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PUBLICACIONES
Cuadernos de Formación
Ediciones Rodriguistas, Nuevas Ideas Primera Edición, 2003
Selección de Textos Marxistas
INTRODUCCION
En el Rodriguismo promovemos una concepción de educación que con respecto a los aspectos teóricos considera necesario entregar a la militancia herramientas, conceptos y elementos con el objetivo de realizar mejores análisis de la realidad, sintetizados luego en posición política y un quehacer concreto.
Nuestra construcción política y orgánica la emprendemos en un contexto nacional e internacional complejo y todavía adverso para las ideas progresistas, por lo que resulta importante para nosotros fortalecer el pensamiento político rodriguista con los elementos teóricos que son fruto y aporte de la experiencia revolucionaria de la humanidad desde hace por lo menos 150 años.
Como rodriguistas hemos adoptado el marxismo leninismo como herramienta de análisis y construcción política. Propugnamos la misma concepción de Marx, Engels o Lenin respecto a la teoría, quienes la entendían como una guía para la acción, la palanca que pone en movimiento a las masas, que nos señala las tareas generales que se modifican necesariamente con la situación económica y política concreta de cada fase específica del proceso histórico. No existen revoluciones en general, sólo existen revoluciones particulares, adaptadas a las condiciones de cada país en cada continente.
Esta selección de textos está hecha con el propósito de introducirnos a las tesis fundamentales del marxismo y a una concepción del mismo como herramienta del movimiento popular, por completo ajena a interpretaciones dogmáticas y oportunistas.
Respecto al contenido de los textos algunas observaciones: las ideas centrales sobre el “Manifiesto Comunista” están bien resumidas en los prólogos presentados; la “Carta a Annenkov” y el “Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política” son de las escasas y más completas síntesis explícitas de Marx sobre el materialismo histórico o concepción materialista de la historia en palabras de Engels.
1) LENIN: Las tres fuentes y tres partes integrantes del Marxismo (1913).
La doctrina de Marx suscita en todo el mundo civilizado la mayor hostilidad y el mayor odio de toda la ciencia burguesa (tanto la oficial como la liberal), que ve en el marxismo algo así como una “secta nefasta”. Y no puede esperarse otra actitud, pues en una sociedad erigida sobre la lucha de clases no puede haber una ciencia social “imparcial”. De un modo u otro, toda la ciencia oficial y liberal defiende la esclavitud asalariada, mientras que el marxismo ha declarado una guerra implacable a esa esclavitud. Esperar una ciencia imparcial en una sociedad de esclavitud asalariada, sería la misma pueril ingenuidad que esperar de los fabricantes imparcialidad en cuanto a la conveniencia de aumentar los salarios de los obreros, en detrimento de las ganancias del capital.
Pero hay más. La historia de la filosofía y la historia de las ciencias sociales enseñan con toda claridad que no hay nada en el marxismo que se parezca al “sectarismo”, en el sentido de una doctrina encerrada en sí misma, rígida, surgida al margen del camino real del desarrollo de la civilización mundial. Al contrario, el genio de Marx estriba, precisamente, en haber dado solución a los problemas plantados antes por el pensamiento avanzado de la humanidad. Su doctrina apareció como continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.
La doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta. Es completa y armónica, dando a los hombres una concepción del mundo íntegra, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el sucesor natural de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.
Vamos a detenernos brevemente en estas tres fuentes del marxismo, que son, a la vez, sus tres partes integrantes.
I
La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y especialmente a fines del siglo XVIII, en Francia, donde se libró la batalla decisiva contra toda la basura medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el materialismo demostró ser la única filosofía consecuente, fiel a todas las teorías de las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la beatería, etc. Por eso, los enemigos de la democracia trataban con todas sus fuerzas de “refutar”, de minar, de calumniar el materialismo, y defendían las diversas formas del idealismo filosófico, que se reduce siempre, de un modo o de otro, a la defensa o al apoyo de la religión.
Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron reiteradas veces el profundo error que significaba todo cuanto fuera desviarse de él. Donde con mayor claridad y detalle aparecen expuestas sus opiniones, es en las obras de Engels Ludwig Feuerbach y Anti-Dühring, que –al igual que el Manifiesto Comunista- son libros que no deben faltar en las manos de ningún obrero consciente.
Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que llevó más lejos la filosofía. La enriqueció con adquisiciones de la filosofía clásica alemana, especialmente del sistema de Hegel, que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. La principal de estas adquisiciones es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, más profunda y más exenta de unilateralidad, la doctrina de la relatividad del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en constante desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales –el radio, los electrones, la transformación de los elementos- han confirmado de un modo admirable el materialismo dialéctico de Marx, despecho de las doctrinas de los filósofos burgueses, con sus “nuevos” retornos al viejo y podrido idealismo.
Marx profundizó y desarrolló el materialismo filosófico, lo llevó a su término e hizo extensivo su conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una conquista formidable del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad, que hasta entonces imperaban en las concepciones relativas a la historia y a la política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo de un tipo de vida social se desarrolla, en virtud del crecimiento de las fuerzas productivas, otra más alta, cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.
Del mismo modo que el conocimiento del hombre refleja la naturaleza, que existe independientemente de él, es decir, la materia en desarrollo, el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas opiniones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.) refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, cómo las diversas formas políticas de los Estados europeos modernos sirven para reforzar la dominación de la burguesía sobre el proletariado.
La filosofía de Marx es el materialismo filosófico acabado, que ha dado una formidable arma de conocimiento a la humanidad, y sobre todo, a la clase obrera.
II
Una vez hubo reconocido que el régimen económico es la base sobre la que se alza la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de este régimen económico. La obra principal de Marx, El Capital, está consagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, de la sociedad capitalista.
