El intento de liquidar al dictador el 7 de septiembre del 86, es más que una expresión militar o una acción fallida, fue la conjugación de la subjetividad de un movimiento popular que alcanza un alto grado de madurez combativa, y una vanguardia (en el sentido leninista del término) que sintoniza con el desarrollo de la conciencia del mundo social y que pretendió impulsarlo al punto más alto de la lucha de clases en el país. Por eso, y más allá que la operación no logra el objetivo político-militar para el cual fue diseñada, dejó una gran enseñanza en este difícil arte de sincronizar el movimiento popular con los instrumentos oportunos y adecuados en un período determinado, donde además hay que tener la capacidad de validar los medios de acuerdo al desarrollo político y orgánico.
Una acción sea militar o de otra naturaleza en la lógica revolucionaria, no puede ser un acto desde fuera del movimiento social, sino una expresión de este, donde la organización política sensibiliza al máximo su barómetro para palpar los latidos que dan ritmo al pueblo. Bajo este principio, es rechazable tanto la acción electoral en el actual período -que en las condiciones imperantes no pasa de ser una acción por fuera del movimiento social que recién está en una etapa embrionaria-, como también un llamado a la lucha armada en las mismas condiciones, porque no da cuenta del estado de la construcción existente.
El tiranicidio fue una acción del movimiento popular que se expresó a través del puño del FPMR, por ello las consecuencias del atentado necesariamente debían repercutir en el conjunto del movimiento, fuese para instalarlo en un nuevo escenario de lucha favorable para los sectores revolucionarios, o exacerbar la iniciativa de quienes deseaban frenar el trabajo militar en el caso de la correlación interna de este movimiento. No debemos olvidar que la contingencia del atentado es una contingencia revolucionaria, por tanto expresa en un hecho todas las contradicciones de la crisis nacional revolucionaria que vivía el país en aquel entonces.
Este salto del movimiento popular exigió para cada eslabón respuestas adecuadas de la organización revolucionaria, no proceder oportunamente implicaba abandonar la lucha y buscar la conciliación, lo significaba a la vez desde el punto de vista político, caer en el oportunismo y desde el punto de vista ideológico asumir el reformismo. Cuestión que es mucho más compleja si se considera que la construcción de movimiento popular nunca se da en una situación ideal, sino en una disputa permanente con otros sectores políticos pro sistémicos o reformistas. Incluso desde el propio organismo partidario que impulsó la política de Rebelión Popular de Masas donde se concibió el Atentado a Pinochet (PC), existían sectores que no sólo criticaban esta política, sino que incluso sabotearon en la práctica de manera permanente la iniciativa militar.
Esto último explica en parte cómo al no lograrse el objetivo a través de la Operación Siglo XX, los zigzagueantes tomaran la iniciativa dentro del PC, y llevaran al Frente a romper con su dirección, produciéndose uno de los quiebres hacia la izquierda más potentes que ha tenido el Partido Comunista chileno en su historia.
La sintonía de la organización política revolucionaria con el mundo social, está determinado en esencia por la lectura correcta del período y el nivel de desarrollo del movimiento popular. O sea, una posición consecuente puede llevarnos a llamar a las masas al combates estratégicos (los ochenta), o asumir las reivindicaciones más simples y cotidianas para el pueblo (como sucede en esta etapa). Ambas iniciativas necesitan de la misma valentía política, la misma disciplina, la misma voluntad de lucha. Lo revolucionario no está en los medios que ocupamos, sino en el contenido de la política que aplicamos, en los objetivos que perseguimos. La Operación Siglo XX fue el desarrollo “natural” de un movimiento que consecuentemente buscaba la emancipación de nuestra clase, buscaba los caminos al socialismo.Esa misma búsqueda está hoy presente en el proyecto político del FPMR, que sin duda nos llevará asumir momentos tan cruciales como los del 7 de septiembre de 1986.