva cuarenta años pagando un altísimo costo por ser otra vez una excepción.