La economía política clásica anterior a Marx se había formado en Inglaterra, en el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo sentaron en sus investigaciones del régimen económico los fundamentos de la teoría del trabajo, base de todo valor. Marx prosiguió su obra, fundamentando con toda precisión y desarrollando consecuentemente esa teoría, puso de manifiesto que el valor de toda mercancía lo determina la cantidad de tiempo socialmente necesario invertido en su producción.
Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de unas mercancías por otras), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el lazo establecido por mediación del mercado entre los distintos productores. El dinero indica que este lazo se hace más estrecho, uniendo indisolublemente en un todo la vida económica de los distintos productores. El capital significa un mayor desarrollo de este lazo: la fuerza de trabajo del hombre se transforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de la fábrica o de los instrumentos de trabajo. Una parte de la jornada la emplea el obrero en cubrir el coste del sustento suyo y de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.
La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la doctrina económica de Marx.
El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina al pequeño patrono y crea un ejército de parados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte enseguida, pero también en la agricultura nos encontramos con ese mismo fenómeno: aumenta la superioridad de la gran agricultura capitalista, crece el empleo de maquinaria, la hacienda campesina cae en las garras del capital financiero, languidece y se arruina bajo el peso de la técnica atrasada. La decadencia de la pequeña producción reviste en la agricultura otras formas, pero esta decadencia es un hecho indiscutible.
Al aplastar a la pequeña producción, el capital hace aumentar la productividad del trabajo y crea una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social –cientos de miles y millones de obreros son articulados en un organismo económico coordinado-, mientras que el producto del trabajo común se lo apropia un puñado de capitalistas. Crecen, la anarquía de la producción, las crisis, la loca carrera en busca de mercados, la escasez de medios de subsistencia para las masas de la población.
Al aumentar la dependencia de los obreros respecto al capital, el régimen capitalista crea la gran potencia del trabajo asociado.
Marx va siguiendo la evolución del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más altas, hasta la gran producción.
Y la experiencia de todos los países capitalistas, tanto de los viejos como de los nuevos, hace ver claramente cada año a un número cada vez mayor de obreros la exactitud de esta doctrina de Marx.
El capitalismo ha vencido en el mundo entero, pero esta victoria no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital.
III
Cuando el régimen feudal fue derrocado y vio la luz la “libre” sociedad capitalista, enseguida se puso de manifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación de los trabajadores. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, comenzaron inmediatamente a surgir diversas doctrinas socialistas. Pero el socialismo primitivo era un socialismo utópico. Criticaba a la sociedad capitalista, la condenaba, la maldecía, soñaba con su destrucción, fantaseaba acerca de un régimen mejor, quería convencer a los ricos de la inmoralidad de la explotación.
Pero el socialismo utópico no podía señalar una salida real. No sabía explicar la naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, ni descubrir las leyes de su desarrollo, ni encontrar la fuerza social capaz de emprender la creación de una nueva sociedad.
Entretanto, las tormentosas revoluciones que acompañaron en toda Europa, y especialmente en Francia, la caída del feudalismo, de la servidumbre de la gleba, hacían ver cada vez más palpablemente que la base de todo el desarrollo y su fuerza motriz era la lucha de clases.
Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal fue alcanzada sin desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre, más o menos democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.
El genio de Marx está en haber sabido deducir de ahí y aplicar consecuentemente antes que nadie la conclusión implícita en la historia universal. Esta conclusión es la doctrina de la lucha de clases.
Los hombres han sido siempre en política víctimas necias del engaño de los demás y del engaño propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a discernir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los partidarios de reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de unas u otras clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en al misma sociedad que nos rodea, educar y organizar para la lucha a los elementos que pueden –y, por su situación social, deban- formar la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo.
Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que han vegetado hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proletariado en el régimen general del capitalismo.
En el mundo entero, desde Norteamérica hasta el Japón y desde Suecia hasta el Africa del Sur, se multiplican las organizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y se educa manteniendo su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, adquiere una cohesión cada vez mayor, aprende a medir el alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresistiblemente.
Publicado con la firma de V.I. Lenin. en marzo de 1913. Número 3 de la revista Prosveschenie.
2) MARX: Carta a ANNENKOV, del 28 de diciembre de 1846, Obras escogidas, t. II
“¿Qué es la sociedad, cualquiera que sea su forma? El producto de la acción recíproca de los hombres. ¿Pueden los hombres elegir libremente esta o aquella forma social? Nada de eso. A un determinado nivel de desarrollo de las facultades productivas de los hombres corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, del comercio, del consumo, corresponden determinadas formas de constitución social, una determinada organización de la familia, de los estamentos o de las clases; en una palabra, una determinada sociedad civil. A una determinada sociedad civil corresponde un determinado Estado político, que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil...
Huelga añadir que los hombres no son libres árbitros de sus fuerzas productivas -BASE de toda su historia -, pues toda fuerza productiva es una fuerza adquirida, producto de una actividad anterior. Por tanto, las fuerzas productivas son el resultado de la energía práctica de los hombres pero esta misma energía se halla determinada por las condiciones en que los hombres se encuentran colocados, por las fuerzas productivas ya adquiridas, por la forma social anterior a ellos, que no han creado y que es producto de la generación anterior. El simple hecho de que cada generación posterior se encuentre con las fuerzas productivas adquiridas por la generación precedente, que le sirven de materia prima para la nueva producción, crea en la historia de los hombres una conexión, crea una historia de la humanidad que es tanto más la historia de la humanidad por cuanto las fuerzas productivas de los hombres, y, por consiguiente, sus relaciones sociales, han adquirido mayor desarrollo. Consecuencia obligada: la historia social de los hombres no es nunca más que la historia de su desarrollo individual, tengan o no ellos mismos la conciencia de ello. Sus relaciones materiales forman la BASE de todas sus relaciones... (pp. 446-447).
3) MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA (capítulos primero y segundo) .
Prologo a la edición alemana de 1872 (extracto)
La “Liga de los Comunistas”, organización obrera internacional, que en las circunstancias de la época –huelga decirlo- sólo podía ser secreta, encargó a los abajo firmantes, en el Congreso celebrado en Londres en noviembre de 1847, la redacción de un detallado programa teórico y práctico, destinado a la publicidad, que sirviera de programa del partido. Así nació el manifiesto que se reproduce a continuación y cuyo original se remitió a Londres, para su impresión, pocas semanas antes de estallar la revolución de Febrero (la de 1848, Francia)…
…Por mucho que durante los últimos veinticinco años hayan cambiado las circunstancias, los principios generales desarrollados en este Manifiesto siguen siendo exactos, en lo sustancial. Sólo habría que retocar algún que otro detalle. Ya el propio Manifiesto advierte que la aplicación práctica de estos principios dependerá, en todas partes y en todo tiempo, de las circunstancias históricas existentes, razón por la cual no se hace especial hincapié en las medidas revolucionarias propuestas al final del capítulo II. Si hubiéramos de formularlo hoy, este pasaje presentaría en muchos aspectos un tenor distinto. El programa que aquí se esboza ha quedado a trozos anticuado, por efecto del inmenso desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos veinticinco años, con los consiguientes progresos alcanzados en punto a la organización del partido de la clase obrera y por efecto de las experiencias prácticas de la revolución de Febrero en primer término, y sobre todo de la Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el Poder Político en sus manos por espacio de dos meses. La Comuna ha demostrado, sobre todo, que “la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque poniéndola en marcha para sus propios fines”… *
Karl Marx, Friedrich Engels
* El pensamiento de Marx y Engels consiste en que la clase obrera debe destruir, romper la “máquina del Estado” existente, y no limitarse simplemente a apoderarse de ella.
Prologo a la edición alemana de 1883
Desgraciadamente, al pie de este prólogo a la nueva edición del Manifiesto ya sólo aparecerá mi firma. Marx, el hombre a quien la clase obrera de toda Europa y América debe más que a hombre alguno, descansa en el cementerio de Highgate, y sobre su tumba crece ya la primera yerba (Marx murió en Londres el 14 de marzo de 1883). Muerto él, sí que ya no puede ni hablarse de revisar ni adicionar el “Manifiesto”. En cambio, créome obligado, ahora más que nunca, a consignar, aquí una vez más, para que quede bien sentado, lo siguiente:
La idea cardinal que inspira todo el “Manifiesto”, a saber: que la producción económica y la estructuración social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica, constituye la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época; y que, por tanto, toda la historia de la sociedad, desde la disolución del régimen antiquísimo de propiedad colectiva sobre el suelo, ha sido una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, pero que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx.*
Y aunque ya no es la primera vez que lo hago constar, me ha parecido oportuno dejarlo estampado aquí, a la cabeza del “Manifiesto”.
Londres, 28 de junio de 1883.
F. Engels.
* “A esta idea –añade en el prólogo a la traducción inglesa-, que en mi opinión está llamada a inaugurar en la ciencia histórica el mismo progreso que la teoría de Darwin llevó a las ciencias naturales, nos habíamos acercado ya poco a poco, varios años antes de 1845. Mi obra sobre “La situación de la clase obrera en Inglaterra” revela los progresos hechos por mí personalmente en esa dirección. Pero cuando, en la primavera de 1845, volví a reunirme con Marx en Bruselas, ya él había desarrollado perfectamente esa idea y me la expuso en términos casi tan claros y precisos como los que dejo resumidos más arriba”. (Nota de Engels)
MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA
Un espectro recorre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han coaligado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.
¿Dónde está el partido de oposición a quien sus adversarios gobernantes no motejen de comunista, dónde el partido de oposición que no devuelva, lanzándolo al rostro de los oposicionistas más avanzados, al igual que al de sus enemigos más reaccionarios, el reproche estigmatizante de comunismo?
Dos consecuencias se desprenden de este hecho:
Que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.
Que es hora ya de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus objetivos, sus tendencias, saliendo al paso de esa leyenda del espectro del comunismo con un manifiesto de su partido.
Con este fin, se han organizado en Londres comunistas de las más diversas nacionalidades y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.
I
BURGUESES Y PROLETARIOS
La historia de toda sociedad humana, hasta nuestros días (1) es una historia de luchas de clases.
Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales de los gremios: en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces y otras franca y abierta; en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social, o al exterminio de ambas clases beligerantes.
En las épocas anteriores de la historia, encontramos a la sociedad dividida, casi por doquier, en una serie de estamentos, dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones. En la Roma antigua eran los patricios, los caballeros, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros, los oficiales de los gremios y los siervos de la gleba; y dentro de cada una de estas clases, todavía nos encontramos con nuevas gradaciones.
La moderna sociedad burguesa, que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido los antagonismos de clase. Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que vienen a sustituir a las antiguas.
Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase. Hoy, toda la sociedad tiende a dividirse, cada vez más, en dos grandes enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.
De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los “villanos” de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.
El descubrimiento de América, la circunnavegación de África, abrieron nuevos horizontes a la naciente burguesía ascensional. El mercado de las Indias Orientales y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercancías en general, imprimieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.
El régimen feudal o gremial de explotación de la industria que venía imperando, no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. Los maestros de los gremios viéronse desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.
Pero los mercados seguían dilatándose; la demanda seguía creciendo. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el sistema industrial de producción. La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales a los burgueses modernos.
La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial dio un impulso gigantesco al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra. A su vez, estos progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria. Y en la misma proporción en que se extendían la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles desarrollábase la burguesía, crecían sus capitales, iba a segundo plano a todas las clases heredadas de la Edad Media.
Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el sistema de producción y de cambio.
A cada etapa de avance recorrida por la burguesía, corresponde una nueva etapa de progreso político (de esta clase). Clase oprimida bajo la dominación de los señores feudales, la burguesía forma en la comuna (2) una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios (como en Italia y Alemania), se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros (como en Francia), forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y, en general, el fundamento de las grandes monarquías; hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista su dominación política exclusiva, con el moderno Estado representativo. Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses comunes de toda la clase burguesa.
La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.
Dondequiera que se instauró en el Poder, echó por tierra todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales, y no dejó en pie más vínculos que el del interés escueto, el del dinero constante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor del Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el valor de cambio y redujo todas aquellas innúmeras libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la despiadada libertad de comerciar. Sustituyó, en una palabra, un régimen de explotación velado por las cendales de las ilusiones políticas y religiosas por un régimen franco, descarado, directo, seco, de explotación.
La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acatamiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.
La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían las relaciones familiares, y las redujo a simples relaciones de dinero.
La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento adecuado en la poltronería más indolente. Hasta que ella no lo reveló, no supimos cuánto podía dar de sí mismo el hombre. La burguesía ha creado maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las Cruzadas.
La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de producción, que tanto vale decir las relaciones de producción y, por tanto, todo el régimen social: lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del sistema de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por la transformación constante de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inertes y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve obligado a contemplar con mirada fría su situación en la vida y sus relaciones con los demás.
La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. En todas partes tiene que anidar, en todas partes construye, en todas partes entabla relaciones.
La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios, destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejísimas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no transforman, como antes, las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos, y cuyos productos encuentran salida, no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo. Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras y climas remotos. Hoy, en vez de aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada de fuera, la red del comercio es universal, y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece con también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. La estrechez y el exclusivismo nacionales van haciéndose cada vez más imposibles, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.
La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los instrumentos de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta las naciones más bárbaras. La baratura de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que fuerza a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el sistema de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar dentro de su casa la llamada civilización; es decir, a hacerse burguesas. En una palabra, crea un mundo a su imagen y semejanza.
La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad. Crea ciudades enormes, intensificando la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arrancando a una parte considerable de la gente del campo al idiotismo de la vida rural. Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.
La burguesía va superando cada vez más el fraccionamiento de los medios de producción, la propiedad y la población. Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra la propiedad en manos de unos cuantos. Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política. Territorios antes independientes apenas aliados, con intereses diferentes, leyes, Gobiernos y líneas aduaneras distintas se fusionan en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.
En el siglo corto que lleva de existencia como clase dominante, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sojuzgamiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por encanto. ¿Cuál de los pasados siglos pudo sospechar siquiera que en el seno del trabajo social dormitasen tantas y tales fuerzas productivas?
Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía, fueron creados en la sociedad feudal. Cuando estos medios de producción y de transporte alcanzaron un determinado nivel de desarrollo, las condiciones en que la sociedad feudal producía y cambiaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, dejaron de corresponder ya al estado de desarrollo de las fuerzas productivas. Obstruían la producción, en vez de fomentarla. Habíanse convertido en otras tantas trabas para su desarrollo. Era menester hacerlas saltar, y saltaron.
Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la que se revela ya la dominación económica y política de la clase burguesa.
Ante nuestros ojos se opera hoy un movimiento semejante. Las condiciones burguesas de producción y de cambio, el régimen burgués, que ha sabido hacer brotar como por encanto medios tan fabulosos de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que desencadenó. Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las modernas fuerzas productivas contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, en el que residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía. Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan regularmente una parte considerable de las fuerzas productivas existentes. En estas crisis, se desata una epidemia social que hubiera parecido absurda e inconcebible a cualquiera de las épocas anteriores: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída de pronto a un estado momentáneo de barbarie: diríase que una plaga de hambre o una gran guerra asoladora la han dejado esquilmada, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio, están a punto de perecer. Y todo, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone, no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a ese régimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan con derribar el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones burguesas resultan ya demasiado estrechas, para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a estas crisis la burguesía? De una parte, destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas; de otra parte, conquistándose nuevos mercados y explotando más concienzudamente los antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas y alarmantes, y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.
Las armas con las que la burguesía derribó al feudalismo, se vuelven ahora contra ella.
Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino, que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas; estos hombres son los obreros modernos, los proletarios.
En la medida en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, se desarrolla también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo, y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste nutre e incrementa el capital. El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado.
La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan al trabajo del proletariado todo carácter de independencia, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. Éste se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. Por eso los gastos que origina un obrero se reducen, sobre poco más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y para perpetuar su especie. Y ya se sabe que el precio de una mercancía, y como una de tantas el trabajo, equivale a su coste de producción. Cuanto más repelente es un trabajo, más disminuye el salario pagado al obrero. Más aún; cuanto más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se intensifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de la máquina, etc.
La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Las masas obreras concentradas en la fábrica, son sometidas a una organización militar. Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mandato de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas las horas bajo el yugo esclavizador de la máquina del contramaestre y, sobre todo, del industrial burgués, dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanto mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.
Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual; es decir, cuanto mayor es el desarrollo adquirido por la moderna industria, mayor también la proporción en que el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre. Socialmente, para la clase obrera ya no rigen estas diferencias de edad y de sexo. Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste.
Y cuanto ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe el salario, caen sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.
Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media: pequeños industriales, comerciantes y rentistas artesanos, artesanos y campesinos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben, arrollados por la competencia de los capitalistas más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción. Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.
El proletariado recorre diversas etapas, en su desarrollo. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.
Al principio, son obreros aislados, luego los de una fábrica, y luego los de toda una rama de trabajo, los que se enfrentan en una localidad con el burgués aislado que los explota directamente. Sus ataques no van sólo contra el régimen burgués de producción; los obreros, sublevados, destruyen las mercancías ajenas que les hacen la competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas, pugnan por volver a la situación ya liquidada del obrero medieval.
En esta etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de su propia unión, sino de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos tiene que poner en movimiento –cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten, por tanto, contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, contra los restos de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tierra, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase burguesa.
Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado sino que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y, al paso que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios, casi en todas partes, a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida del proletariado. La competencia cada vez más aguda desatada en el seno de la burguesía y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inestable el salario del obrero; los progresos incesantes y cada vez más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más marcado, de colisiones entre dos clases. Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y se unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes, para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando, la lucha estalla, en forma de sublevaciones.
Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero fruto de estas luchas no es el éxito inmediato, sino el ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Este contacto es lo único que se necesita para que las múltiples acciones locales, que en todas partes revisten idéntico carácter, se conviertan en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política. Los hombres de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse unos con otros; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años.
Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada instante por la competencia desatada entre los propios obreros. Pero renace siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante. Y, aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses. Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.
Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad, dan nuevos bríos al proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia; luego, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates, no tiene más remedio que apelar al proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así al movimiento político. Y de este modo, le suministra el instrumento de cultura, es decir, armas contra sí misma.
Además, como hemos visto, los progresos de la industria lanzan a las filas proletarias a toda una serie de elementos de la clase dominante, o por lo menos los amenazan en sus condiciones de vida. Y estos elementos aportan también una masa de refuerzos al proletariado.
Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está e punto de decidirse, es tan violento y tan claro el proceso de desintegración de la clase dominante en el seno de la sociedad antigua, que un pequeño sector de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase en cuyas manos está el porvenir. Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; principalmente una parte de los ideólogos burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros.
De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía; no hay más una verdaderamente revolucionaria: el proletariado. Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar.
Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos los que luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases medias. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores. Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la rueda de la historia. Y si actúan como revolucionarios, es mirando a su paso inminente al proletariado, con lo cual no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia, para abrazar la del proletariado.
El “lumpenproletariado”, esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, aunque las condiciones todas de su vida le hagan más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios.
Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado. El proletariado carece de bienes. Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada en común con las relaciones familiares burguesas; el trabajo industrial moderno, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional. Las leyes, la moral, la religión, son para el proletariado otros tantos prejuicios burgueses, detrás de los cuales anidan otros tantos intereses de la burguesía.
Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder, procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de apropiación. Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen de apropiación a que se hallen sujetos, y con él todo régimen social de apropiación. Los proletarios no tienen nada que asegurar, sino que destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás.
Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento independiente de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos, desde los cimientos hasta el remate, todo el edificio que forma la sociedad oficial.
Por su forma, aunque no por su contenido, la lucha del proletariado contra la burguesía empieza siendo una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país ajuste ante todo las fuerzas con su propia burguesía.
Al esbozar, en líneas generales, las diferentes fases del desarrollo del proletariado, hemos seguido las incidencias de la guerra civil más o menos embozada que existe en el seno de la sociedad vigente, hasta el momento en que esta guerra civil desencadena una revolución franca y abierta y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, instaura su dominación.
Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y las opresoras. Mas, para poder oprimir a una clase, es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella se acabaría también su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio elevado a miembros del municipio dentro de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza. He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando a la sociedad e imponer a ésta por norma las condiciones de vida de su clase. Es incapaz de gobernar, por que es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud; porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tienen más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella. La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esta clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la vida de la sociedad.
La existencia y la dominación de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incrementación constantes del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado. El trabajo asalariado descansa exclusivamente sobre la competencia de los obreros entre sí. Los progresos de la industria, cuyo agente involuntario y pasivo es la burguesía, imponen, en vez del aislamiento de los obreros por la competencia, su unión revolucionaria por la organización. Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre las que produce y se apropia de lo producido. Produce, ante todo, a sus propios enterradores. Su caída y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables.
II
PROLETARIOS Y COMUNISTAS
¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios, en general?
Los comunistas no forman un partido aparte, frente a los demás partidos obreros.
No tienen intereses propios, separados de los intereses generales del proletariado.
No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.
Los comunistas se distinguen de los partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales de los proletarios, los intereses comunes de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, en las diferentes etapas históricas que recorre la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento, enfocado en su conjunto.
Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales del movimiento proletario.
El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: erigir al proletariado en clase, derrocar la dominación de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder político.
Las tesis teóricas de los comunistas no descansan, ni mucho menos, en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad.
No son sino la expresión generalizada de las conclusiones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición de régimen vigente de la propiedad no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.
Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas a cambios históricos, a alteraciones históricas constantes.
Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal en beneficio de la propiedad burguesa.
Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de la propiedad burguesa.
Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano; esa propiedad, que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de toda actividad y la garantía de toda independencia. ¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño campesino, antecedente histórico de la propiedad burguesa? No; ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya, y lo está haciendo a todas horas.
¿O queréis referiros a la moderna propiedad privada de la burguesía?
Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, crea propiedad? No, ni mucho menos. Lo que crea es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado, para hacerlo también objeto de su explotación. La propiedad, en la forma que hoy presentan, se mueve dentro de la antítesis entre el capital y el trabajo asalariado. Detengámonos un momento a examinar los dos términos de esta antítesis.
Ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso de la producción. El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de todos los miembros de la sociedad.
El capital no es, pues, una potencia personal, sino una potencia social.
Así pues, al convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad, no convertimos en social la propiedad personal. Lo que hacemos es transformar el carácter de la propiedad. Ésta pierde su carácter de clase.
Hablemos ahora del trabajo asalariado.
El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario; es decir, la suma de medios de vida necesarios para sostener al obrero como tal obrero. Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente necesita para seguir viviendo y trabajando. Nosotros no aspiramos, en modo alguno, a destruir esta apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a satisfacer directamente las necesidades de la vida; apropiación que no deja el menor margen de rendimiento líquido y, con él, un poder sobre el trabajo ajeno. A lo que aspiramos es a destruir el carácter oprobioso de esta apropiación en que el obrero sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante exige que viva.
En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.
En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista, imperará el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa, se reserva al capital toda personalidad e independencia, mientras que el individuo trabajador carece de independencia y personalidad.
¡Y la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la personalidad y de la libertad! Y, sin embargo, tiene razón. Se trata, en efecto, de abolir la personalidad, la independencia y la libertad burguesas.
Por libertad se entiende, dentro del sistema burgués de producción, el librecambio, la libertad de comprar y vender. Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente, la libertad de traficar. Los tópicos de la libertad de tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía.
¡Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, como si en el seno de vuestra sociedad actual la propiedad privada no estuviese ya abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para estas nueve décimas partes! Lo que, en rigor, nos reprocháis es, pues, el querer abolir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición la carencia de propiedad de la inmensa mayoría de los hombres.
Nos reprocháis para decirlo de una vez, el querer abolir vuestra propiedad. Pues sí; a eso es a lo que aspiramos.
Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no puede convertirse en capital, en dinero, en renta del suelo, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no puede convertirse en propiedad burguesa, la persona no existe.
Con eso, confesáis que, para vosotros, no hay más persona que el burgués, el propietario burgués. Pues bien; la personalidad así concebida, es la que queremos suprimir.
El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar, por medio de esta apropiación, el trabajo ajeno.
Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la indolencia universal. Si esto fuese verdad, hace ya mucho tiempo que se habría estrellado contra el escollo de la holganza una sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y los que adquieren no trabajan. Toda esta objeción viene a reducirse, en fin de cuestas, a la redundancia de que, al desaparecer el capital, desaparecerá también el trabajo asalariado.
Las objeciones formuladas contra el régimen comunista de apropiación y producción material, se hacen extensivas a la producción y apropiación de los productos espirituales. Y así como el destruir la propiedad de clase equivale, para el burgués, a destruir la producción, el destruir la cultura de clase es, para él, sinónimo de destruir la cultura en general.
Esa cultura cuya pérdida tanto deplora, es la que convierte en máquinas a la inmensa mayoría de los hombres.
Pero, no discutáis con nosotros midiendo la abolición de la propiedad burguesa por vuestras ideas burguesas de libertad, cultura, derecho, etc. Vuestras propias ideas son otros tantos productos del régimen burgués de propiedad y de producción, del mismo modo que vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase elevada a ley: una voluntad que tiene su contenido en las condiciones materiales de vida de vuestra clase.
Compartís con todas las clases dominantes que han existido y perecieron, la idea interesada de que vuestro régimen de producción y de propiedad, obra de condiciones históricas que desaparecen en el transcurso de la producción, descansa sobre leyes naturales y eternas y sobre los dictados de la razón. Lo que concebís cuando se trata de la propiedad antigua, lo que concebís cuando se trata de la propiedad feudal, no podéis concebirlo cuando se trata de la propiedad burguesa.
¡Abolición de la familia! Al hablar de estas intenciones satánicas de los comunistas, hasta los más radicales gritan escándalo.
Pero, veamos, ¿en qué funda la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la pública prostitución.
Es natural que ese tipo de familia burguesa desaparezca al desaparecer su complemento, y que una y otra dejen de existir, al dejar de existir el capital.
¿Nos reprocháis acaso que aspiramos a abolir la explotación de los hijos por sus padres? Confesamos ese delito.
¡Pero es, decís, que pretendemos destruir la intimidad de la familia, suplantando la educación doméstica por la social!
¿Acaso vuestra propia educación no está también influida por la sociedad, por las condiciones sociales en que se desarrolla, por la injerencia directa o indirecta en ella de la sociedad a través de la escuela, etc.? No son precisamente los comunistas los que inventan esa injerencia de la sociedad en la educación; lo que ellos hacen es modificar el carácter que hoy tiene y sustraer la educación a la influencia de la clase dominante.
Esos tópicos burgueses de la familia y la educación, de la intimidad de las relaciones entre padres e hijos, son tanto más grotescos y descarados cuanto más la gran industria va desgarrando los lazos familiares de los proletarios y convirtiendo a sus hijos en simples mercancías y meros instrumentos de trabajo.
¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro toda la burguesía, pretendéis colectivizar a las mujeres!
El burgués no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción. Y, al oír que los instrumentos de producción deben ser explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará igualmente extensivo a la mujer.
No advierte que de lo que se trata, es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción.
Por otra parte, nada más ridículo que esos alardes de indignación, henchida de alta moral, de nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada colectivización de la mujer por el comunismo. No; los comunistas no tienen que molestarse en implantar la colectivización de las mujeres, pues casi siempre ha existido.
Nuestros burgueses, no contentos, por lo visto, con tener a su disposición las mujeres y las hijas de los proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres.
En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas. A lo sumo, podría reprocharse a los comunistas el pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer. Por lo demás, fácil es comprender que, al abolirse el régimen actual de producción, con él desaparecerá el sistema de comunidad de la mujer que lleva consigo, y que se refugia en la prostitución, en la oficial y en la encubierta.
A los comunistas se nos reprocha también el querer abolir la patria, la nacionalidad.
Los obreros no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, como la mira inmediata del proletariado es el conquistar el Poder político, erigirse en nación, en clase nacional, es evidente que también él tiene todavía carácter nacional, aunque no, ni mucho menos, en el sentido de la burguesía.
Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendran, se encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales.
La dominación del proletariado acabará de hacerlos desaparecer. La acción conjunta de los proletarios, al menos los de las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su emancipación.
En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras.
Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se borrará la hostilidad de las naciones entre sí.
Las acusaciones que se hacen contra el comunismo desde el punto de vista religioso, filosófico e ideológico en general, no merecen un examen detenido.
¿Acaso hace falta un análisis profundo para comprender que, con las condiciones de vida, las relaciones sociales, la existencia social del hombre, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus concepciones, su conciencia, en una palabra?
¿Qué demuestra la historia de las ideas, sino que la producción espiritual cambia y se transforma con la producción material? Las ideas imperantes en una época, han sido siempre las ideas propias de la clase imperante.
Se habla de ideas que revolucionan a toda una sociedad; con ello, no se hace más que dar expresión a un hecho, y es que en el seno de la sociedad antigua han germinado ya los elementos para la nueva, y al esfumarse las antiguas condiciones de vida, se esfuman las ideas antiguas.
Cuando el mundo antiguo estaba a punto de desaparecer, las religiones antiguas fueron vencidas y suplantadas por el cristianismo. En el siglo XVIII, cuando las ideas cristianas sucumbían ante el racionalismo, la sociedad feudal pugnaba desesperadamente, haciendo un último esfuerzo, con la burguesía, entonces revolucionaria. Las ideas de libertad de conciencia y de libertad religiosa no hicieron más que proclamar el triunfo de la libre concurrencia en el campo de la ciencia.
Se nos dirá que las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc. , se han modificado, sin duda, a lo largo de la historia, pero que, incluso a través de estos cambios, ha habido siempre una religión, una moral, una filosofía, una política, un derecho. Que, además, existen verdades eternas, como la libertad, la justicia, etcétera, comunes a todas las sociedades. Y que el comunismo viene a destruir estas verdades eternas, la moral, la religión, y no a sustituirlas por otras nuevas; que choca, por tanto, con todo el desarrollo histórico anterior.
Veamos a qué queda reducida esta acusación.
Hasta hoy, toda la historia de la sociedad ha sido una constante sucesión de antagonismos de clases, que revisten diversas modalidades, según las épocas.
Más, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todas las épocas del pasado. Nada tiene, pues, de extraño que la conciencia social de todas las épocas se atenga, a despecho de toda la variedad y de todas las divergencias, a ciertas formas comunes, formas de conciencia, hasta que el antagonismo de clases no desaparece definitivamente.
La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen tradicional de la propiedad; no hay, pues, que extrañarse si se ve obligada a romper, en su desarrollo, de la manera más radical, con las ideas tradicionales.
Pero, no queremos detenernos por más tiempo en los reproches de la burguesía contra el comunismo.
Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia.
El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando gradualmente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y procurando aumentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las fuerzas productivas.
Claro está, que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medios de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte propulsor, y de las que no puede prescindirse como medio para transformar todo el régimen de producción vigente.
Estas medidas no podrán ser las mismas, naturalmente, en todos los países.
Para los más progresivos, mencionaremos unas cuantas, susceptibles sin duda de ser aplicadas con carácter más o menos general, según los casos:
1°. Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.
2°. Fuerte impuesto progresivo.
3°. Abolición del derecho de herencia.
4°. Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.
5°. Centralización del crédito en manos del Estado, por medio de un Banco Nacional con capital del Estado y régimen de monopolio.
6°. Centralización de los transportes en manos del Estado.
7°. Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción; roturación y mejora de terrenos, con arreglo aun plan colectivo.
8°. Deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente para la agricultura.
9°. Explotación combinada de la agricultura y la industria; medidas encaminadas a borrara gradualmente la diferencia entre la ciudad y el campo.
10°. Educación pública y gratuita de todos los niños. Abolición del trabajo infantil en las fábricas, bajo su forma actual. Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.
Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de los individuos asociados, el Poder público perderá todo carácter político. El poder político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase para la dominación de la otra. El proletariado se ve obligado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le convierte en clase dominante; mas, tan pronto como, en cuanto clase dominante, destruya por la fuerza las relaciones vigentes de producción, con éstas hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y por tanto, su propia dominación como clase.
Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno sea la condición para el libre desarrollo de todos.
NOTAS:
(1): Es decir, hablando en términos precisos, toda la historia escrita. En 1847, la prehistoria de la sociedad, la organización social que precedió a la historia escrita, era casi totalmente desconocida. Posteriormente, las investigaciones de Haxthausen vinieron a descubrir la propiedad colectiva de la tierra en Rusia; Maurer demostró que este régimen de propiedad fue el tronco social del que se derivaron históricamente todas las tribus germanas y, poco a poco, fue descubriéndose que los municipios rurales organizados en régimen de propiedad colectiva del suelo habían sido la forma primitiva de la sociedad, desde la India hasta Irlanda. Por último, las investigaciones de Morgan, coronadas por el descubrimiento del verdadero carácter de la gens y de su posición dentro de la tribu, pusieron al desnudo en su forma típica, la organización interna de esta sociedad comunista originaria. Con la disolución de estas comunidades primitivas, la sociedad comienza a escindirse en clases distintas, que acaban por enfrentarse las unas con las otras. (Adición de Engels, 1890)
(2). Tal era el nombre que los habitantes de Italia y Francia daban a sus comunidades urbanas, después de haber comprado o conquistado a sus señores feudales los derechos de autonomía. (Nota de Engels en la edición alemana de 1890) Las ciudades creadas en Francia siguieron llamándose “comunas”, incluso después de haber conquistado de manos de sus señores feudales la autonomía local y los derechos políticos, en concepto de “tercer estado”. En términos generales, tomamos aquí como país típico de desarrollo económico de la burguesía a Inglaterra y como ejemplo de desarrollo político de la burguesía a Francia. (Nota de Engels a la edición inglesa de 1888.)
4) MARX: Extracto del Prólogo a la “Contribución a la Crítica de la Economía Política” (1859).
“… El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, sirvió de hilo conductor a mis estudios, puede resumirse así: en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que es levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El sistema de producción de la vida material condiciona todo el proceso de la vida social, política y espiritual. No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino, por el contrario, su existencia social la que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las condiciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han movido hasta allí. De formas de desarrollo, estas relaciones se truecan en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica, se transforma más o menos lenta, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian estas transformaciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales operados en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, ideológicas en una palabra, en que los hombres cobran conciencia de este conflicto y lo ventilan. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piense de sí, no podemos juzgar tampoco estas épocas de transformación por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las condiciones de producciones. Una formación social nunca perece antes de que se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas condiciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la sociedad antigua. Por eso la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan, o por lo menos se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso, en la formación económica de la sociedad, el sistema de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de ese antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana.”
5) LENIN: “Nuestro Programa” (1899).
“La socialdemocracia internacional atraviesa en la actualidad por un período de vacilación ideológica. Hasta ahora la doctrina de Marx y Engels era considerada como la base firme de la teoría revolucionaria; pero en nuestros días se dejan oír, por todas partes, voces sobre la insuficiencia y caducidad de esta doctrina. El que se declara socialdemócrata y tiene la intención de publicar un periódico socialdemócrata debe determinar con exactitud su posición frente a la cuestión que no apasiona sólo, ni mucho menos, a los socialdemócratas alemanes.
Nosotros nos basamos íntegramente en la doctrina de Marx: ella transformó por primera vez el socialismo, de utopía, en una ciencia, echó las sólidas bases de esta ciencia y trazó el camino que había de tomar, desarrollándola y elaborándola en todos sus detalles. La doctrina de Marx descubrió la esencia de la economía capitalista contemporánea, explicando cómo el empleo del obrero, la compra de la fuerza de trabajo, encubre la esclavización de millones de desposeídos por un puñado de capitalistas dueños de la tierra, de las fábricas, de las minas, etc. Esta doctrina demostró cómo todo el desarrollo del capitalismo contemporáneo se orienta hacia la sustitución de la pequeña producción por la grande, creando las condiciones que hacen posible e indispensable la estructuración socialista de la sociedad. Ella nos enseñó a ver, bajo el manto de costumbres arraigadas de las intrigas políticas de leyes complejas y teorías hábilmente fraguadas, la lucha de clases, la lucha que se desarrolla entre las clases poseedoras de todo género y las masas desposeídas, el proletariado, que está a la cabeza de todos los indigentes. La doctrina de Marx estableció las verdaderas tareas de un partido socialista revolucionario: no componer planes de reorganización de la sociedad ni ocuparse de la prédica a los capitalistas y sus acólitos de la necesidad de mejorar la situación de los obreros, ni tampoco urdir conjuraciones, sino organizar la lucha de clases del proletariado y dirigir esta lucha, que tiene por objetivo final la conquista del poder político por el proletariado y la organización de la sociedad socialista.
Y ahora planteamos la pregunta: ¿qué aportaron de nuevo a esta doctrina aquellos bulliciosos “renovadores”, que tanto ruido han levantado en nuestros días, agrupándose en torno al socialista alemán Bernstein? Absolutamente nada: no impulsaron ni un paso adelante la ciencia que nos legaron, con la indicación de desarrollarla, Marx y Engels; no enseñaron al proletariado ningún método nuevo de lucha; no hicieron más que replegarse, recogiendo fragmentos de teorías atrasadas y predicando al proletariado, en lugar de la doctrina de la lucha, la de las concesiones a los enemigos más encarnizados del proletariado, a los gobiernos de los partidos burgueses, que no se cansan de inventar nuevos métodos de persecución contra los socialistas. Uno de los fundadores y jefes de la socialdemocracia rusa, Plejanov, tenía completa razón al someter a una crítica implacable la última “crítica” de Bernstein, de cuyas concepciones también reniegan ahora los representantes de los obreros alemanes (en el Congreso de Hannóver).
Sabemos que estas palabras provocarán un montón de acusaciones que se nos echará encima: gritarán que queremos convertir el partido socialista en una orden de “ortodoxos”, que persiguen a los “herejes” por su apostasía del “dogma”, por toda opinión independiente, etc. Conocemos todas estas frases cáusticas tan en boga. Pero ellos no tienen ni un gramo de verdad, ni un ápice de sentido común. No puede haber un fuerte partido socialista sin una teoría revolucionaria que agrupe a todos los socialistas, de la que éstos extraigan todas sus convicciones y la apliquen en sus procedimientos de lucha y métodos de acción. Defender la doctrina, que según su más profundo convencimiento es la verdadera, contra los ataques infundados y contra los intentos de empeorarla, no significa, en modo alguno, ser enemigo de toda crítica. Nosotros no consideramos, en absoluto, la teoría de Marx como algo acabado e intangible; estamos convencidos, por el contrario, de que esta teoría no ha hecho sino colocar las piedras angulares en la ciencia que los socialistas deben impulsar en todos los sentidos, siempre que no quieran quedar rezagados en la vida. Creemos que para los socialistas rusos es particularmente necesario impulsar independientemente la teoría de Marx, porque esta teoría da solamente los principios directivos generales, que se aplican en particular a Inglaterra, de un modo distinto que a Francia, de un modo distinto que a Alemania; a Alemania, de un modo distinto que a Rusia. Por lo mismo, con mucho gusto daremos cabida en nuestro periódico a los artículos que traten de cuestiones teóricas e invitamos a todos los camaradas a tratar abiertamente los puntos en discusión.
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